Defender la cordura, por Antonio Muñoz Molina

El País, 06.10.2017

Nunca hemos vivido días así. Tenemos miedo a mirar las noticias en el teléfono móvil y abrimos con alarma el correo electrónico. Ponemos la radio con urgencia y con aprensión, con la certeza de que vamos a recibir un sobresalto. Leemos artículos y escuchamos voces buscando información, o algo de tranquilidad, o respiro, o esperanza, y rara vez encontramos algo que no sea desolador, o alarmante, o fatigoso de tan repetido. Desde los tiempos de nuestra juventud no ha sido tan incierto el futuro inmediato. Nuestros hijos viven ahora en primera persona incertidumbres semejantes a las que nosotros les hemos contado: cuando nuestra vida entera dependía de lo que pasara o no pasara al día siguiente, esa misma noche, al cabo de unas horas.

Vamos por una ciudad alemana soleada y festiva en la mañana del domingo 1 de octubre y sacamos a cada momento el teléfono del bolsillo, aquejados por una especie de enfermedad secreta que a nuestro alrededor nadie comparte, que a nadie le importa. Las desgracias de otros son imágenes rápidas y truculentas que se repiten en bucle en los canales internacionales de noticias. Nos da miedo mirar las pantallas en los lugares públicos, en los mostradores silenciosos del aeropuerto. Como en los peores días de la amenaza golpista, o la del terrorismo, nos sabemos a merced de fuerzas virulentas y sin ningún escrúpulo que aspiran a la irrupción de lo peor, a la espoleta de lo irreparable y de lo irreversible. Estamos a merced de la estupidez, del fanatismo, de la ceguera, del desbordamiento del odio, de las consecuencias imprevisibles y casi siempre desastrosas de la frivolidad, la tontería, del fervor de las ebriedades colectivas. Un puro golpe de azar, alguien que pierda el control, un accidente, puede desatar el incendio en un ambiente que se parece a lo que los químicos llaman, sin metáfora alguna, una atmósfera explosiva. Lo más grave no son las palabras, ni las grandes visiones panorámicas de multitudes con banderas, el espectáculo siempre alentador y gratuito de los sueños, o los delirios. Lo grave es siempre el daño a las personas concretas, a los más frágiles, a los que están solos o en minoría, los que no tienen la culpa de nada. Lo más grave es cuando la ideología se convierte en pretexto para la agresión contra el que no puede defenderse. Lo concreto es lo único real. Las cosas no suceden: le suceden a alguien. No es lícito apalear a una persona indefensa. Es una crueldad inmunda señalar a un niño en una escuela enfrente de sus compañeros porque su padre es guardia civil. No se puede acosar a un futbolista y pedir su expulsión y llamarlo extranjero con una xenofobia cobarde y simétrica a los que gritan insultos idénticos desde el otro lado, esgrimiendo banderas en apariencia hostiles entre sí pero idénticas en su utilidad como armas arrojadizas.

Hay que parar. Es urgente una tregua. A cualquier precio hay que recobrar la cordura, o al menos dejar en suspenso tanta vehemencia. No conozco a nadie razonable que no tenga miedo estos días, que no sienta vértigo, abatimiento, amargura. Solo a los exaltados les complace esta escalada que no sabemos en qué concluirá si seguimos así, pero que ya está dando sus resultados desastrosos. Las personas a las que conozco y con las que hablo estos días tienen ideas y aspiraciones muy distintas, y a veces en apariencia irreconciliables, pero están unidas, estamos, por este común abatimiento que ya no es solo político, porque invade hasta lo más recóndito de nuestras vidas privadas. Era desolador ver a la gente que aclamaba a los policías y guardias civiles que iban a viajar a Cataluña al grito bárbaro de “¡A por ellos!”. Da miedo esa consigna gritada ahora en Cataluña, “Las calles siempre serán nuestras”. Provoca el mismo escalofrío que aquel exabrupto de Manuel Fraga cuando era ministro de Gobernación: “La calle es mía”.

No soy equidistante. No es equidistancia reclamar que las calles sean de todos. No lo es darse cuenta y advertir de que todos vamos a salir perdiendo con este gran desgarro. Ya estamos perdiendo. Ya está cayendo el valor de los ahorros en los bancos más sometidos a la incertidumbre. Ya se han abierto heridas y se han agrandado sin necesidad zonas de fractura que ahora son abismos y que habrían podido aliviarse con un poco de buen sentido y buena voluntad. Aquí solo ganan los pescadores en río revuelto, los corruptos que se mimetizan en el barullo de las banderas, los partidarios de sustituir el sistema democrático por tiranías populistas, de ahogar las libertades personales en el pantano de las unanimidades colectivas, los alentadores de una vana intransigencia española que a estas alturas, aparte de dañina, es ridícula, aunque acabe dando algunos votos.

Pero nada de esto es importante ahora mismo. Ahora lo urgente, lo imprescindible, no es pertrecharse cada uno en sus convicciones, por muy de sentido común que le parezcan, por muy cargado de razón que se crea. A estas alturas lo más probable en esta confusión es que solo escuchemos ecos de nuestras propias voces que nos confirmen inútilmente lo que ya pensábamos. Lo urgente es establecer, improvisar, un espacio de concordia, por precario que sea, empezando por el logro mínimo de esforzarse uno mismo en no decir nada o hacer nada que pueda agravar el encono. Si algo hay de sobra son incendiarios voluntariosos. Salvo los más cerriles o los más iluminados, todos sabemos, cada uno en el grado distinto y legítimo de sus diferencias, que aquí no va a haber una victoria que no sea una derrota común. Pueden cambiarse las leyes políticas, pero no la ley de la gravedad. Puede cambiar el trazado de las fronteras, pero no la geografía. Estamos tan cerca y estamos tan mezclados desde hace tanto tiempo que hasta con la separación más belicosa no dejaremos de estar juntos, de hacer negocios, de comprar y vender cosas, de tener amigos, socios, lazos familiares. De modo que en algún momento, los que mandan, los que nos han arrastrado hasta aquí, tendrán que sentarse y tendrán que alcanzar acuerdos. Los alemanes y los franceses lo hicieron después de más de un siglo de guerras cada vez más espantosas y así dieron origen a la Unión Europea que ahora nos ampara a todos. Alfredo Pérez Rubalcaba publicó hace unos días en estas páginas un artículo lleno de sensatez y claridad que es también una propuesta práctica de concordia. Lo peor solo es inevitable cuando ya ha sucedido. Y que nadie se engañe: lo peor para los unos no traerá lo mejor para los otros. Hay veces que una calamidad común vuelve irrisorias las diferencias al principio menores que la desataron. Después de cada desastre y cada horror de la historia, las partes implicadas no tienen más remedio que sentarse sombríamente a negociar. No entiendo cómo puede no ser preferible hacerlo antes de que el desastre suceda.

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Mañana es el fin del mundo, por Juan Gaitán

La Opinión de Málaga, 21.09.2017.

Tal vez usted, que me lee ante su café mañanero, también teme, como yo, que mañana se acabe el mundo, según las últimas previsiones, y está pensando que quizás ese sea el último café, que suena tan triste y tan injusto, y acaso lo está saboreando mejor.

Yo, que soy de natural crédulo, me he asomado muy temprano a la ventana buscando los prometidos caballos y sus pálidos jinetes, pero no he encontrado en el cielo más que un azul en retirada, uno de esos azules de septiembre que suelen generarme una intensa pereza, una inercia hacia la quietud y el amparo del sillón donde me gusta leer.

Es justo reconocer que no deberíamos tener demasiados motivos para la inquietud. El fin del mundo se anuncia a cada poco. Así, a vuela pluma, recuerdo varios que luego se quedaron en nada. Hubo uno en 2003 y otro en 2012, el famoso apocalipsis que predijeron los mayas y que tampoco fue, echando a perder así el consolidado prestigio de infalibilidad de las predicciones de su calendario.

De modo que el fin del mundo previsto para mañana probablemente será otro de esos clamorosos chascos y el sábado discurrirá plácido, como suelen ser habitualmente los sábados, y cuando anochezca miraremos al cielo con un poco de alivio y también con un poco de decepción (debe ser un privilegio ver morir el mundo, nadie, que se sepa, lo ha visto jamás).

