El orgullo desatado, por Elvira Lindo

El País, 13.10.2017

Se dice, se escribe: quien no saca la bandera española al balcón es un acomplejado. Camino lleva de convertirse esta consideración en lugar común. Acomplejada. Honestamente, no me veo. Para quien es hija de madre aragonesa/valenciana (Ademuz es un enclave) y de andaluz, para quien nació en Cádiz y conserva nostalgia escolar de Palma, para quien estudió en un instituto del Retiro, sacó sus oposiciones de locutora en Málaga, y siguió mudándose de manera insensata de la periferia al centro de Madrid y viceversa, para alguien con raíces tan diversas, ¿cuál ha sido la respuesta obvia a quien preguntaba en Nueva York, y tú, de dónde eres? Desacomplejadamente, respondía que española porque es lo que soy. Jamás dudé de que al otro lado del océano estaba mi sanidad, el punto del mapa donde pago mis impuestos, pero sobre todo el lugar donde sitúo mis recuerdos, la tierra donde reposan mis padres y las calles en las que se afanan a diario mis seres queridos. Incluyo algo esencial: la patria más chica de quien escribe es su sintaxis, ese particular orden íntimo aprendido desde la infancia que nos proporciona una voz singular. ¿Complejo? Ninguno. Pero tampoco orgullo. De la misma manera que siempre me ha irritado esa cansina descripción derrotista de mi país en la que encuentro más pose que sinceridad, me inquietan las declaraciones exacerbadas de orgullo colectivo. Y vaya, parece que no hay manera de escapar de ellas. Seamos claros, tildar de acomplejados a los que no se envuelven en la bandera o no le dan más sentido a una fiesta que el de tener un día de descanso es para algunos opinadores que leo/escucho un eufemismo de ser antipatriota, y me deja atónita que quienes tanto critican la comprensible angustia que provoca una sociedad en permanente despliegue de sus símbolos identitarios vean razonable contestar con un órdago de la misma índole.

Se dice que es la gente de izquierdas la que, anclada en los viejos prejuicios progres, no acepta los colores de la bandera nacional, que son precisamente esos melindrosos los que acudieron, manipulados por supuesto, a la concentración de las banderas blancas. No es eso lo que esta cronista vio. Lo que había, al menos en Madrid, era un ambiente familiar donde a falta de alguien que dijera unas palabras daban vueltas los asistentes a la Cibeles sin saber muy bien hacia dónde tirar. La policía había establecido una especie de rompeolas en la Castellana al que acudían manifestantes de la concentración de Colón para mostrar la bandera española de manera desafiante, algunos con ganas de una gresca que, por fortuna, no cuajó. Me acerqué entonces con pesadumbre hasta el lugar de encuentro de los desacomplejados y allí estuve un rato escuchando a un tipo que micrófono en mano vociferaba que ahí es donde estaba la gente que daría su vida por España. Me fui pensando que el problema de poner el patriotismo en un listón tan alto es que somos muchos los que nos quedamos fuera.

No quiero hacer de esta anécdota una generalización de todo aquel que ha decidido estos días sacar la bandera a las calles de mi ciudad, en absoluto, pero sí desearía, incluso apelando a esa Constitución que algunos esgrimen como texto sagrado en la mano, que se considere que tan pueblo es (tal y como se les dice a los independentistas) el que se levanta a aplaudir un desfile como el que remolonea en la cama, el que aplaude al Rey como el republicano, el que no está dispuesto a ceder en este embrollo ni un ápice de sus convicciones como el que sí. Pero advierto, por la manera en que informaba TVE del desfile del 12 de octubre, que hay una voluntad de repetir una y otra vez que el pueblo español (ese pueblo que todo dirigente se apropia como suyo) había salido a defender la unidad de España. No seré yo quien critique las ocupaciones que cada uno elija en el día señalado como fiesta nacional, pero quiero vivir en un país en el que no se tome la parte por el todo, en el que vuelva a reinar la ironía sobre el asunto, en el que la canción de George Brassens no lleve camino de convertirse en subversiva; ocurre que establecer una definición para el buen patriota es estrechar la libertad de expresión, y eso me alarma desde el momento en que en mi oficio, en todos los oficios artísticos, debe existir un nivel de tolerancia que nos permita contar y cantar tanto lo que nos gusta como lo que detestamos. En el dibujo de El Roto de este 12 de octubre una abuela le pregunta al nieto, “¿No sientes el orgullo de ser español?”, y este responde, “Abuela, a mí me da vergüenza ser de cualquier sitio”. Esta viñeta está en sintonía con toda la obra de este artista genial. Lo admiramos porque nos produce asombro e incomodidad. Si en días pasados le llamaron facha, con esto podrían definirle como rojo. Para mí hace honor a los versos de Machado: “Busca a tu complementario/que marcha siempre contigo,/y suele ser tu contrario”. A lo que yo, en prosa, apostillo: déjennos respirar a nuestro aire.

