Mujer y trabajo: una revolución silenciosa

“Doy gracias a los dioses por haber nacido libre y no esclavo, griego y no bárbaro, varón y no mujer”.  Leer una frase como ésta en el año 2010 es muy probable que cause estupor y lleve a una inmediata descalificación hacia el declarante del despropósito de su parte final. La sorpresa puede ser no menor cuando uno descubre que fue pronunciada por uno de los más grandes pensadores de la historia, concretamente por Aristóteles, lo que tal vez es simplemente una muestra de cómo la ideología imperante puede llegar a condicionar y a nublar incluso las mentes más preclaras.

A lo largo de los siglos han ido apareciendo otras “perlas cultivadas”, algunas de ellas imputables a personas relevantes en el ámbito de la cultura, cuya lectura causa sonrojo. Como contrapunto, bastante más sutiles, pero no menos sospechosas, resultan las modernas teorías neofeministas que sostienen que las mujeres están dotadas de una mayor inteligencia emocional que los hombres y, por consiguiente, están mucho más capacitadas para la gestión empresarial.

Aunque no compartan las absurdas descalificaciones hacia uno u otro sexo, hay personas que consideran que ocuparse de cuestiones relacionadas con la igualdad de oportunidades es algo carente de sentido, en particular cuando concierne a la omnipresente perspectiva de género. Sin embargo, poder centrarse en tales aspectos es un signo tranquilizador: significa que se han superado algunos requisitos básicos, como el respeto a las libertades y derechos fundamentales. En el discurso del día de su triunfo electoral, el presidente Obama ensalzaba a Ann Nixon Coopers, que, con 106 años de edad, pertenecía a una generación en la que las personas como ella no podían votar por dos razones: por ser negra y por ser mujer. La perspectiva de género tenía entonces una naturaleza muy diferente.

En España, en la segunda mitad del siglo veinte, la mujer aún tenía que arrastrar el pesado lastre ideológico derivado del papel reproductor y asistencial que durante mucho tiempo se le había atribuido. En los años sesenta todavía prevalecía un rol vinculado a las tareas domésticas y de consecución de las mejores condiciones, dentro de la precariedad existente, a fin de que el hombre pudiera trabajar para garantizar el sustento familiar. En todos los países desarrollados, como producto de las transformaciones económicas y sociales, la mujer ha venido protagonizando una revolución silenciosa a través de su progresiva incorporación al mercado de trabajo, desencadenando, sin provocar ninguna convulsión, lo que ha sido calificado como uno de los mayores cambios de las últimas décadas. En algunas naciones, incluso está a punto de producirse el “sorpasso”: las mujeres representarán pronto la mayoría dentro de la población activa.

Son diversos los factores que están detrás de ese giro trascendental, como el acceso generalizado al sistema educativo, los avances tecnológicos, que facilitan las tareas domésticas, la mutación de los valores sociales, la existencia de una oferta de servicios asistenciales y, de manera particular, el auge del sector servicios y de la sociedad del conocimiento, que han ampliado la gama de puestos a los que pueden optar las mujeres. Por supuesto, no falta quien señala que un condicionante clave ha sido la píldora anticonceptiva, sin que tampoco haya que olvidar la aplicación de la tributación individual en el IRPF.

En el año 1976, la tasa de actividad masculina en España era del 78%, mientras que la femenina no llegaba al 29%; es decir, menos de tres de cada diez mujeres en edad de trabajar estaban dispuestas a hacerlo. Entonces había 9 millones de hombres ocupados y 3,6 de mujeres; en 2009, 10,4 millones de hombres y 8,2 de mujeres, cuya tasa de actividad es del 52%, y que son ya mayoría dentro de los empleados públicos.

Sin embargo, pese a esa masiva incorporación de la mujer al mercado laboral, siguen oyéndose voces que denuncian una supuesta marginación salarial. Dado que resulta inconcebible que pueda admitirse una discriminación directa por razón de sexo, las diferencias de ingresos que reflejan las estadísticas cabe esperar que obedezcan a las dificultades que se constatan en la realidad para que la mujer desempeñe puestos de mayor responsabilidad y dedicación, dotados de unas remuneraciones más elevadas. Aunque no existen barreras formales, hay un “techo de cristal” que impide que la mujer progrese, de manera generalizada, hacia las ocupaciones de mayor rango directivo. La maternidad y, sobre todo, la responsabilidad del cuidado de los hijos, que sigue predominantemente concentrada en la mujer, actúan en la práctica como un obstáculo a menudo insalvable.

El logro de una igualdad efectiva entre el hombre y la mujer, objetivo irrenunciable de una sociedad democrática avanzada, va más allá del plano de los derechos fundamentales, en la medida en que tiene importantes implicaciones económicas. Así, en el ámbito internacional, se observa una relación estadística positiva entre la igualdad de género y el nivel de renta. Correlación, por supuesto, no implica causalidad, pero, con carácter general, los países con mayor PIB per cápita son los que están mejor situados en el ranking de igualdad de género. En cualquier caso, diversos estudios muestran que, si se hiciera un mejor uso del capital humano femenino en el mundo, aumentaría el crecimiento económico, disminuiría el número de personas en situación de pobreza, y mejorarían la actuación empresarial y la innovación.

En 1995, el papa Juan Pablo II proclamaba que “por desgracia, somos herederos de una historia de enormes condicionamientos que, en todos los tiempos y en cada lugar, han hecho difícil el camino de la mujer… (lo que) ha empobrecido la humanidad entera de auténticas riquezas espirituales”. Al margen de ese componente espiritual, la falta de aprovechamiento del talento femenino, ya sea a escala de una empresa o de una nación, tiene considerables repercusiones económicas negativas. Como recordaba en 2008 la OCDE, “al no hacer el mejor uso de la población femenina, la mayoría de los países están subinviertiendo en el capital humano necesario para asegurar la sostenibilidad”.

José M. Domínguez Martínez

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, con  fecha 3 de marzo de 2010).

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1 respuesta a "Mujer y trabajo: una revolución silenciosa"

  • msvicioso says:
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