Mitomanía y realidad de Al-Andalus en la narrativa de J. M. García Marín por Morales Lomas

Es necesario el transcurso del tiempo, sucesivos siglos para que la realidad adquiera ensoñaciones diversas y su proceso natural de construcción se sostenga sobre la voluptuosidad de los deseos, sobre la mitomanía de los sueños o sobre la conformación de realidades que se han perdido a medida que la memoria histórica se tergiversa o se arrumba en el moho oscuro de un rincón cualquiera de la tradición.
Desde pequeños convivimos con el mito de las tres culturas. Acaso porque nos había llegado desde la lectura de “El ingenioso hidalgo D. Quijote de la Mancha” en el que Cervantes las reivindicaba como uno de los grandes logros del momento. Otros, siglos más tarde, como Juan Goytisolo o Antonio Gala, las han reclamado de nuevo y se han convertido en sus más combativos defensores. Nos imaginábamos a cristianos, musulmanes y judíos conviviendo durante siglos en armonía (armonía más o menos confusa, deleznable y guerrera, por momentos, es verdad) sin que la religión fuera un impedimento cuando ahora se ha convertido en un arrebato y ha sido necesario crear el “encuentro de civilizaciones” (en realidad, encuentro de religiones) para disipar tanto aciago combatiente. Pero las espadas están en alto y la universalización a la que aspira cristianismo e islamismo son sus principales enemigos.
Algunos incluso han tildado esta coyuntura idealizada y falsaria de “patraña de las tres culturas”, afirmando que si España fuese el resultado social, cultural e histórico de esas tres culturas, habría que pensar que una de las tres comunidades cometió la injusticia histórica de expulsar a las otras dos. En la argumentación de los defensores de la España de las tres culturas, de aquí se desemboca con toda naturalidad en la Inquisición, que es presentada como un bestial e inhumano medio de practicar la intolerancia: se la expone como el hecho más repudiable de nuestra Historia, un hecho o institución de la que España debería avergonzarse.

El narrador José Manuel García Marín entra directamente en lo íntimo de esa polémica a través de la ficción, creando historias, personajes, seres que pueden parecernos de carne y de hueso por la verosimilitud con los que los trata, pero también seres simbólicos, seres que persiguen siempre una idea, en el sentido de ideal que tratan de recuperar para las generaciones actuales. Una visión idealizada que tiene mucho de cosmovisión complaciente sostenida en un pensamiento y una erudición que conecta con lo mejor de la cultura judía y musulmana fundamentalmente.
Practica un agradable aroma filosófico en la defensa de unos principios (los de las tres culturas o las tres religiones o las tres místicas) con los que, sin duda, se encuentra en comunión. Dice, verbigracia, en Azafrán: “Así como las religiones tienen sus divergencias, que en lo esencial no son tantas (…), cada tradición mística respeta a las demás y las considera tan válidas como la suya. Es una cuestión de elección de caminos, pero lo importante no es el camino, sino el objetivo final, que es convergente. El mismo en todas” (p. 31). Y en este propósito también dirá en su momento que lo importante es llegar a esa sublime iluminación y cualquier religión puede ser buena pues cuando el amor a la filosofía es auténtico y el razonamiento impecable, ¿qué importa la religión del autor? (p. 64). E incluso, en otro momento, cuando el musulmán protagonista de Azafrán defienda con fortaleza y espíritu devoto, ciertamente paradójico visto desde fuera, a un sabio judío demostrando “con ello la superior importancia que éste concedía al humano, por encima de creencias religiosas” (p. 138).

En Azafrán desarrolla la historia de un maestro musulmán de cuarenta y dos años con cuyos ideales se identifica el autor, Mukhtar ben Saleh, que sale de su pequeña localidad, Sanlúcar del Alpechín (cerca de Sevilla), tomada por los cristianos y decide marcharse a Granada donde pueda vivir su cultura y profundizar en el conocimiento. Personalmente, por tanto, lo considero un camino iniciático, pero también profundamente lírico, en el que siempre están presentes las simbologías en torno al agua, la tierra… en esa aleación cabalística que todo lo inunda y que persigue como objetivo último trascender el momento de nuestra existencia: “Ahora el poder es de los cristianos y, rotas sus promesas a sangre y fuego, han acabado con todo, incluso con el sentido de mi vida” (p. 11).
Mukhtar ben Saleh, que no ha salido nunca de su pueblo, sin embargo, es un aprendiz del mundo y sus realidades, un aprendiz que observa que sus sueños han ido perdiéndose y pretende recuperar la esperanza en Granada, un símbolo, una ciudad que todavía tardará doscientos años en ser conquistada. Y a través de esa visión se conquista el valor sublime del título de la obra, el azafrán, una especia de forma alquímica que halla similitud con esa carrera vivencial que pretende conquistar Mukhtar en tanto el proceso de la planta, que resulta en una especia tan estimada, es similar al camino y la actitud del hombre que busca el Conocimiento: “¿Puede el hombre recorrer su senda espiritual sin haberse abierto al universo? ¿Qué avanza de él, sino su esencia? “ (p. 212). Al igual que el fuego transmuta las hebras en la especia más valiosa, el fuego de los sentimientos, de las circunstancias, le obligan al ser humano a aprender, a enfrentarse, a conocerse y a resolver su existencia. Y en ese proceso se produce una transmutación personal de ámbito espiritual semejante a la que quiere llegar a conquistar nuestro protagonista.
(Para más información se puede dirigir a la siguiente dirección: http://www.moraleslomas.blogspot.com)

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