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A plata o cruz, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 29.10.2017

La política siempre nos la juega. Da igual la papeleta de una mitad, de muchos y de los que piensan en blanco. La política es como la banca: gana y se lo lleva. La ideología, los principios, los deseos, las normas, las leyes, el consenso, la ciudad, nosotros los de a pie, es lo de menos. O si usted prefiere, son excusas, coartadas, el tablero o el tapete para seguir de mano en el juego y llevarse lo que conviene a la cuenta corriente del ego. Lo mismo da que se trate de una república independiente que de una torre de las vanidades con las que hacerle un roto al horizonte. Al de España o al de Málaga. A cualquier paisaje en el que la ciudadanía se identifica, se reconoce, convive con su memoria, admira los transatlánticos del progreso y considera que el futuro es cuestión de compartir un mismo sueño y sus lenguajes. Para los gobernantes lo mismo importa la crítica chica que la crítica grande, entre una y otra meten el pie de mando sin reparo y no hay quién le dispute la bocamanga o el matute de su propósito visionario.

Ha sucedido en Cataluña con una enajenación de ruptura que duele e irrita, especialmente por la cobardía -por mucho que algunos la califiquen de estrategia de combate- de no hacerlo a voto descubierto como exige la honestidad de rebelarse y reivindicar ese coraje. Y ocurre de otra forma, más pequeña y sin tanta brecha, afortunadamente, en Málaga donde el presidente de la autoridad portuaria y el alcalde del PP insisten en plantar un Sputnik de 135 plantas a pie de oleaje, partiendo en dos la fachada mediterránea con este dildo para el turismo de helicóptero, cuyo disfrute ciudadanos será el de presumir de tenerla más grande. Rompe y contamina por arriba y por abajo, y le corre el rímel al cielo, este absurdo faro del capital privado de clase alta. Un hotel de los líos (los que se traen y los que desconocemos) dividiendo al personal entre los que le hacen la ola a Plata, a De la Torre y a Juan Cassá, tres tíos Gilitos con pupilas de caja. Por cierto, que habría que preguntar al representante de Ciudadanos qué de qué ciudadanos después de quedarse tan pancho esta semana al decir que hay que recortarle presupuesto a los museos franquicias -el Ruso y el Pompidou que han proyectado Málaga junto con el Museo Picasso, a una capitalidad cultural que atrae turismo y elogios- para darle ese dinero a las cofradías. Las que, según él de verdad representan a Málaga y hacen más por los malagueños. Es evidente que el tipo busca votos y salir en procesión bajo palio de alcalde. Tan poco sorprende su defensa del retorno al XIX. Nada más tomar poder se cargó el Instituto Municipal del Libro y ahora le sobran los museos contemporáneos. Sólo le cuadran el del Automóvil, el de Revello de Toro y el de las Costumbres Populares. Lo único que cabe decirle a este aspirante a regir La Casona y a inaugurar el casino de 135 plantas, que hay cuatro tipos de políticos: los inteligentes y preparados, los intuitivos, los listillos y hábiles y por supuesto los tontos.

No es extraño con esa cultura que este paladín de la política con un pasado de huella blanca desprecie con ardor a quienes critican la torre con la que Plata sueña ser el Hércules plus ultra -aunque tenga, de momento, una sola columna-. Él también se pone airado y nervioso si le mentan la bicha del impacto de la enigmática inversión privada en un suelo público y a la que la Junta de Andalucía (de la que se trajo su currículo cinco estrellas) le tramita por vía rápida su Seguí de vértigo enhebrando la brisa, mientras que a la mayoría de los arquitectos los condena al laberinto burocrático del aburrimiento. La misma Junta que juega con el ayuntamiento al ajedrez del metro y que en el caso del hotel se celebran ambos la rapidez del respaldo. Lo mismo que han hecho ambos políticos con el vergonzoso informe de Medio Ambiente descartando el impacto ambiental y alegando (descojónense en coloquial como yo) que sólo sobresale el glande arquitectónico, según desde dónde uno quiera mirar su erección en el paisaje.

