Nos queda la palabra

Leyendo Vestidas para un baile en la nieve, con ADA VALERO

Refugiarse en el abrigo de un buen libro; reconocer en la literatura al aliado que, como un antídoto universal, te salva de la intoxicación cotidiana.  Me adentro en un mundo de mujeres cultas que acarician con veneración un ejemplar de Guerra y paz: un libro, un libro al fin contra la muerte diaria en el gulag, cientos de versos memorizados contra el embrutecimiento de la lucha por la supervivencia, mujeres-amigas, salvadas por la cultura, supervivientes que, finalmente libres, alzaron bibliotecas en sus paredes como quien rinde culto a un dios sanador, obrador del milagro de la vida en el abismo envolvente de los campos siberianos.

Un libro contra la fealdad del presente más íntimo: no solo contra este tiempo de banderas, de fascismos sin disfraces; no contra estos días de griterío amplificado, de redes infectadas donde se extienden la pandemia de la intolerancia, la ignorancia arrogante, la palabra soez, el dardo de los verbos resentidos…  Te queda el gesto de apagar dispositivos y pantallas, pero la fealdad te alcanza, hiere espacios íntimos que creías a salvo: la sonrisa al atravesar el umbral de un aula bulliciosa, el histrionismo feliz de la lección  ̶ niñas llorosas por la ausencia del habib en una jarcha bella de tan sencilla, las olas del mar de Vigo en una cantiga gallega, tus ojos atentos a estos adolescentes que saben lo que es llorar la ausencia… Pones el corazón  ̶  te expones ̶  cuando celebras en clase un libro, una vida de escritor, un poema que habla de ti y de tantos, también, aunque no lo sepan, de ellos. Creer que generosamente  ̶ con esa generosidad de quienes te distinguen al hablarte de un buen libro, al regalártelo, al recomendártelo como quien recomienda un remedio infalible contra todo lo remediable ̶   te ofreces por el gusto sencillo de dar aquello que siempre te ha servido bien, que te ha enseñado, que te ha dado palabras para nombrarte, para entender la realidad, para diseccionarla y, con suerte, destapar sus trampas; creerlo con la vocación osada de los ingenuos y descubrir unas horas después que la curiosidad solo es una entrada en el  diccionario, que la honestidad se confunde con la torpeza, que la gratitud es sinónimo de desperdicio.

Maestros, tal vez estamos perdiendo la batalla: el enemigo es potente y despiadado y nuestras armas  ̶ la palabra, la ferviente, la privilegiada palabra de los letraheridos ̶  no infunden temor: son curiosos vestigios de un tiempo que nos están envejeciendo. Para estos niños eternos el pasado no tiene glamour, no da bien en Instagram ni es materia de influencer.

Vuelvo a mis mujeres vestidas para un baile en la nieve. Forman un círculo que abre otro círculo, que abre otro círculo, que me integra, que resiste. En la batalla de lo íntimo aún podemos ser fuertes: nos queda la palabra, la heredada, la que quizás todavía podamos transmitir a modo de testamento duradero a los desheredados de este tiempo de tecnócratas, funcional, utilitarista, prosaico.

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