A mí, estos anuncios que, con cierta frecuencia, nos llevan mitad a la alarma, mitad a la sonrisa condescendiente, me sirven para hacer un recuento de prioridades, preguntarme qué haría si hoy fuese el último día, apelar al viejo carpe diem, que, como a todos, se me olvida de tanto en tanto.

Si hoy fuese el último día quizás lo invertiría en recordar aquel día bajo la lluvia de Bruselas en que el capitalismo asesinó al amor y corrí hasta al otro extremo de aquel puente de Praga buscando un silencio que se escuchó por todo París, ese día blanco en que compré la sombra hueca de un gato, dejé atrás un jardín de Londres y Berlín fue bello tras la tormenta. Recordaría el tren que llegó tan pronto a la estación sosegada de Amberes, el jersey perdido de una muchacha en un parque de Gante y los cisnes insignes del Moldava, la luz simple de Ajaccio, el color de la lápida de Shakespeare y el dramático cielo de Estocolmo, todo eso que no he olvidado, o que quizás inventé, prudentemente, como quien acopia leña y comida de cara al invierno.

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Bajada de bandera, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 01.10.2017

 ¿Tendremos hoy un mártir? Un muerto, uno solo, sin que nadie sepa bien cómo ni por qué, es lo único que falta en este aquelarre político. La evidencia es que unos y otros alertan del peligro de sangre. Pablo Iglesias y la CUP a su guerrilla y al ardor civil de que no provoquen a las fuerzas españolas porque es lo que quieren los represores. Y la policía y la guardia civil habrán recibido la misma consigna. En el alambre de una melé está el funambulismo de la credibilidad. Si el que muere es un agente del orden público se debilitaría internacionalmente la causa catalana, pero si es al revés la fortalecería. Está claro, y también que en medio de la sensatez anda el diablo desdoblado entre los hooligans de la ultraderecha y los del anti sistema. Es demasiado fácil que en esta orgía carnavalesca de banderas salte la chispa de una provocación. Sin duda han sido analizadas todas las posibilidades y su manipulación. Especialmente por la CUP que tiene controlada la hoja de ruta de lo que ha ido sucediendo, de lo que puede pasar hoy y ocurrir a partir de mañana. El món ens mira (El mundo nos mira) es el lema de una estrategia que ha dado sus frutos en la propaganda internacional, en la movilización social en colegios -con la inmoral utilización de niños-, en el hostigamiento a los que los sublevados insultan y provocan, y si los que no quieren ahormarse a la sedición responden son acusados de fachas y de no demócratas si hoy no votan. Ni siquiera se ha librado Ada Colau, advertida por Mireia Boya de que Roma no paga traidores y que la CUP tiene memoria y nunca perdonará.

Quién estuvo en la batalla, bajo el franquismo, por una democracia que entonces sí que realmente no existía, y formó parte de la izquierda más activista, conoce de sobra las metodologías de lucha y sabe que la CUP está preparada para todos los escenarios posibles, y tiene un discurso para cada desenlace. Unos deberes imprescindibles, cuando el ajedrez político se empecina en que unas tablas sean jaque mate, que no han hecho el gobierno de Rajoy, prepotente y avestruz hasta que no ha tenido más remedio. Razón de peso para que dimitiese mañana su jefatura de gabinete, incluso el mismo Rajoy por la incapacidad de diálogo, de acuerdos factibles y de previsión de un problema inflamado por la tergiversación de la Historia, la deslegitimación de la ley y un himno supremacista. Tampoco ha estado listo el PSOE confuso entre la redefinición de su discurso y la necesidad de una perspectiva de izquierda ilustrada, aunque Sánchez llamó ayer a la legalidad y la convivencia en Cataluña. Igual de desaplicados Ciudadanos frente al neofascismo nacionalista –cuánto cuesta llamar a las cosas por su nombre, cuando ha de hacerse desde la izquierda-, que ha estigmatizado de no catalanes a los que no se empoderan en la independencia. Suspende igualmente una Europa de perfil, sin entender que lo que suceda hoy y sobre todo en los meses que vienen, puede ser un puente hacia un federalismo global o la espoleta de una granada de populismos que estallaría en la balcanización de Europa. España no es Bosnia ni Cataluña es Serbia, pero su ejemplo tiene mucho de peligroso e incomprensible reflejo en lo que está sucediendo y debería avergonzarnos, como las escenificaciones del franquismo que hace cantar el Cara al sol a adolescentes y jalea al aire su bandera en reacción a la acción ejercida por el independentismo (no volvamos a ser hipócritas defendiendo a los que se sublevan contra la ley y criticando a los que hacen el ridículo más absoluto y rechazable). O el papel de la Iglesia catalana, bien vista si defiende el nacionalismo, condenada si hubiese hecho homilía gubernamental.

No deseo que ocurra ninguna violencia humana. Ni siquiera un forcejeo airado, pero sería absurdo en esta comedia irreverente -que ha puesto a prueba el conocimiento de lo qué es y supone una democracia (y cómo analizar las situaciones sin dogmatismos ideológicos)- no reconocer que hasta el momento la violencia la han ejercido los que se denominan sometidos. Personas emocionalmente adoctrinadas que han acosado, al igual que los activistas militantes, a familias como Ana Moreno por exigir una asignatura más en castellano, y a su hija estigmatizada por sus compañeros; a vecinos y amigos por no posicionarse y conminados a marcharse de un país que no se merecen. Actos a los que sumar el de la reportera de Els Matins de TV3 que roció un ejemplar de la Constitución y le prendió fuego. Tampoco se han librado los periodistas y aquellos corresponsales que han mostrado dudas o han contado lo que sucede desde su neutralidad. Mathieu de Taillac de Figaro y Tunku Varadarajan de The Times entre otros denunciaron las descalificación y presiones como ha explicado Pauline Adès-Mevel, al frente del área de UE de Reporteros sin Fronteras, «el libre ejercicio del periodismo se ha visto tremendamente viciado por las ansias del Gobierno de la región por imponer su relato a la prensa local, española e internacional, traspasando líneas rojas».

En esta campaña ilegal con mucho de esperpento, los insurrectos gobernantes que insisten a sus ciudadanos en que persistan y desobedezcan ocultan el hedor de su larga corrupción y mercadeo, y no han explicado que la calificación crediticia que otorgan a Cataluña las tres agencias famosas de la crisis financiera es una B+ que significa Bono basura. Es decir, que no tiene avales suficientes para recibir inversiones, y su perspectiva de mejora es negativa. Una calificación que equipara a Cataluña con Costa de Marfil y Sri Lanka, un punto por debajo de Trinidad-Tobago. Tampoco qué ocurrirá con el pago de las pensiones a partir de la independencia. Mala rentabilidad la de erigirse en una nación, que nunca ha sido, basada en una superioridad moral, en un cuestionable victimismo y en mentiras, admitidas por tantos como pos verdades, que no gozan de mi comprensión. De hecho suscribo la lúcida opinión de Eduardo Madina en contra de «reinvenciones de patrias y de soberanías plenas y cerradas, defendidas a través de un nosotros contra un ellos». Qué importante reflexionar sobre estas palabras cuando el procés ha avivado el nunca dormido del todo fantasma de las dos Españas, divididas como dice Carlos Yárnoz entre la nacionalista y la fascista, y convertirlo en un fuego que amenaza con arrasar una democracia de la que cada cual pretende apropiarse criminalizando a los otros, según intereses y cuentas pendientes. Qué conveniente hubiese sido leer en los colegios la prensa sobre todo lo que derivó en el fratricidio del 36.