Otrosí de Junta y del Ayuntamiento, tan democráticos ambos a diario y seguro que frente a la Catatonia de las pos verdades (por cierto, una de ellas es la antigüedad de su lengua que en realidad fue el dialecto provenzal del lemosín sin literatura alguna, hasta que 400 años después de la Gramática española de Nebrija Pompeu Fabra se inventó la primera Gramática sobre el catalán, conformado por el dialecto de Barcelona) es el rechazo, casi aversión, a la sociedad civil que se opone a la primera piedra de lujo del monopoly del puerto. El Colegio de Arquitectos, la Academia de San Telmo, la plataforma Defendamos nuestro horizonte, Ecologistas en Acción, los grupos municipales de IU y de Málaga Ahora, periodistas, escritores, ciudadanos ilustres y un sensato geógrafo como el profesor de la UMA Matías Mérida con su detallado y, este sí, riguroso estudio, no sólo no tienen valor de voz para quienes gestionan el patrimonio de Málaga sino que son tachados de carpetovetónicos y toca pelotas del progreso. Sólo les ha faltado a los chamanes de la ciudad llamarnos masones, como hubiese hecho Franco en sus mejores tiempos de gala, ejecuto y a los críticos borro de en medio.

No le pega a usted, alcalde, no es su talante, enrocarse junto al boss del puerto y protagonizar ese estribillo de la sabia picaresca popular de Plata tajo la torre y La Torre mucha plata. Tampoco los ciudadanos, cansados en lo psíquico y en lo emocional, heridos en la razón y en el paisanaje europeo, nos merecemos que sigan e insistan ustedes tomándonos por tontos, con tantas defensas de triquiñuela de su catarí Hotel para la catarsis, y sin tener en cuenta las alegaciones públicas y alimentando las innumerables bondades del dildo del Levante a base de mover dinero por las tuberías subterráneas de la publicidad en prensa. No nos adoctrinen también acerca de las bondades económicas y turísticas del Hotel Casino –mejor deberían estar regulando la burbuja y el acoso del boom de los apartamentos turísticos-. Ni le regalen el oído a los acomplejados y a los que sueñan con ser capital mediterránea de Las Vegas diciendo que el edificio de Seguí es como un maravilloso Peine de los Vientos de Chillida, como el Kursall de Moneo de ese mismo San Sebastián, igual que el Guggenheim que transformó Bilbao. Empeñarse en las mentiras de la seducción no conduce a nada bueno, estimados políticos. Y no se tomen los argumentos y reparos del pueblo ilustre como agravios personales ni se hagan mártires de la victimización. Sean gestores para todos y de verdad, sean responsables y morales, que es lo que se le exigen a los políticos y a los que administran el poder, y sean brillantes y audaces. Escuchen y pregúntense por qué en lugar de insistir tanto en su torre de las vanidades a pie de levante no la edifican en el nuevo paseo marítimo, contribuyendo a darle futuro a un barrio dormitorio de la nueva juventud, y necesitado de infraestructuras que le otorguen identidad contemporánea. Dejen de mirase narcisos y en levitación sobre el mar y, cómo defiende el arquitecto Ángel Pérez Mora, sean audaces en solucionar la herida sucia de ese río sin agua, amurallado y marginado que brecha Málaga en dos. Eso sí que es un reto de futuro y un consenso de todos, aunque desde luego poco tiene de negocio lucrativo.

Málaga ha recuperado con criterio y éxito el puerto para la ciudad. El visitante admira su oferta de paisaje azul y gastronomía, de náutica de exposición y de turismo. Despejarse hacia el horizonte es una forma de consumir la felicidad. Dejen de jugar, como si sólo fuese suyo, el futuro a plata o cruz.

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Hartos del proceso, por Txema Martín

Sur, 27.10.2017

Hoy no estaba en mis planes escribir sobre Cataluña porque estoy harto de ella. No de ella en general, sino de su proceso, y creo que este sentimiento de empacho es común a otras personas porque muchos lo comentan, lo cansados que están ya de este tema. Supongo que es normal que resulte agotador este machaque diario, y cada vez va a peor, de una situación que se les ha ido de las manos, y de qué manera. Este masivo troleo de la realidad ha irrumpido en nuestro espacio doméstico; para cualquier ciudadano informado está resultando imposible quedar a salvo de su influencia. De ahí que estemos hartos. En los medios ya salen psicólogos dando consejos a la población para que el tema no nos afecte tanto. Por supuesto que hay gente a la que le encanta la polémica y disfruta mucho en un estado perpetuo de indignación que están todo el rato hablando de lo mismo y dedican sus sábados por la noche a ver tertulias políticas, a indignarse en su tiempo libre. Lo hay pero no nos engañemos: la mayoría de la gente está harta. También en Cataluña, prueba de ello es el aumento de lexatines y orfidales en las farmacias de Barcelona, sumado al número de bajas laborales, bien por depresión o por manifestación, típico en todas las revueltas. En el fondo está todo el mundo harto.

