Pablo Picasso, por Antonio Abad

Él era el Ojo, todo el ojo de mundo, la Mano que esperaba… y la Cabeza, no. La cabeza nunca en su sitio. Porque no existe nada dentro o fuera del cuadro.

picasso

Guernica, 1937. Óleo sobre lienzo, 776,6 cm x 349 cm.

Él era el Ojo, todo el ojo de mundo, la Mano que esperaba… y la Cabeza, no. La cabeza nunca en su sitio. Porque no existe nada dentro o fuera del cuadro. Todo está donde no debe. Ni arriba ni abajo. Ni aquí ni allí. Subir y bajar sin rumbo ni equipaje lo que no sube ni baja. La noche y el día puestos de revés. La nariz donde la boca. La boca donde el cuello. Una pierna en la oreja izquierda hurgándose los dientes. Allí donde se mire hay esto y aquello, nada de particular que digamos que no se entienda o que no se vea, pero sobre todo eso, nada. Y después, un Toro. Ya que un toro no es un Caballo. Ni un caballo es una Mujer, dulce o extraña, muy rara, acaso; en cambio la mujer tiene un niño, un niño de la guerra y no otro niño. Y hay otra mujer, puede que al lado o puede que la mujer no sea ni siquiera una simple mujer. De modo que poco pinta lo que se pinta en lo pintado con ese descaro idolátrico de un pincel loco que ni ve ni oye y mucho menos sabe.  Entonces sobre el lienzo el vértigo de lo formal-informal de lo que nunca ha sido, y sin embargo es (luces afiladas, puñales, colmillos), aparecen. Desnudos están unos brazos. Una casa vacía, también. Un resplandor. Más cosas. La madre que nos grita dejándose rendir por el acoso inexplicable de algo que no entiende. Ni ella ni nosotros. Un gesto, una palabra, un color, lo gris. El miedo malherido. Un fogonazo. Se oye el disparate de un disparo, ¿detrás?, ¿delante? Líneas y planos a veces con sentido. Otras ni eso. Nada de esto puede ser verdaderamente verdad o todo es falso de toda falsedad. Guernica, destruida, sí. ¡Cuánta belleza a cambio!

Antonio Abad

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