Hoy no vivirá España su Revolución de Octubre, pero sí va a tener que contar con un pactado fortalecimiento del Estado para llevar a cabo mañana lo que exige la justicia contra los principales actores de los delitos. Y para responder al enfrentamiento que se prevén en el horizonte con huelgas y más presión, mientras se ahonda la escisión social de una Cataluña partida en dos, y el desafecto hacia lo español enrarecido en odio allí y aquí hacia lo español. Un panorama de uñas que hará difícil negociar una imprescindible reforma de la Constitución y un encaje económico de Cataluña en España porque en lo cultural, en lo político y en la convivencia civil hace mucho tiempo que una estaba encajada en la otra. Sin olvidar un referéndum legal vinculante a todos, y del que surja un proyecto democrático común, igual en las obligaciones y en los derechos, que cohesione España frente a amenazas más verdaderas y mayores que ya están llamando a la puerta. La clave está en rebajar la tensión, recobrar la cordura política y a pie de calle, y encontrar los interlocutores adecuados para bajar las banderas y llevarlo a cabo.
El futuro pasa por dejar atrás la maldición de Caín y de Babel, y unirnos en el espíritu constructivo de la convivencia y el progreso. Lo demás es una ruleta rusa.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Franco no ha vuelto, por Antonio Soler

Ni ha vuelto ni por suerte se le espera. Lo que ha vuelto es la política engañosa, el cobijo en las medias verdades para contar una gran mentira. A raíz del conflicto catalán el lenguaje se estira y retuerce para presentar realidades paralelas a la realidad. Es decir, irrealidades, espejos cóncavos. Cuando el malnombrado Caudillo vivía, en los libros de texto leíamos que vivíamos en una monarquía. En una democracia orgánica. Habíamos sido liberados del terror rojo. Los partidos políticos estaban prohibidos. Las películas y las obras de teatro estaban censuradas. Había libros prohibidos. La homosexualidad era una enfermedad y un delito. El adulterio, si lo practicaba una mujer, aún era peor que un delito. Aquello que no estaba de acuerdo con el régimen podía acabar en un paredón, en el garrote vil y, a veces, en el ridículo. Como cuando a Vázquez Montalbán lo obligó la censura a cambiar en uno de sus libros la palabra ‘sobaco’ por ‘axila’. Lo de ‘axila’ sonaba más higiénico, menos sensual. Cuando alguien escribía ‘obrero’ el censor lo sustituía por ‘trabajador’. ‘Obrero’ sonaba a marxismo. Todavía en 1973, Juan Marsé se vio obligado a publicar Si te dicen que caí, una de sus novelas mayores, en México. Demasiados rojos, el libro y su autor. Eso era, a grandes rasgos, el franquismo.

Ahora, algunos soberanistas, algunos representantes de izquierda, afirman que el franquismo ha vuelto. Lo dicen en catalán y en castellano. Cuando Franco vivía sólo lo podrían haber dicho en una lengua. Y desde la cárcel. Alguno tal vez lo afirme por desconocimiento, el analfabetismo histórico es galopante entre algunos políticos. Otros saben que mienten. Pero es el recurso fácil. El atajo. Emborronar, decir lo que no es. Mentir para, a través de la ficción, contar una supuesta verdad. Resulta más efectivo e inmediato fabricar un titular rotundo que elaborar un pensamiento profundo. Mejor y más impactante la boutade que una reflexión en la que se razonen los anhelos de independencia y la exploración de unas vías de entendimiento. Cosas que en este asunto han brillado por su ausencia.

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Terremotos, por Alfredo Taján

Sur, 21/09/2017

Lo bueno no dura mucho, y si es bueno y breve, dos veces breve, nunca bueno. La otra noche presentamos, en un primoroso acto organizado por el Ayuntamiento torremolinense -aprovecho para dar las gracias a su alcalde José Ortiz y a Sebastián Lara-, en la Casa de los Navajas, el libro Torremolinos, de pueblo a mito que bajo el frontispicio de la revista Litoral ha visto por fin la luz, esa luz ‘horizontal’ de la que hablaba Altolaguirre, ‘luz deicida de luz’ de sus islas invitadas. Lo bueno es siempre fugaz porque la desgracia y la maldad se apresuran a sustituir los vientos caritativos de este otoño. Recordaré el día de ayer, veinte de octubre, como un compendio agridulce, sujeto a vaivenes y a blasfemias. Vaivén letal el mexicano. Debe templar el Caribe sus tendencias abismales, y abisales. México, precisamente, debe su atractivo a esa suerte de contrastes. Escribió uno de sus mayores intelectuales, José de Vasconcelos, que a México «le hace falta no sólo educación sino además misericordia». Pienso en su antigua metrópolis, España, que también se lacera a sí misma en cuanto la dejan, y sin embargo, al contrario de México, nunca ha estado ni tan lejos de Dios ni tan cerca de Estados Unidos. El terremoto mexicano viene repitiéndose como un bucle de muerte. En 1985 sufrió otro temblor que causó miles de víctimas. Esta vez ha sido muy cerca de Distrito Federal donde se ha situado el epicentro, y Ciudad de México, con cerca de diez millones de habitantes, ha vivido una pesadilla sísmica que se ha cobrado centenares de muertos y desaparecidos. Sin embargo, mexicanos han mostrado una valiente solidaridad hurgando en los bajos de los edificios demolidos, buscando los cadáveres de sus conciudadanos, ellos, tan dados a exhibir calaveras, nos han superado a todos por su colaboración unánime, todos a una, como en Fuenteovejuna, en silencio o cantando su segundo himno, Cielito lindo, canta y no llores, lo que ahora mismo me embarga el corazón y me empaña la mirada.

Pero el veinte de octubre también ha sido una jornada negra para la democracia consensuada por todos en 1978. Aquí hemos sufrido otro terremoto. La astucia maniobrera de la Generalitat nos ha hecho corresponsables del fracaso de una derecha y una izquierda catalanas que en unión contranatural desean romper la baraja sin pagar sus fugas; a esto se suma el empobrecimiento cultural de Barcelona. Como ha declarado Vargas Llosa: «Hoy día no conozco la ciudad cosmopolita en la que viví más de cinco años, el nacionalismo es un virus que se ha extendido peligrosamente»; y no sólo en Cataluña, otras zonas de Europa, con regímenes nada ejemplares, proponen delirios similares. Sin ir más lejos, la Turquía islamista de Erdogan, los caudillismos xenófobos de Polonia y Hungría, el imperialismo de la Rusia de Putin, representan una falsa moneda. Por eso ahora, y más que nunca, no hay que enmudecer, hay que dar la cara y hay que rechazar esa moneda.

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Entre símbolos y sueños en la obra de Francisco Moreno, por Antonio Abad

No es de extrañar que teniendo en su haber más de una docena de libros publicados, la última obra de Francisco Moreno surja de su particular ámbito literario, de ahí que confluya su nueva propuesta pictórica con un cierto simbolismo cuya novedad se decanta por una realidad escondida que junto a la fantasía, el subjetivismo y los medios necesarios para comunicar una emoción darán lugar a una pintura con un fuerte contenido poético.

Para Francisco Moreno el mundo es una mera apariencia que habrá que subvertir para crear una realidad distinta, excitando al mismo tiempo a la imaginación con todo su repertorio de ensoñaciones y cuyo objetivo no será otro que representar lo que está oculto, lo que hay detrás del espejo de toda memoria.

Se trata, por lo tanto, de ir desarrollando una pintura conceptual en la que el tema predomine sobre la representación; de ahí el interés por el inconsciente, lo onírico o lo fantástico, contraponiendo a cualquier racionalismo estético lo irracional como fórmula inexcusable para crear espacios distintos y de naturaleza rara.

Es preciso, pues, dotarse de un fuerte análisis del yo y otros mecanismos donde el misterio, la ocultación y una buena dosis de espiritualidad activen nuestros sentidos a partir de la experiencia. En definitiva, poner la lógica de lo visible al servicio de lo invisible.

A partir de estas formulaciones es como Francisco Moreno va creando una iconografía poética, a veces impregnada de trazas surrealistas y otras que implican una vuelta a lo ingenuo, a lo naif.

Lejos de encasillar cualquier pronunciamiento crítico de su obra lo que corresponde es acercar el contenido de la misma al espectador señalando, en este sentido, que estamos ante una pintura frecuentada por una espiritualidad cercana a posiciones religiosas o místicas de las que irá extrayendo los símbolos y las ornamentaciones correspondientes en un alarde de simplificación formal.

A este respecto la muerte y su misterio, o la mezcla de lo real y lo fantástico, cobran una presencia sucesiva como acontecer de nuestra realidad tangible, pero envuelta con el sarcasmo o la ironía y algunos préstamos de El Bosco.

Todo ello dará lugar a plasmar un espacio de luces tamizadas y desvanecidas tintas donde la tonalidad grisácea irá creando una atmósfera húmeda con ráfagas solanescas, que ayudan al propósito que se persigue que no será otro que mostrarnos la ambigüedad con todos sus enigmas.