Por eso yo no quería escribir sobre Cataluña. Tampoco quería escribir sobre lo que no quería escribir, no sé si me explico, pero todo esto al final no ha sido posible porque lo que pasó ayer fue de traca. Es imposible no hablar de ello. El miércoles por la mañana Puigdemont iba a comparecer en el Senado, mira qué bien, incluso con un cara a cara con Rajoy. Luego por la tarde ya no. Ayer por la mañana, el señorito iba a dar una rueda de prensa histórica a las 13.30. Después la retrasó a las 14.30. Un minuto antes canceló la convocatoria. La nota de prensa remitía al Parlamento, donde quien dice adorar el diálogo ni siquiera tendría turno de palabra. Entenderán que todo esto resulta muy molesto para el periodismo. Para los profesionales de la radio, la televisión o la prensa escrita este señor es un incordio. Cuando estaba anocheciendo todavía duraban las extensiones de los programas matinales. A los tertulianos se les veía con mala cara, aburridos. Los columnistas y editorialistas ya no sabían qué opinar. Y también es verdad que hay otros temas, pero es que uno pone la radio, enciende la tele, ojea las páginas de los periódicos y ahí está el asunto, acechándote. Que si esto podría ser lo más parecido al 23-F que ha vivido mi generación, supongo que por lo cutre, cómo no íbamos a hablar de ello. Los publicistas descubrieron que poniendo en una película un fotograma por segundo con una imagen de un refresco los espectadores lo pedían más. Espero que este viernes no vayamos a la barra a pedir un Proceso – Cola. Ya hemos tenido suficiente.

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Dialogar, ¿entre quién?, por Luis García Montero

Infolibre, 22.10.2017

Hay momentos en los que la realidad nos desnuda. Buena parte de la tarea política y cultural está destinada a medir, cortar, pespuntear, vestir o disfrazar la realidad. La conciencia de que la sociedad es una sastrería imperfecta nos ha hecho perder la confianza en muchas cosas, incluso en la verdad. Los que se toman en serio el concepto de posverdad son unos nostálgicos. Sin conciencia histórica, admiten que vivimos después de la Verdad. ¿Pero hubo alguna vez una Verdad al margen de la vara de medir o del bastón de mando de la Historia?

Por mucho que intentemos vestir la realidad, hay conflictos en los que esa realidad llega a desnudarnos. No existen soluciones fáciles, incluso uno llega a pensar que no existe solución. La única salida realista parece ser la aceptación del dolor. Incluso de la catástrofe. Utilizo mucho la palabra incluso, pero es que las situaciones en las que la realidad nos desnuda, aunque en un primer momento nos atan a la tierra, acaban convirtiendo el mundo en un espacio parecido a La Inclusa, una casa de expósitos.
Para negarse a la catástrofe, no queda otra alternativa que sentarse a hablar de verdad, incluso sentarse a hablar sobre la verdad. No existen verdades esenciales, pero existen ilusiones sentidas como verdad. Pierre Bourdieu explicó en Las reglas del arte (Anagrama, 1995) que la illusio, sentida como adhesión al relato, es la premisa necesaria para que sean vividas de verdad las ficciones. En esta sastrería imperfecta y en rebajas que hoy es el mundo, con grandes colas en las puertas del negocio, gente apresurada para hacer su compra en situación de emergencia, ya no basta con decir que la Verdad del relato está al servicio del Poder. Habrá que buscar una verdad alternativa y transitoria, un relato y un poder que le devuelvan la dignidad a la política y al ser humano. No podemos prescindir de la ilusión, no podemos normalizar la catástrofe.

Confieso que el conflicto catalán me ha dejado desnudo. Estoy en La Inclusa. Desde hace mucho tiempo me afectan razones y sentimientos de rabia, solidaridad, disidencia, indignación y cansancio. No puedo renunciar a la ley democrática, ni puedo hablar al margen del amor.

Por eso no me basta con denunciar la mezquina irresponsabilidad del PP, capaz de abrir una brecha calculada en busca de su beneficio electoral. En nombre de la Unidad de España, han cultivado la amenaza del separatismo catalán para ocultar sus propias corrupciones y su política santificadora de la desigualdad, poniendo además en dificultades de identidad a los sindicatos y a los partidos de la izquierda. Tampoco me basta con denunciar a la derecha catalana, capaz de traicionar a su burguesía y a su tejido económico para ocultar su corrupción, su canibalismo y su propia liquidación de los servicios públicos. La illusio que ha creado de una independencia posible ha sido vivida como relato de verdad por mucha gente. La factura sentimental y económica, más allá de las lágrimas de los jóvenes que tienen en el banco 150 euros para darse un capricho a final de mes, la pagarán como siempre los más débiles, los que no alcanzan para darle un desayuno por las mañanas a sus hijos.

En la España repleta de banderas, incluida Cataluña, hay más de 13 millones de personas en el umbral de la pobreza. Por eso no me basta con denunciar a la derecha. ¿Por qué la izquierda no es capaz de sentarse a hablar? ¿Por qué no se puede articular un relato, una illusio que haga vivir como verdad y prioridad la conciencia histórica, el deseo de justicia social, la solidaridad, el respeto, la democracia profunda? Por qué somos incapaces de comprender el sentido de Europa y las lógicas del siglo XXI?

