Mujeres en el laberinto, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 05.03.2017.

Tierra es nombre de mujer. Y sueño, el de hombre. La conciencia puede salvarse un instante del dogma preguntándose por qué. Pero enseguida la sangre despierta su memoria de siglos de educación y susurra a la razón que acepte su Historia. Su voz lo cuenta en todos los idiomas: la mujer amamanta al campo y a los hijos, trabaja sus exigencias y las del hogar, canta a los ancianos y sonríe al hombre que se aventura de caza y regresa como un pájaro en libertad. No hace falta viajar a ningún corazón de adobe y ramas de África para entender este relato tribal. La lección sólo cambia el material de su pizarra y el trazo que la narra. Sucede en todos los mundos entre el tercero, el del medio y el invisible que se vive puertas adentro del primero. Es en el más pobre donde es más difícil rebelarse frente al escaso valor de ser mujer. A veces, hay proyectos que nos acercan su drama para motivarnos a hacer algo que no se sabe bien qué fuerza realmente tiene, más allá de la denuncia y la concienciación.

Una de las fotografías expuestas en Mujeres en el laberinto.

Ocurre con Mujeres en el laberinto, una excelente exposición, en las salas del Rectorado de Málaga, de 22 fotos de Paco Negre y Concha Casajús que nos golpean la sensibilidad con el sufrimiento de las mujeres y de las niñas de la República Democrática del Congo –el paraíso explotado del coltán con el que se fabrican los smartphones­–, donde cada año se producen 400.000 violaciones. En grupo, con bayonetas, o introduciendo un arma en la vagina que en muchas ocasiones se dispara. Sus rostros te miran de frente mientras ocultan el llanto con las alas rotas de sus manos, o la muerte seca que llevan detrás de ojos de infancia mutilada, de una vida estéril que una vez nació bella. No se puede nombrar sus miradas. Uno sabe que desangran hacia dentro y que sus derechos son más difíciles de defender allí donde las guerrillas, los códigos de honor, la religión y la pobreza las condenan, como sucede en Pakistán -mil mujeres son asesinadas al año o atacadas con ácido- y en Somalia cuyo 95% de la población femenina sufre ablación, a un laberinto de difícil salida.

Esa degradación de la mujer, mediante la violencia de género, la pederastia y la prostitución se produce igualmente en el primer mundo. El paraíso en el que se supone que la educación no necesita recodar a diario la tautología de la Conferencia de Pekín de 1995. «Los derechos de las mujeres son derechos humanos». Son otras cuestiones las que convierten a las mujeres en víctimas de la vieja canción de la tribu. Por un lado porque existen personajes que han evolucionado muy poco desde su ADN neandertal, como el eurodiputado polaco Jannis Korwin-Mikke que, basándose en que ninguna mujer aparece entre los mejore cien jugadores de ajedrez, defendió que deberían ganar menos dinero que los hombres porque son débiles y menos inteligentes. Añadió además que un 30 ó 40% mienten cuando dicen no querer mantener relaciones sexuales con un hombre. Lo curioso de sus deleznables declaraciones es que estuvo a punto de ser presidente de su país -se quedó a las puertas en las elecciones de 2015-. Y por otro por endogamias culturales que siguen relegando a las mujeres en los ámbitos laborales. Su tasa de paro es más elevada, y según un reciente informe de UGT ellas cobran al año 6.000 euros menos que los hombres. Y su presencia protagonista está por debajo de la de ellos el mundo de la cultura, de la empresa y de la política, donde siempre se juzgan su apariencia, sus cualidades y sus gestos.

Un buen ejemplo lo encontramos cuando a Hillary Clinton, durante un discurso en las primarias presidenciales del partido demócrata de 2008, se le quebró la voz y se emocionó su expresión ante la pregunta de una periodista acerca de cómo llevaba una campaña que se adivinaba dura. Aquel gesto fue interpretado como un detalle intencionado para presentar su cara más humana y por otro lado como un signo de flaqueza. Uno de sus adversarios, John Edwards argumentó que el país necesitaba un comandante en jefe fuerte y resolutivo. Una evidencia de los prejuicios extendidos entre los que se mantiene muy presente la consideración de las mujeres como afectivas, colaboradoras, sensibles y suaves en el trato y en sus discursos frente al control, la seguridad en sí mismos y el talante autoritario y dominante que transmiten los hombres; cualidades asociadas con el liderazgo. Un obstáculo más a superar según un estudio publicado en la Harvard Business Review por dos profesoras, Alice H. Eagly y Linda E. Carli, certificando que las mujeres tienen ante sí un complicado viaje a través de un laberinto que «requiere persistencia y el convencimiento de que han roto el techo de cristal en el mundo de la empresa y el político». Aún así es necesario en nuestra sociedad un progreso en la educación laboral que erradique los estereotipos de ejecutivas seductoras o con mano de hierro. Lo mismo que requiere que las empresas respalden una inteligente reorganización de horarios y métodos de evaluación y promuevan el valor de la productividad, en lugar de las horas de trabajo. También ponen en dedo en la llaga cuando argumentan que “las presiones por una paternidad más intensa, y las exigencias cada vez mayores de las carreras de alto nivel, han dejado a las mujeres muy poco tiempo para construir redes profesionales; es decir, para acumular el capital social imprescindible para ascender en la jerarquía ejecutiva”.

En esta lucha hay que tener en cuenta igualmente que después de salir del laberinto profesional ellas tienen que lidiar con otro laberinto: el familiar, que convierte en doble su jornada laboral. Llevar y recoger hijos de las actividades extraescolares, la compra, la cocina, la casa, exigen un fondo físico, psicológico y emocional que las desgasta en exceso y a diario, aunque en un aceptable porcentaje sus parejas masculinas participen en esas labores. El Servicio Nacional de Salud en Inglaterra utiliza el término Tatt (Tired all the time, cansadas todo el tiempo) para definir el cansancio femenino que, en Argentina, ha originado la aparición de psicólogas especializadas en ese síndrome. No es extraño que la onubense Sara Flores Romero haya conseguido, a través de la plataforma Change.org, más de 70.000 firmas en su petición a la RAE de que retire del diccionario la acepción sexo débil para definir a un conjunto de mujeres.

Los datos pesan mucho en las estadísticas y en la realidad, pero no todo es gris, lentitud y drama en la batalla por la igualdad de años, del próximo miércoles y del año que viene. Las mujeres, poco a poco, aumentan su presencia en importantes cargos políticos o al frente de los gobiernos. Angela Merkel, Ellen Johnson Sirleaf, Tarja Halonen, Michelle Pachelef o Portia Simpson-Miller en Alemania, Liberia, Finlandia, Chile y Jamaica, a cuyos nombres tal vez haya que sumar pronto el de Michelle O´Neill, la primera noirlandesa que lidera el Sin Féin y su aspiración convertirse en la principal fuerza política de Irlanda del Norte, representan un presente en el que la mujer es más que una promesa de talento y eficacia.

Hay países en los que continúan siendo la tierra pero existen otros en los que surcan el aire, como timón de vuelo de esos pájaros llamados Boeing 737-80 de la aerolínea Norwegian, con los rostros de Rosalía de Castro, Karen Blixen, Amy Johson y Greta Garbo entre otras 81 mujeres que cantan entre las nubes la memoria de los sueños y del dolor, y su condición de mujer. Un oficio del coraje, de la fuerza y de la sensibilidad que el mundo necesita para que el futuro sea una libertad de todos, en igualdad y en progreso.

Guillermo Busutil es  escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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