Dicha ambigüedad será el soporte para ir encadenando otros temas en un amplio y recurrente discurso plástico. Lo grotesco, de este modo, hará su aparición a través de unos personajes anodinos. Lo carnavalesco o las postrimerías tomarán presencia plena. Para ello, Francisco Moreno recurre a la sátira con un acusado sentido del humor para mostrarnos, definitivamente, una pintura cercana y amable a base de una pincelada suelta y un dibujo expresado apenas fugitivamente como si su indeterminación nos obligara a conformar su contorno, todo ello tamizado por un cromatismo recio y vigoroso.

Estamos ante una obra nacida de la emoción y de los sueños que trata de trascender la realidad más allá de ella misma para adentrarnos en el misterio y en la voluntad de un yo que nos libere de nosotros mismos. En definitiva, pintura que se enfrenta al positivismo imperante.

Códigos de sangre, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 10.09.2017

No sé qué ruge más, si las tempestades de Irma desbordando el mar y el aire, acosando las casas y las vidas como una pantera de viento que no cesa en su galope salvaje entre las islas del Caribe, o el ruido de claxon con el que la política embriagada de ego atropella la democracia en un paso de peatones. El huracán manifiesta que el cambio climático no admite especulaciones sobre su realidad. La segunda se ha saltado a la brava todos los semáforos, no ha respetado la ética y ha ejecutado la desobediencia a las leyes. Unos aplauden en corro la metáfora de lanzar un viejo coche al abismo para bailar el mambo de una fiesta que divide a dos Cataluñas. Otro, un hombre coherente y solo, renuncia a que su hijo Daniel crezca en una democracia que se niega voz y discrepancia a sí misma. Su gesto muchos lo consideran menos heroico que el de la diputada que recoge banderas para alimentar la vieja hoguera de España. Qué poco hemos aprendido de Galdós y de Arturo Barea, de Chaves Nogales y de la trilogía de Almudena Grandes. Leer acerca del cainismo y la violencia es la asignatura suspensa de la mayoría política. Especialmente de los que alimentan, como dice en un excelente artículo Iñigo Errejón (qué necesario para el PSOE su mente pensante), el populismo de un leviatán totalitario. Lo peor de todo es que siempre se obliga a la ciudadanía a elegir entre blancas y negras en una partida abocada a la derrota en tablas. Lo mismo que en las películas de Bergman.

Íñigo Errejón, diputado de Podemos.

Qué difícil decidir el zen entre los claros oscuros del cansino desafío independentista y las peligrosas líneas rojas de una solución constitucional, razonable, federalista, sin torpezas ni enquistamientos entre el dolo y el favor económico a cambio de una tensa paz, el mercantilismo a cambio de gobernabilidad, la creación de la nation building y la negativa obtusa a reconocer aquellas tantas cosas que nos unen en las diferencias, porque así es como las personas y los países nos complementamos y enriquecemos en una personalidad más fuerte. De hecho somos una pluralidad de yoes que componen nuestra identidad, la refuerzan y la engrandecen.

Nunca he entendido las rivalidades absurdas entre capitales vecinas, el rechazo de los urbanos hacia las gentes rurales, la acotación en un documento o en el corazón de un sentimiento de pertenencia en exclusiva. Los códigos de sangre vieja no van conmigo. Soy fruto de una religión y una cultura conversas, de la emigración de una isla mediterránea y por otra porque la cultura y el pensamiento son el fundamento de mi identidad. Lo escribí el febrero pasado cuando me pidieron un certificado de mi ADN andaluz y dejé claro que era nacido de Lorca y de Baudelaire, andaluz de Homero y de Stevenson, de Platón y de John Ford, de Borges y de Morente, de Cortázar y de Hawks, de Verne y de Paco de Lucía, de Picasso y de Virginia Woolf, de Camarón y de Cezanne, de Macondo y de Labuan, de Saint-Germain y de La Alfama, de Barcelona y de Bilbao, de Roma y de Berlín, de Malta y de Madrid. De Mónica Bellucci y de Anouk Aimée. Rosas de los vientos de un mapa existencial con vocación de lenguaje, de alma y de mundo más allá del duende, de las religiones y de las banderas que juramentar bajo un gobierno que excluyen la libertad y la conciliación; y que, como dice la poeta Ángeles Mora, cuando hay algarabía fuera, tiene calma adentro.

Tampoco he adjurado jamás de ser andaluz, español, europeo, ciudadano del crepúsculo y del amanecer, lector braille de las noches de la piel abierta y corsario de mares en los que ser una canción o Marina Perezagua midiendo los latidos de la profundidad o la medida de un beso entre las olas. De ser, republicano, ácrata, utópico y escéptico optimista, por mucho que a veces me hayan dolido, avergonzado y airado el error de mis actos o los hechos y los dichos contrarios a mi credo, y cuyas autorías comparten las mismas denominaciones de origen e ideología. Siempre he creído que lo coherente es saber las luces, las sombras, los abismos y los puentes con los que conversamos a solas con nosotros, y con los que brillan en los ojos o brotan en el temblor de una voz cuando dialogamos en contienda, celebramos lo común de una dicha o compartimos un secreto.

Las mismas piezas de nuestro collage y casi las de ese puzle llamado España, y del que no entiendo por qué suena tan mal como concepto y ágora. No sé si somos los únicos que la negamos tres veces cada vez que un gallo nos canta en contra, o cuando hay que descender a los infiernos y echarle coraje a lo que somos. También me resulta difícil entender porqué tachamos de chauvinistas a los franceses cuando defienden su identidad, igual que lo británicos templan el honor de su pertenencia con un té a las cinco y un whisky a las siete. La razón quizá resida en nuestro rico mestizaje escasamente celebrado, precisamente por la vieja historia de nacionalismos que fueron superponiendo los fenicios sobre los tartessos, los griegos y romanos sobre los fenicios, los visigodos sobre los mismos, los árabes sobre ellos y los castellanos encima de los andalusíes. A pesar de que la sangre, el lenguaje, los libros, el arte, la arquitectura, las ciencias, se mezclaban renaciendo talentos y prosperidad. Da igual. En nuestro ADN lo que prima es el binomio de los contrarios. Ser más que el otro, conmigo o contra mí, y en esa diferencia armar el discurso del poder y del agravio, la intolerancia y la brecha. Más delirio que sueño.

No quiero pensar qué sería de España de ser una comuna. Lo mismo que nadie habla de la República sobre la que Max Aub dijo en palabras de Vicente Dalmases, protagonista de Campo del moro, “traidores todos, los anarquistas, los socialistas, los comunistas; ni que decir tiene los fascistas, los liberales; traidores todos”. Siempre nos hemos orillado en batallas donde humillar la rodilla del adversario, y borrar después sus significados. Los partidarios de Juan de Trastámara y los de su hermanastra Isabel; los Austrias contra los Borbones; los absolutistas de Fernando VII contra los afrancesados de La Pepa… banderas inflamadas por odios, ambiciones personales y esas cuchilladas en las sombras donde aflora la naturaleza humana, entre cuyos ejemplos está el saqueo de estos días en las poblaciones en las que Irma ha reventado el paisaje, negocios y hogares.

Vaya clamor de septiembre, borrascoso y obcecado en derrocar cualquier voluntad de diálogo y de reconstruir lo mucho que nos une y la importancia de componer encuentro en la cultura, el único lugar que nos queda en el que ser felices. Lo mismo que en ese otro septiembre que amanece, en sentido contrario a la batalla y la ira, como un pentagrama de azules, de violetas, grises y rojos, conformado la sinfonía de un poema de luz ante el que mi amigo Javier Álvarez detiene el coche y me llama. Un instante de belleza en su desnuda naturaleza y esplendor de reflejos a lo largo de ese territorio sin fronteras que es el cielo. Desde Málaga a la Línea, desde el sur al norte, el mismo lenguaje que debería unirnos más allá de arrecifes, de postes telefónicos, de apellidos como fronteras, de persianas desde la que nos etiquetan con recelo de forasteros. Por encima de discursos que empuñan la palabra como si fuese un revólver que nos reta a que entre dos sólo uno quede en pie, en el centro de la calle y del vacío.