Pedimos una y otra vez que dialogue el gobierno del Estado con el gobierno de la Generalitat. ¿Pero dónde está el diálogo de la izquierda?

Se va a aplicar el artículo 155, se convocarán elecciones en Cataluña. Sea cual sea el resultado, sea cual sea la dureza o la gravedad de los hechos, el conflicto no lo solucionaran unas elecciones. La fractura sentimental de la sociedad catalana dolerá más allá de unos resultados coyunturales. ¿No es posible tomarse en serio la construcción de un espacio que procure mañana y pasado mañana el debate y el acuerdo político en vez del choque de trenes o el enfrentamiento de identidades?

Es irresponsable, muy irresponsable, que la izquierda busque en el espectáculo de las rebajas sólo motivos para robarle votos a los que son por necesidad, por esa realidad que nos desnuda, compañeros de viaje imprescindibles.

Es un artículo triste, ya lo sé. Pero este sentimiento de tristeza me parece hoy mucho más legítimo que las alegrías y las soflamas.

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Política, por Antonio Soler

Sur, 22.10.2017

Hay muchas formas de hacer política. En esta hora de Dios, Patria y Rey, pseudo referéndums y grandilocuencia delincuente se nos va la vista hacia un rincón olvidado de esta ciudad. Un lugar sin consignas ni creatividad institucionalizada. Lagunillas. Allí ha surgido eso que en otras partes llaman Soho, un movimiento vecinal con el arte como motor y la reinserción social como resultado. El alma de todo eso ha sido la de Miguel Chamorro. Murió el viernes. Su legado, como el de los grandes hombres, sigue vivo. Está hecho de la mejor materia humana.

Miguel Chamorro, madrileño, llegó hace unas cuantas décadas a Málaga. El azar lo llevó a vivir en las inmediaciones de la calle Lagunillas. Pintor. La mirada con la que observaba las manchas de color y las figuras geométricas que conforman todo lo que nos rodea se detuvo también en esos niños apátridas que por entonces pululaban por el barrio. Huérfanos de escuela vagando por la calle en espera de caer víctimas de no se sabe qué adicción. Miguel usó la pintura del mismo modo que sus enemigos naturales utilizaban el caramelo para atraer a los niños. Miguel para salvarlos, los otros para llenarse los bolsillos y de paso arruinarles la vida a sus víctimas.

El activismo de Miguel Chamorro consistió en un principio en crear talleres de pintura. Los niños de la calle eran los protagonistas. Exposiciones en los muros de un barrio destinado a la piqueta y a la especulación más despiadada. Talleres. De pintura, claro, y también de teatro, de cerámica. Apoyo escolar, aulas de estudio para mejorar el rendimiento académico de los niños. Campamentos de verano. Madres voluntarias, grafiteros llegados de todas partes para colaborar con la restitución del barrio. Una asociación sacada de la nada y puesta en pie, Fantasía de Lagunillas. Si, como dice uno de los lemas del barrio, ‘El futuro está muy grease’, antes de Miguel Chamorro ese futuro era infinitamente más oscuro. En torno a la obra social que él puso en marcha se fueron uniendo personas con ganas de plantarle cara a la indolencia. Concha, Dita, ceramistas, bares alternativos con clases de inglés, movimientos que surgen desde abajo y frenan el insaciable apetito que quiere convertirlo todo en homogéneo y anodino. Metro a metro le han ido ganando la batalla a la desidia. La primera niña que se acercó a Miguel cuando él estaba pintando en la calle, la curiosidad que Miguel detectó en aquellos ojos, fue el desencadenante de algo mucho más grande. No se sabe cuántos niños, algunos de ellos luego voluntarios en las diferentes asociaciones y talleres que se pusieron en marcha, le deben no haber caído en los espinosos territorios de la marginalidad. Algo que nos concilia con lo mejor del ser humano. El motor que Miguel Chamorro encendió sigue en marcha. Lo que él ha hecho es la otra política. La que no crea problemas sino la que los resuelve a pie de calle, sin banderas ni otro himno que el de la auténtica fraternidad.

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Un cuento blanco, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 08.10.2017.

