Orillas, por Antonio Soler

Diario Sur, 23 febrero 2017.

Un paraíso con lindes, con los mojones que delimitan la comarca electrificados. Es la aspiración de los mediocres y los temerosos. El localismo puede tener una vertiente pobre, en un descuido puede rodar hasta la más desoladora miopía intelectual. Sólo contemplado como un reflejo del resto del mundo, como una molécula hermanada con un organismo superior, puede tener sentido y resultar enriquecedor. Ese quizás sea el trasfondo del debate, a dos vueltas, que se ha completado anteayer alrededor del eje Sevilla-Málaga. Periodistas, sociedad civil, intentando ahondar en las virtudes de esa eventual comunión. Y en medio de esas vías de encuentro de inmediato aparecen los resentimientos, y la búsqueda de las razones de ese recelo. El asomo identitario a través de equipos de fútbol, semanas santas y demás orfebrería tribal no conduce demasiado lejos.

El malagueñismo a ultranza siempre miró de reojo a Granada, un viejo rival que hace décadas que se nos quedó pequeño. El pelargón económico, turístico, universitario y de infraestructuras nos hizo crecer lo suficiente como para no emprenderla con un párvulo en la hora del recreo. Además, ahí estaba la sombra de Sevilla. Una sombra que surge del ajedrez político y sus embarullados movimientos. Argumentaban los periodistas sevillanos que el recelo no tiene la misma intensidad en un sentido que en otro. Que Málaga siempre resulta más quejosa. Puede que sea porque Sevilla no atiende a los golpes de un inferior. Podría ser. Sí, pero también podría ser que existieran algunas razones que a lo largo de las últimas décadas han identificado el poder con Sevilla y a las demás capitales con sus vasallas.

Podría ser que todo comenzara con la fulminante segregación de Torremolinos, consumada bajo la aquiescencia de la Junta. Una segregación que dejó a Málaga huérfana de hoteles, sin palacio de congresos, sin algunas de sus herramientas vitales. Y también habría que preguntarse cómo se sentiría el sevillanismo cerril si Málaga fuese capital de la autonomía y todos los presidentes de la Junta hubiesen pertenecido al ámbito de poder malagueño del mismo modo que todos -Escuredo, Borbolla, Chaves, Griñán y Díaz- han pertenecido a la clase política sevillana. La identificación, voluntaria o no, merecida o no, del poder con Sevilla es un hecho. Los políticos no han sabido solventar esa rémora. Por el contrario, a veces la han fomentado. Sevilla, equivalente de la Junta como Madrid lo es del Gobierno central, ha sido también la coartada de muchos alcaldes no sevillanos para enmascarar sus errores y han convertido a la ciudad del Guadalquivir en un frontón, un muro sordomudo del rebotaban todos los dardos. Los más justos y los más envenenados. El eje, además de su sentido práctico, puede servir para paliar esos errores siempre que no cause nuevos agravios con el resto de las provincias andaluzas creando una primera y una segunda división andaluza. El mundo cada vez es más pequeño y, aunque las túnicas de los nazarenos y las velas de las vírgenes sean distintas, Málaga y Sevilla cada vez estarán más cerca.

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