Nunca me han gustado los códigos de sangre, las lenguas que desprecian a otras, los mapas en los que me consideran extranjero y me exigen una patria que niega que mi corazón sea del mundo. Y también de Contador, sencillo y épico coronando con pundonor el Angliru. El único capaz, de momento, de darle a septiembre la vuelta con generosidad, coraje y en alto.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Independencia, por Juan Gaitán

La Opinión de Málaga, 08.09.2017

«Independencia» se dice igual en español y en catalán. Varía un poco la pronunciación, es cierto, y en la escritura la diferencia está apenas en el acento grave en la última «e» que la lengua catalana coloca en el vocablo. Pero nada más. Unas diferencias muy pequeñas. Como casi todo, en general.

Pero, por lo visto, aunque se digan igual no se piensan igual. Es lo que pasa con las palabras, que deben sentirse y pensarse antes de ser expresadas. Luego no tienen retroceso. Las palabras vienen sin marcha atrás, por eso debemos intentar estar seguros de lo que vamos a decir antes de decirlo. ¿Y qué decimos cuando decimos independencia? Pues€ Depende (perdónenme el juego de palabras, no he sabido resistirme). Supongamos que estamos en 1803, año en que la Real Academia de la Lengua Española publica la cuarta edición de su diccionario. En él aparece «independencia» con una sola y escueta acepción, «falta de dependencia», mientras «dependencia» la define como «subordinación, reconocimiento a otro mayor poder o autoridad».

Entre ese diccionario y el de mediados del Ochocientos ocurren la invasión napoleónica y la llamada «Guerra de la Independencia». En esos años la palabra coge fuerza, se apodera de los discursos, los artículos, las proclamas. Había que librarse del enemigo francés y el término engorda, se carga de significado: «libertad, y especialmente la de una nación que no es tributaria ni depende de otra». Un texto del barcelonés Antonio Capmany Surís y de Montpaláu (por si hubiese que acreditar la genealogía), señala en 1808 que la voz «independencia» es «favorita de todos», refiriéndose a la «independencia y redención de España». Otros artículos de la época terminan de definir los conceptos que hoy, al parecer, tanto nos confunden. Bajo el seudónimo de Doctor Mayo, Julián Negrete proclama que «cada español ha de quedar sometido tan solo a la ley», y posteriormente dará una clara definición de nación: «una junta de hombres libres, que no pudiendo serlo por sí solos, o en el estado que llaman de naturaleza, se reúnen en sociedad para que obedeciendo todos a las leyes, ni la miseria de los unos, ni la abundancia de los otros, ni las pasiones cualesquiera turben la seguridad de cada uno». Ahí es nada. Dos siglos y mira lo perdidos que andamos, con lo claro que nos lo dejaron.

Esa es la razón de que en las dos lenguas ´independencia´ se pronuncie igual. Porque venimos del mismo sitio e, irreparablemente, vamos hacia el mismo futuro. Ya sé que yo, como andaluz, tiendo por naturaleza a lo universal, pero es que no consigo entender cómo nadie puede creer que será libre encerrándose.

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Transporte puntero, por Txema Martín

Sur, 11.08.2017

Coger un avión es la mejor manera de viajar; el Aeropuerto de Málaga es una gran infraestructura.

Desde luego que ya hay que ser cafre para que a tus 41 años bien cumplidos te dé por hacer el vándalo deslumbrando a pilotos de avión con un puntero láser desde un hotel de Torremolinos. Pero es que además hay que tener una mentalidad bárbara para hacerlo junto a tu hijo de 15 años mientras que los demás cruzamos los dedos para que cuando el niño crezca no quiera ser como su padre. También hay que ser muy cobarde para poner en peligro la vida de los pasajeros desde el supuesto anonimato que te concede la nocturnidad, y que siempre es un regalo. Y hay que ser un idiota para pasártelo bien con una gamberrada que, si te pillan como te mereces, va a costarte de 30.000 a 600.000 euros que esperamos que termines pagando, ya seas extranjero o de Cártama Estación. Dicen que la naturaleza es muy sabia pero se equivoca cuando permite a estos cafres tener hijos mientras que muchas buenas personas están luchando por construir una familia contra todo tipo de trabas biológicas, burocráticas o morales. Pero vamos a cambiar de tema. No queremos convertir este espacio de hoy, que por fin es viernes, en una rabiosa carta a un indeseable.

Este pueril intento de boicot pone de manifiesto una cosa: viajar en avión es la manera más segura de transportarse, y de paso que el Aeropuerto de Málaga, con sus cosas mejorables, está controlado por excelentes profesionales, que está resistiendo muy bien el reto de movilizar a cientos de miles de personas sin que se hayan producido retrasos graves ni altercados, como sí ocurre en otros aeródromos españoles.

Estamos ya a mediados de agosto y nos hemos llevado a la cara varios titulares horribles relacionados con el transporte. Por ejemplo, que Tráfico ha descartado tomar medidas para paliar los atascos que se están produciendo en nuestra provincia todos los santos días de verano. Recomiendan a la población escalonar las salidas y usar las autopistas en horas punta, si es que la población en cuestión puede permitirse el disuasorio precio de las mismas. Las noticias que aporta el panorama ferroviario no son mejores: Renfe descarta ampliar la frecuencia o extender los horarios del Cercanías, como sí hace la EMT o como ellos mismos hacen con el AVE, que hace más caja. La opción del autobús interurbano tampoco parece la más práctica: se tarda más de una hora en terminar un recorrido que puede hacerse en 25 minutos en transporte privado, si es que no se pilla un gran atasco. Lo único que toca junto al calor es armarse de paciencia y perder los escrúpulos. Compadecerse de los malagueños que acuden a su trabajo en transporte público durante el verano. Preguntarse adónde va a parar toda esa riqueza que nos trae el turismo porque desde luego no se traduce en la mejora de ningún servicio público (tampoco en las cuentas de la empresa municipal de aguas). En fin. La conclusión de hoy es que hay que coger muchos aviones. Y que les vayan dando a los cafres.

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Páramo, por Antonio Soler

Sur, 24.08.2017

Agosto tiene en esta ciudad un doble fondo. Si en todo el país este es el mes del vacío, en Málaga los días posteriores a la feria se hunden en algo parecido a la nada. Después de esa alegría colectiva que tan parecida a un impulso devastador, llega una calma con tintes de desolación. Huyen los políticos locales después del balance feriante, desaparecen los agitadores sociales y, a la espera de que el fútbol y la liga se conviertan en asunto central de la vida, todo queda en manos del azar, de lo que nos deparen los sucesos, los terremotos italianos o el balance de ahogados o mujeres asesinadas a manos de sus parejas. Este año se suma al vacío la trágica resaca del terrorismo.

El idioma en que hablan los policías y las condecoraciones a repartir entre las distintas fuerzas de seguridad se convierten en las últimas espinas del gran drama mientras vamos sabiendo cómo y por qué actuaron del modo que lo hicieron los asesinos de las Ramblas y Cambrils. Los muchachos de la CUP culpan a Felipe VI de ser responsable indirecto de lo que lo que allí ha sucedido. A él y al Gobierno del PP. Se supone que cuando llegue la ideal y espumosa república catalana el pequeño país no mantendrá relaciones diplomáticas más que con quienes los dirigentes de la CUP digan. Países del golfo Pérsico y, por qué no, Estados Unidos, pueden ser declarados non gratos. Al hilo de la sangre todos nos volvemos estrategas. Se buscan culpables colaterales, como si los asesinos de las furgonetas y los cuchillos fuesen simples marionetas sin voluntad.

Los hilos, eso es lo que la CUP y también los ciudadanos atiborrados de telediarios, tertulianos y retales informativos, desean desentrañar. Y mientras, a modo de vacuna adulterada, se propaga la islamofobia. Moros asesinos. Pintadas en las fachadas de negocios de marroquíes en Cataluña y también en Andalucía. Todos moros y todos presuntos terroristas. Guerra de religión. El efecto perseguido por los yihadistas es exactamente ese. Volver a las cruzadas. Un dios por encima de otro dios, una raza por encima de la otra y la culpa rebotando de una pared a otra en un frontón interminablemente sangriento. Algunas de las personas que dejan velas, flores y carteles en las Ramblas nos dicen que no tienen odio. Tendrán carne de santos. Uno sí odia. Clara y rotundamente odia a esos asesinos que atropellaron al niño australiano, a los turistas italianos, a las mujeres que paseaban libremente en un país libre y laico. El error tal vez es que el odio se salga de su cauce, que se derrame, que pierda concentración y se convierta en un arma más en manos de los asesinos. Odio cristalino y diáfano acompañado del deseo de una Justicia alejada del talión, no divina sino terrenal, cívica y firme. Una luz en el páramo, en esa tiniebla enturbiada de rezos asesinos, imanes amantes de la yihad, la sangre, las huríes y toda su colección de supersticiones medievales.