 A menudo la realidad nos estrecha el camino y la respiración. Entre ella y la pared nos obliga a decidir entre el así es la vida y la audacia de crear otra salida. La primera es la elección más fácil. Uno admite que lo habitual es aceptar lo que nos impone como una vocación de madurez o la condena de llevar una piedra sobre los hombros, una china imperfecta en el zapato. Da igual si en esa realidad no nos reconocemos, si nos asusta, nos duele o nos parece una prueba de la idiocia en contienda que tanto impera en estos días de furia e incertidumbre; de desconocimiento constitucional y fiscal; de la ley de gravedad de la economía y del reparto de los presupuestos del Estado; de convivencia a la intemperie del belicismo. Sólo queda apretar los glúteos y los dientes, echarse la sombra encima y seguir el camino con el que la realidad nos identifica, nos suma, nos resta y divide entre el activismo emocional desbocado que galopa en el hielo que nos fractura y la reflexión cívica convertida en un pájaro asustado sin rama en la que posarse. Sucede ayer, hoy, mañana, a diario, la realidad a su antojo e intransigencia. La segunda opción es más difícil. Si uno no se doblega a que la vida es así -coartada de identidad de la realidad- y encuentra valor en la penumbra de su miedo o en la serenidad de su honestidad, tiene dos opciones: La primera: inhalar aire a fondo, sostener la respiración como si estuviese practicando abdominales hipopresivos e intentar zafarse entre la realidad y la pared sin sufrir un golpe en la conciencia o en el estómago. La segunda requiere desvelarle a la realidad el secreto que ella desea siempre capturar y desarmar: la capacidad de descubrir otra realidad paralela para escapar de su acoso por la pared.

Lo descubrí leyendo un cuento, cuyo autor me da rabia no recordar porque lo merece su originalidad pero la saturación de idiocia me bloquea las neuronas. En esa historia un hombre encuentra en la pared del pasillo de su oficina una puerta. La abre y descubre que ningún otro refugio le procura la transparencia de un silencio que no despierta sospecha alguna, el reposo de no tener que preguntarse nada acerca de las promesas, de las mentiras, de la inclinación a que las ideas tengan músculos, gritos, amenazas. En aquel lugar ninguna imagen o palabra que se atreviese a pronunciar tímidamente eran incandescentes. Ni siquiera sonaban, tenían relieve o alumbraban la oscuridad en la que no se sentía a ciegas. Dentro de ella tenía la certeza de que no tenía porqué desalojar la realidad que otros convertían en hostil y exclusivamente suya. Lo único que debía hacer era imaginarse que aquella habitación era una sala del cine Albéniz donde Emilio March había encontrado su habitación personal en la pared seis días de película a la semana. La carretera a un pueblo de sábado como aquellas por las que viaja Eusebio Inglés en busca de la geometría de los paisajes en los que reconocer la belleza, y el placer de las pequeñas aventuras en pareja. Quizá el sendero de verdes que suben y bajan y por el que crujen cada vez más secas las estaciones que recorren Alejandro y Felisa, hasta llegar a la cima del viento o a la mesa de un banquete. Incluso una caracola en las que Busutil intenta descubrir el secreto de las olas o por qué a veces el compromiso y la palaba son una pesada carga cuando en las hogueras -las de metáfora y las de verdad- vuelven a arder los libros de Historia, las Enciclopedias, la Carta de Ciudadanía de la Ilustración, el mapa con el que Juan Sebastián Elcano completó la primera circunnavegación del mundo, y regresó a Sanlúcar de Barrameda, cuyo único ombligo es un mar de todos. Cartografías del intelecto frente al desbordamiento de la autoestima como convicción y encono.

A salvo y sano de las heridas de la idiocia cotidiana y de la que muchas veces se impregna de la política en turba y desafío, el personaje de ese espléndido cuento -del que me provoca desazón no recordar su firma-, regresaba al pasillo y sonreía porque ya no estaba entre la realidad y la pared, y durante un tiempo podía ir tirando entre nieblas existenciales y sueños borrosos o a media jornada, con una felicidad asequible y llevadera. Suficiente para no pensar si al cruzar de esquina o al salir del metro iba a encontrarse con una revolución de sans culottes, con la burguesía poniendo a recaudo el dinero después del delirio de su hegemonía reaccionaria, con un virulento choque policial o la insurrección independentista en la que muchos han encontrado una vieja canción libertaria, un nuevo romanticismo progresista. Coincidiremos bastantes en que esa tranquilidad del personaje es conveniente en estos momentos donde que hay qué pensar cuál es nuestra responsabilidad como ciudadanos cuando las instituciones fracasan, la política ejerce y desjerce en contra de la convivencia y el diálogo. Y en los que también es necesario explorar con honestidad la memoria para entender el presente. Igual que hace con una sutil melancolía Kazuo Ishiguro en su estupenda novela Un artista del mundo flotante, sin tener que adoctrinar en política y en combate a los niños desde los libros de abecedario en las escuelas catalanas. Qué brillante el reciente premio Nobel de Literatura en una de sus frases a una de las primeras entrevistas: «Hemos perdido el consenso sobre lo que es democracia».