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El huevo de la serpiente, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 20.08.2017

En el nombre del padre se conversa la vida, no se la fratricida. Tampoco un inocente muerto, en los campos civiles donde las guerras se escudan y se confunden, exige la venganza y el grito reparador de su víctima. «Matar en nombre de Dios es hacer de Dios un asesino». Lo escribió Saramago en In nomine Dei, una obra de teatro sobre la condición humana de pensar y la defensa de la conciencia frente a la imposición de cualquier dogma. Su frase debería haber tomado el jueves todas las pantallas del mundo on line, convertidas en ramblas virtuales, como un virus blanco contra el terrorismo que busca confirmar la violencia en un acto de fe. El botín de un asesinato coral por el que a sus soldados se les promete entrar en el diván de los héroes de una sura que se recita y se canta hasta transformarse en la oración detonante de un nuevo acto criminal. Es lo que se enseña en muchas mezquitas, clandestinas y no tanto, en las que la lectura de la sharia es una interpretación manipuladora que falsifica el espíritu de la rima y de la prosa del Corán, en beneficio de unos intereses políticos enfocados al odio hacia un enemigo, a la determinación de vencerlo y alcanzar la liberación. Ninguna religión es una espada, un cuchillo, una bomba, un fusil de asalto. Tampoco una furgoneta convertida en un desbocado caballo del Apocalipsis.

Sembrar el pánico no está escrito en ningún Libro Sagrado. Es necesario dejar claro el papel que representa la religión islámica, demonizada en muchos casos por desconocimiento, y curiosamente en otros mucho más tolerada que la católica por las ideologías de izquierdas que manifiestan mayor rechazo a sus costumbres e iconografía. Lo mismo que numerosos análisis internacionales niegan su condición de víctima en Irak, en Siria, en Egipto o en Yemen a manos de Al Qaeda, de Boko Haram o de Daesh. Hay que hacerlo, se sea practicante o ateo, porque muchos musulmanes fieles a sus dogmas rechazan que sus textos sagrados sean un manual de cruzada bélica contra Occidente. Otra cosa distinta es que los doctores de la religión, al igual que de la Historia, busquen deliberadamente una lectura desenfocada, reescrita y lentamente homologada, en madrazas, mezquitas y programas de televisión como Córdoba Tv -conocida por su proselitismo islámico wahabí- de los versos sobre la yihad del Corán y señalando la lucha contra el mal y su opresión, contra el imperialismo y su injusta agresividad. Algo que tiene cierta similitud con otros discursos políticos del fascismo nacionalista del siglo XX y del siglo XXI, extendidos igualmente en escuelas y arraigados en la construcción de un falso imaginario de la identidad.

El reclutamiento, radicalización e incitación de los terroristas del fundamentalismo ideológico del terror se hace generalmente en la red. Sus mensajes, estudiados por la Inteligencia Internacional, presentan al musulmán como víctima a través de imágenes, especialmente de niños, e informaciones sobre la muerte de civiles en diferentes conflictos bélicos. A continuación se culpabiliza de los hechos a Occidente –una acusación hasta cierto punto real–, y finalmente se incita al reclutado a ejercer como buen musulmán y a tomar parte activa del islamismo radical. Se lleva haciendo hace más de veinte años, desde la primera página web de Al-Qaeda Azzam.com hasta los foros más recientes como Al-Fida y Shumukh. Todos han reclutado a muchos jóvenes que transforman en muyahidines y a los que más que llamar lobos solitarios –que suena incluso romántico– habría que denominar perros rabiosos. Carne de cañón sin una formación cualificada, pequeños delincuentes de la droga, quejumbrosos marginados que anhelan ser corceles de una libertad equivocada, fáciles de adoctrinar por los guías espirituales o ideológicos que se alimentan de las trastiendas de las capitales europeas en las que no se ha sabido, ni se sabe, hacer frente al problema de adaptación de una población musulmana que no deja de crecer, divididos entre el enquistamiento en sus costumbres y atavismos y la permeabilidad en la cultura occidental en la que desarrollan su presente con futuro. El resultado es la existencia de barrios como los de Molenbek y Newhan en Bruselas y Londres, y su reverso en otros de diferentes ciudades españolas, también europeas, en los que los adultos y los niños hablan castellano o la lengua de acogida, apenas practican su religión, están perfectamente integrados, y a los que es deleznable estigmatizar.

Europa se está islamizando. Es evidente. Nuestra cultura se fragmenta atomizada entre la progresiva colonización norteamericana con su modas, sus hábitos, sus fiestas –pronto estaremos celebrando el Día de Acción de Gracias–, la pérdida de los valores de la Ilustración y su Humanismo, y el aumento de comunidades de musulmanes que en lugar de aceptar vivir el modelo socio cultural de Europa, enriqueciéndola con su mestizaje, utilizan nuestra tolerancia para ir adquiriendo zonas de influencia y reclamos de leyes que les reconozca como minoría distinta en pie de igualdad con otras creencias, pero sin formar parte del acervo cultural compartido con el resto de Europa. Un derecho para unos y un conflicto para otros. Aunque lo razonable para los que quieren vivir y mejorar en una sociedad avanzada en derechos humanos y sociales, en igualdad entre hombres y mujeres y en el avance de la laicidad, sería como defiende el analista británico Timothy Garton Ash que la condición de europeo fuese la identidad cívica dominante que permitiese sentirse a gusto a los musulmanes, en lugar de exigirnos nuestra islamización.

En caso contrario, el peligro de que el yihadismo se extienda será una realidad ante la que es urgente que la policía extreme seguridad en los espacios públicos; que trabaje estrechamente unida internacionalmente al igual que nacionalmente; aunque nuestra libertad sea el peaje por una seguridad con fisuras. Es importante que los gobiernos europeos reflexionen sobre las medidas económicas con las que se margina a los inmigrantes, acerca de su belicismo más allá en función de intereses ajenos y muchas veces oscuros de los lobbies financieros, que decidan qué tipo de relación internacional se establece con Arabia Saudí y Qatar, hipocresía blanca y banca en negro del terrorismo salafista. Y en España que hagan por una vez y ya política de Estado, juntos y en fuerza común contra el auténtico enemigo, dejando atrás los órdagos separatistas y gilipolleces como las del alcalde de Sabadell y su discurso de extirpar a Machado, a Goya y a Lope de Vega del callejero por ser fascistas españoles –un tipo de tamaña incultura debería estar inhabilitado para ser representante público–. Es vital también que en las madrazas, en las mezquitas y en las redes sociales los imanes, los académicos y los gobiernos islámicos eduquen a los más jóvenes, en su lengua y en su religión, con versiones alternativas del Islam a las que enarbolan los extremistas en forma de dictadura política armada en la frustración, la barbarie y la violencia. Nada tan eficaz como la cultura y el conocimiento a favor de la convivencia. La labor es difícil, compleja y lenta. El huevo de la serpiente lo tenemos dentro, y ponerle un rostro exacto no es fácil. A unos se les puede vigilar, otros son células fantasmas y algunos ni siquiera saben que están a punto de convertirse en asesinos nuestros. Ningún país está a salvo. En Barcelona toda Europa ha sido víctima, y la baraka estuvo de nuestra parte para que la masacre no haya sido más dramática y salvaje.

A nosotros, los ciudadanos, nos toca la madurez de impedir que el terrorismo nos secuestre bajo la oscuridad del miedo. Y que su amenaza psicológica y física cambie nuestro goce de convivir las ciudades, los monumentos, los espacios públicos, un café en el que descansar el tiempo o decidir el destino. Es cierto que en cualquier instante unos jinetes emboscados o el estallido de una bomba nos puede convertir en cristales rotos, y en rubrica del dolor en nuestro rostro. Pero la vida exige siempre vivirla con alegría, en libertad, en paz y con coraje. Esa es nuestra victoria sobre el terror.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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La dama y la hormiga, por Alfredo Taján

Sur, 31.08.2017

La Historia de la humanidad está repleta de hormigas. Un amigo mío me comenta que desde hace unos años las hormigas han sido sustituidas por cucarachas que, en realidad, son las que ahora lideran el panorama de la Historia contemporánea nacional e internacional. Hay que destacar la calidad simbólica del símil, una certera metamorfosis que describe a la perfección el repelús que yo mismo, sin ir más lejos, he sentido al oír, ver o leer las noticias que se han sucedido este verano interminable. Pero lo que sobre todo nos interesa hoy es el caso, ya bautizado, como el de ‘la dama y la hormiga’; y es que los duetos dan mucho de sí. Precisamente ayer rescaté en la Dos de Televisión Española el capítulo octavo de la versión televisiva de esa gran novela de nuestro canario de oro, Benito Pérez Galdós, titulada Fortunata y Jacinta; superproducción -cerca de doscientos millones de aquellas pesetas-, dirigida por Mario Camus en 1980, y protagonizada por Ana Belén, Maribel Martín, Fernán Gómez, María Luisa Ponte, Berta Riaza y la gran Charo López, entre otros destacados actores; la verdad es que a las dos de la mañana la recreación del crudo y tenebroso Madrid de la Restauración -que no se refiere a los restaurantes de moda sino al turno de partidos que inventó Cánovas del Castillo-, con sus míseros conventillos y su hipocresía moral aún más mísera, me sobrecogió. Me fui a la cama con una lección visual, e ideológica, que debieran revisar los que hoy se alimentan de la denominada superestructura estrellada. Y es que en las series televisivas del momento, especialmente las más influyentes, en su mayoría de estirpe anglosajona, se encierran claves de aquella vacua fugacidad que en su momento definió Jean Baudrillard como «efectos nocivos del simulacro»; desconozco si además poseen otros efectos nocivos para la salud mental. Pero volvamos al célebre busto íbero ‘La Dama de Elche’ al que un turista le descubrió, hace unos días, una hormiga hurgando en su testa. El escándalo ha sido mayúsculo y ha servido para avivar las reivindicaciones de los ilicitanos para que su dama retorne a la tierra a la que pertenece y de la que nunca tendría que haber salido. Me pregunto qué hubiera ocurrido si la hormiga hubiera traspasado la urna estanca, en vez de en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, en un museo de su ciudad natal. No olvidemos que la biografía de esta dama de caliza bellamente engalanada ha sido turbulenta. Vendida y revendida, durmió en el Louvre hasta que los nazis galos de Vichy se la devolvieron a Franco en 1941 a cambio de una lista de lienzos de El Greco y de Velázquez. Franco la encerró en el Museo del Prado hasta 1971, año en que por decreto la Dama se transfirió al Museo Arqueológico. El asunto da que pensar, y surgen preguntas, la primera, indudablemente, es que si la hormiga está afiliada o no a Compromís.

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Beber lo normal, por Txema Martín

Sur, 15.08.2017

Huir de Málaga durante la feria se ha convertido ya en una anciana costumbre que practican muchos habitantes de esta ciudad. La práctica parece a todas luces comprensible, y a los vecinos del Centro les falta pedirque el éxodo feriante incluya una ayuda económica del propio Ayuntamiento, para todos excepto para ese porcentaje bien alto de vecinos que salen de Málaga despotricando de la feria pero aprovechan esa circunstancia para alquilar su casa por 100 euros la noche, lo cual es en realidad una forma más desesperada de subvención.

Para los que sin gustarle la feria se vean imposibilitados por cualquier motivo a salir de la ciudad, la recomendación generalizada consiste en encerrarse a cal y canto bajo el recogimiento combinado del aire acondicionado y el Climalit. Quizás suscribirse a un canal de pago, ventilarse un par de temporadas en cada tarde o revisar partidos de fútbol de la liga del 96. Evitar en la medida de lo posible la programación estival de las televisiones nacionales y leer, por supuesto.

Para esos que no pueden irse o los que como yo empiezan sus vacaciones un día tonto como hoy, existe la posibilidad de, sin gustarle a uno la feria, elegir una tarde para visitarla, tomándoselo como un día de borrachera normal y corriente. Así se podrá comprobar que la feria sigue siendo la misma excepto por la huelga de taxis y que ahí está toda su esencia de fiesta al mismo tiempo fina y salvaje, como alguien que está muy borracho pero intenta mantener la compostura en una cena de gala. Escandalizarse por el botellón es un ejercicio inútil, desagradable y que supone no haber entendido de qué va esto. Intentar prohibirlo es además un acto de una enorme hipocresía. El botellón no es más que una concentración de gente bebiendo, así que no sé qué diferencia el botellón de la feria a la feria en sí misma. Los argumentos para prohibir beber en la calle mientras puedes hacerlo en un bar resultan pobres. Es verdad que los del botellón se acoplan y que hay pocas cosas menos interesantes que una aglomeración de gente borracha, pero me temo que eso es la feria, y que la única manera de evitarlo pasa por acabar con la feria del Centro y convertirla en una cosa todavía más poligonera.

Todos los años se escucha la apuesta por una feria más familiar y luego resulta ser más o menos la misma en cada edición. La Feria de Málaga es un estado de ánimo que se basa en el alcohol, y tampoco hay nada terriblemente malo en ello, no al menos en este mundo en el que nos resulta difícil alcanzar la diversión sin lingotazos. Que nos digan si hay una celebración popular en la que no haya que ponerse tibio de una u otra manera. O una ‘fiesta familiar’ que pueda gustarle de verdad a alguien. Imaginar versión de la Feria con tintes familiares resulta tan macabro como un parque infantil cofrade: hay cosas que deben permanecer en el terreno de los adultos.

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Sapore di agosto, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 13.08.2017

Agosto es el corazón del verano. El destino tradicional de las vacaciones con las que casi todos cicatrizamos las heridas y las renuncias, y buscamos el horizonte en el que volver a sostener la mirada sin preocupaciones, preferentemente soleados, en descanso, sucediendo igual que si el tiempo fuese un pentagrama en blanco al que puntearle la música con la que silbamos nuestros sueños. Para cada uno este mes gregoriano, en victoria conmemorativa sobre Cleopatra, tiene una tierra prometida, una memoria azul, y algunas que otras enseñanzas que se entienden al convertirnos en adultos. Agosto me lo explicó mi padre como la época ideal para remendar las redes y su atarraya, despacio, sin prisas, a conciencia de aguja y con nudos de empalme en rombo, repasando sus bordes y sus adentros con el deseo silencioso de con qué se quiere volver a llenarlas. Una tarea en la que se refleja la necesidad de repasarse a uno mismo, y que otorga al mes que los irlandeses nombran lúnasa ser mayoritariamente el paréntesis de tregua. No es extraño por tanto que aumenten los viajeros -45 millones desplazándose por carretera y sumándose por avión otro porcentaje alto a los 16 millones que hasta el momento han desembarcado en Málaga en espuma y abanico-.

Tanto número al compás del calor y la demanda provoca la subida de precios -un 24% los hoteles y un 15% los apartamentos turísticos- en el menú del destino: la región dichosa del mar deslumbrado, y los oasis verdes donde amanecen los pájaros y el agua en un mismo vulano de luz colándose por las ventanas. También es el mes en el que descubrir la propia ciudad desocupada -no es el caso de la nuestra pero si ocurre con Roma y Madrid- con sus terrazas aéreas o a pie del hechizo del atardecer, elegantes y sensuales en el antifaz del perfume y los colores tejidos de noche; desarmadas las calles y el aire de tráfico y de los veloces relámpagos de la gente oxidándose camino del trabajo, enmudecidas en su grisáceo regreso a casa. La ciudad secreta y seductora, entregada a los que no dejan de amarla cuando se queda a solas. Y a quienes la eligen en sentido contrario a los paraísos y sus muchedumbres.