Lo he dicho siempre y lo repetiré hasta la última lluvia ácida de Blade Runner, el de Ridley Scott y el de Denis Villeneuve, igual que si fuese un replicante en el mundo corrupto de los hombres cautivos entre la tecnología y el subdesarrollo, la cultura nos hace éticos y libres. Es el mejor instrumento del que disponemos para que el pensamiento no sea de tarifa plana, para que el diálogo deje de padecer de autismo y «sea una forma de construir un futuro con mejor calidad de vida». Lo ha dicho Norman Foster en la inauguración de Doce diálogos con la arquitectura y la ciudad en el Espacio Fundación Telefónica, donde reflexiona acerca de la movilidad y la sostenibilidad. Dos conceptos vitales en este siglo, junto con la importancia de la solidaridad como puente para el progreso común y fuerza frente a las verdaderas amenazas que nos esperan. Esas que ya están agazapadas en el ámbito de lo cotidiano ante el que hemos perdido el ángulo zurdo de la mirada y la capacidad de encontrar en un instante entre la vida que sucede y la que sucederá un mundo, un extrañamiento, otro camino, una historia que contar. Algo sobre lo que hablé ayer en una mesa redonda en compañía de una prometedora escritora, Almudena Sánchez, capaz de encontrar en la realidad un iglú en el que refugiarse para ponerle sonido a los sentimientos, conversar sobre la soledad adentro en los cuadros de Hopper y más allá de los límites con un imprescindible escritor feliz como Felipe Navarro, el Murakami malagueño que escribe para explicarse lo que hay a su alrededor y no sabe si seguir llamando realidad. Dos autores con los que la revista Tales, un pentagrama de mano para el cuento, en el que se empeñan Ignacio Rodríguez y Gonzalo Campos en un intento de reunir voces que enseñen a leer el mundo, entre la fabulación de lo posible y lo tangible que se confunde de ficción, para que seamos capaces de descubrir lo invisible o de salirnos del acoso de lo real que nos estrecha el aliento y la vida.

No les contaré el final del cuento (sí que lo recuerdo, no crean) porque así dejo que ejerciten su imaginación, que la pongan a trabajar o al menos la aireen, que nunca viene mal hacerlo de vez en cuando, vayan a necesitar ustedes encontrar en su pared esa puerta o un iglú.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Carne de reproducción, por Lidia Falcón

En una película de consumo femenino que ofrece una cadena de televisión los sábados por la tarde se plantea el tema estrella de esta época: la mujer como carne de reproducción.

La protagonista que encarna la mujer demente y asesina que gusta ahora a la industria cinematográfica estadounidense, se lanza a su carrera criminal porque quiere tener hijos. ¿Y cuál es la relación entre su deseo de maternidad y la serie de asesinatos que comete? Su imposibilidad para reproducirse deriva de haber vendido sus óvulos para un banco que los revende a las mujeres con dificultades para engendrar. A raíz de ello y tras una enfermedad nuestra protagonista queda estéril. Pero, con su aguda astucia consigue la dirección y los datos de una de las que fueron madres con sus óvulos, y allí acude a recuperar lo que en términos biológicos evidentemente son sus hijos. Las peripecias que siguen solo sirven para un tebeo machista, pero la fábula es muy ejemplar.

Evidentemente los materiales para la fabricación de un nuevo ser humano son el espermatozoo y el óvulo. En estos momentos en que la ciencia ficción se ha hecho realidad y los delirios de Paracelso se realizan cotidianamente, tenemos a las mujeres, nuevamente, como en las fábulas patriarcales, convertidas en materia reproductora.

Si todo se compra y se vende, si todo tiene precio, hasta los seres humanos que se traficaron como esclavos durante milenios, ¿por qué no aquellos trocitos del cuerpo femenino que sirven para la fabricación de nuevos esclavos? Pues sí, se venden y compran óvulos. Como si fuera pelo. Pero los óvulos no son cabellos que han de cortarse periódicamente. Es preciso someter a la mujer a manipulaciones poco saludables. Y son números clausus. Cuando alguno se estropea no se repone.

Hay ahora un comercio, que aumenta cada día, de compra y venta de esos huevos que contienen el germen de un ser humano. Y mujeres que los venden porque se hacen con algo de dinero. Lo hemos consentido, como tantos otros tráficos, sin protestar. ¡Teníamos tantos sufrimientos por los que rebelarnos! Y dejamos que las manipulaciones, experimentos y negocios con nuestra capacidad de procrear siguieran adelante, mientras todas nuestras energías se gastaban en pedir la legalización del aborto. Cuando la conseguimos nos encontramos con que había un mercado de niños por los que se pagaba dinero si los fabricábamos en nuestra propia barriga, con óvulos prestados o comprados y el feliz esperma del que financiaba el negocio. Y los hijos ya no son consuelo y esperanza de la mujer que lo fabrica en su cuerpo y lo pare con dolor, sino que les son arrebatados como un producto manufacturado más.