Por eso es tan especial agosto. Un instante de dicha, una felicidad habitable que en la vida de todos media entre la espada y la pared. Ese espacio habitual en el que transcurre nuestro tiempo en combate y defensa de nuestras necesidades, heroicos en el valor de levantarse ayer y mañana contra el clamor de la jungla, la dificultad de sus arrecifes, y el cartón-piedra de las promesas con las que los políticos ajustan nuestras vidas a sus intereses y contradicciones. Habría que imaginarse agosto si no existiese. A cobijo de su corazón de estío dejamos a un lado los miedos y el hartazgo, las pérdidas, los fracasos de diagnóstico reservado y la economía feroz que a nuestras espaldas borra nuestras huellas y a un paso del futuro nos tiende emboscadas. Nadie soporta todo un año y otro encabalgado la lenta tortura del reloj, los túneles de largo recorrido, la pálida llama de un cabo de esperanza ahogándose en cera, las insuficiencias cardiacas, sin saber que contamos con un mes en el que tener la ocasión de oxigenarnos en otro paisaje y vivir el deseo de que ser otro es posible.

Este anhelo humano certifica que, al igual que la navidad, agosto es el lugar preferido en el que todos hacemos inventario de infancia, como si atravesáramos el espejo hacia la costumbre de la felicidad. No estaría mal proyectar en la noche llena de un cine de verano -ahora que este mes el ayuntamiento malagueño incomprensiblemente no prosigue la programación- los agostos del mundo que hemos conocido y se está derrumbando. Aquellos días madrugados hasta la orilla de espuma limpia por la que se arrastraba a cuerda el copo plateado de escamas en saltos; las excursiones en bicicleta Orbea y Bh Gacela -los caballos azules de la adolescencia-; las avionetas del mediodía con las rebajas de Féliz Saéz en pañuelo de humo y letras grandes, o desprendiendo en vuelo una lluvia de balones y canoas Nivea que provocaban una marea de brazos en pugna en dirección al naufragio; los bodegones de carne subversiva en su morenez femenina; las tardes paternas, y de José Ramón todavía, frente a la épica de La Vuelta con cumbres de niebla verde. Imposible no recordar mis lecturas de Homero, de Salgari y de Stevenson en la biblioteca de mi abuelo, enseñándome a amar los diccionarios y las palabras. Igual que las moragas, ahora prohibidas, en las que todos nos iniciamos en mancharnos de playa y noches con un beso atreviéndose, y el corazón como la orilla de todo. Tampoco faltaban, al igual que ayer en Málaga, un chambao de fuegos artificiales sobre la bahía, estrellas imposibles en su dibujo, en su vértigo y desenlace. A todos nos encandila asomarnos de cerca, en palco o bocarriba, a los resplandores del cloruro de calcio y potasio del naranja al violeta, del azul antimonio, el nitrato de rojo y el blanco titanio. Colores de amor incipiente, de afectos maduros y ausencias sentidas celebrando en el cielo el eco de los sauces, de las serpentinas y las esferas, mientras cada cual recuerda a los ausentes como Antonio Parra, poeta de la elegancia y la cultura, lo mismo que Pepe el hijo del cohetero, generoso en afectividad serena y en sonrisa lenta, brillando ahora en la nieve más alta entre Cádiar y Narila, su Ítaca con aurora. No hay agosto en el que uno no pueda embarcarse cuando se sienta solo o le susurre al mar un secreto, devolviéndole con la mirada una ola.

La vida y el destino no entienden de vacaciones. Son los únicos que no aplazan su rutina ni encomiendan a septiembre el reinicio de sus hábitos y las exigencias de sus obligaciones. De sobra lo sabemos en este agosto de flama y tormentas en el que de reojo miramos a Venezuela, desangrándose por la tiranía y corrupción de Maduro, el drama del pueblo encima de una gran balsa de petróleo sobre la que naufragan el hambre, la democracia, la justicia. Pendientes a la vez de la enajenación ególatra del líder supremo de Corea del Norte a cuyo jaque con jaque Trump responde, incrementando haciéndonos temer un incendio de altas temperaturas más peligroso que el que deforesta en cenizas Portugal en llamas.

Suceden la tragedia y la risa en este mes que deshoja a diario sus efemérides recordándonos la campaña de desobediencia civil de Mahatma Gandhi en 1920; el perfil de Colón a proa de su naos partiendo de Palos en 1492 rumbo a las Indias; el broche en Bethel del Festival de Woodstock donde fueron sonando One day at a time de Joan Baez, To love somebody de Janis Joplin y el cierre de Fire con The Star; que fallecieron en otros siglos Macbeth, rey de Escocia, y Blas Infante fusilado; que comenzó el día 13 de 1961 a levantarse el muro de Berlín. No faltan en la relación el cine que nos nació a Robert Mitchum – durante un tiempo imité frente a las chicas el gesto de su Chester sin boquilla en una esquina del labio y su forma de andar arrastrando la cadera con pícaro escepticismo la mirada -, ni la Literatura regalándonos a Julio Cortázar al que tanto debo en la escritura como seducción, compromiso y magia. También un 25 de agosto de 1609, Galileo Galilei presentó el primer telescopio al Senado de Venecia leyéndoles la Via Láctea y la constelación de Orión.

Qué bien nos hubiese explicado el maestro toscano la belleza de Las Perseidas que nos convocan bajo estas noches más altas del cielo, a salvo de la contaminación lumínica y de la bulla en feria, para pedirles en este agosto, tan personal en significados y evocaciones, un presagio del esfuerzo, un apetito de la imaginación, una estrella que nos cumpla en su deseo.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Nación, por Antonio Soler

No somos nación. Los andaluces, amparados por la presidenta de la Junta, somos, solo eso, andaluces. Españoles andaluces. Europeos andaluces. Susana Díaz se afana por no romper un marco medianamente igualitario que para los modernos está desfasado. Más naciones, más tribus, más fronteras. La nueva izquierda siente que su senda, ideológica o simplemente oportunista, es aquella que se adentra en los páramos comarcales, en el sentimiento profundo de la aldea. Los rasgos diferenciales, las señas identitarias que deben preservar los ancestros por encima de la plaga de la igualdad entre comunidades. Olor a aldea. Iglesias, Sánchez, los restos de IU, comprenden el nacionalismo, ven en el elogio del terruño un acto de infinita progresía. El internacionalismo es un asunto de carcamales. Curiosamente es lo mismo que piensan y siempre pensaron los grandes reaccionarios de los siglos XIX y XX, y lo que piensan los aguerridos populistas que nos han traído el ‘Brexit’ y han instalado un presidente xenófobo y ultranacionalista en la Casa Blanca.

Susana Díaz juega en otra liga populista. También se ha disputado el hermanamiento con la gente, pero sin alambradas. ‘La gente’ es el nuevo imperio a conquistar. No los ciudadanos ni siquiera el pueblo. No. ‘La gente’, ese término hasta hace no mucho teñido de cierto velo despectivo y ahora reivindicado hasta la saciedad. La gente es la nueva aristocracia, ese grupo selecto al que no pertenecen, por ejemplo, los votantes del PP y casi ninguno de los de Ciudadanos. La gente de Susana Díaz es menos agreste. La otra, la auténtica gente, por lo visto, además de sencilla es plurinacional. Es decir, nacionalista. Porque si no lo fuera, si no fuese nacionalista, sería sospechosa de ser de derechas, medio facha. Es el mal de los tiempos, la gran confusión que arrastramos desde que Franco pretendió amordazar los nacionalismos periféricos en beneficio de un nacionalismo español, medieval y con aire de reconquista. Émulo del Cid Campeador, de Isabel y Fernando el Católico. Tres en uno del nacionalismo más casposo, aunque casposo es siempre cualquier nacionalismo.

Todo indica que, al menos de momento, Susana Díaz se va a quedar sola dentro del PSOE en su defensa de un Estado más solidario. Sánchez ha puesto la segadora en marcha. La ha tenido siempre, sólo que ahora tiene el depósito lleno de gasolina. La suficiente para haber arrojado por la ventana de la Fundación Pablo Iglesias a Alfonso Guerra. Guerra siempre ha mostrado un profundo rechazo a la concepción aldeana del Estado. Sus roces, colisiones más bien, con el PSC han sido sonoros. Además, apoyó a Díaz en las primarias. Sánchez le ha ofrecido una presidencia honorífica en la Fundación. Bedel antorchado. Guerra ha declinado. Prefiere estar con otra gente. Una gente menos ‘gente’, y más provecta. Demasiadas canas han rodeado a Susana Díaz en su congreso. En otro tiempo, eso podía ser una señal de respeto y asentamiento. Ahora, nos tememos, es signo de decrepitud. Los flamantes muchachos de la política quieren carne fresca, savia nueva, más movimiento, más naciones, más de todo.

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