Una viñeta del Roto con el dibujo de una embarazada, dice: “Las gestaciones siempre han sido altruistas, menos ahora las altruistas que se cobran”.

Ciertamente el trabajo de traer hijos al mundo lo han realizado gratis las mujeres, y no precisamente por amor. Pero, a pesar de la sordidez y de la explotación que ha supuesto para las mujeres durante toda la historia parir y criar hijos, esta tarea se adornaba últimamente con la ideología del instinto y del amor materno. En los tiempos actuales en que en occidente la natalidad es mínima esa relación única entre la madre y el hijo y su cuidado y compañía es consuelo de la mujer que lo ha traído al mundo.

En la siniestra compra de la capacidad reproductora de una mujer, siempre pobre, siempre engañada, siempre víctima de un tráfico infame encontramos una forma de obtener el beneficio capitalista. Dejémonos de relatos falsos del altruismo de la amiga y de la hermana, que para nada constituyen la verdadera causa de la reclamación actual de que se legalice. No pervirtamos el superior concepto de la libertad, con el que se pretende defender que las mujeres se sometan gustosamente a las manipulaciones propias del doctor Frankenstein, porque la presión y el chantaje social a través de los medios de comunicación no se están realizando por parte de formaciones políticas y asociaciones cívicas, para que una buenísima mujer se sacrifique por su amiga, sino para instalar con toda libertad el comercio de vientres femeninos.

Y allí tenemos una de las fuentes de beneficio más nuevas que los traficantes denominan gestación subrogada porque queda más fino que vientres o úteros de alquiler.

Este tema se ha hecho estrella en simposiums, conferencias, entrevistas, programas de televisión, incluso financiado con fondos públicos en jornadas organizadas por el Consejo de la Mujer de los Ayuntamientos, como la semana pasada en Sevilla, cuyas dirigentes, que pertenecen a esas formaciones políticas nuevas de nombres insustanciales, y afines al sector homosexual que pierde el oremus por fabricar un descendiente con su propio esperma, se manifiestan descaradamente partidarias de legalizar tan infame comercio.

Y no solo esos Consejos no tienen autoridad para pronunciarse por una u otra opción, cuando tienen que ser plurales y democráticos y únicamente propiciar el debate, sino que se decantan por defender una propuesta que vulnera la legalidad española. Ciertamente la ausencia de una legislación clara y contundente que prohíba esta clase de explotación femenina y convierta en delito su práctica para quien la demanda, da lugar a las vacilaciones y bandazos de las resoluciones judiciales en nuestro país.

En España el Art. 10 de la Ley sobre Técnicas de Reproducción Humana Asistida señala que será nulo de pleno derecho el contrato por el que se convenga la gestación, con o sin precio, a cargo de una mujer que renuncia a la filiación materna a favor del contratante o de un tercero. Pero ante la presión que el lobby demandante está ejerciendo sobre los legisladores y jueces el Tribunal Europeo de los Derechos Humanos dictó  dos sentencias en las que declara que se viola el art. 8 del Convenio Europeo de los Derechos Humanos el no reconocer la relación de filiación entre los niños nacidos mediante vientre de alquiler y los progenitores que han acudido a este método reproductivo, apelando al interés superior del menor.  Esto ha creado precedente para toda la Unión Europea, por lo que el Ministerio de Justicia ordenó en el mes de julio de 2014 a los Consulados españoles que efectuaran la inscripción de los niños nacidos de gestación por sustitución.

El resultado es que se está procediendo a una práctica que contraviene la ley española, aunque sea en países extranjeros pero que tiene efectos en nuestro territorio nacional, puesto que la inscripción en un consulado es igual a la que se efectúa en el Registro Civil de cualquier ciudad de nuestro país.

Apelando a ese bien superior que es el interés del menor, la industria de compra y venta de niños fabricados a la carta,  aumenta y se afinca y pretende legalizarse en España, apoyada por el partido Ciudadanos y con la complicidad de sectores de otras formaciones políticas y algunas instituciones.

Si el Movimiento Feminista no utiliza todos sus recursos para oponerse eficazmente, lo que hemos avanzado en las luchas de los años precedentes para lograr el reconocimiento de la dignidad de la mujer, lo perderemos ante la avalancha de la ideología liberal que no sólo atañe a las relaciones económicas sino muy gravemente daña la categoría de ser humano de la mujer, rebajándola a la de una máquina engendradora de hijos.

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A|R|TENEO (Con otra mirada), por Antonio Abad

La realidad que nos circunda merece ser contemplada desde una perspectiva mucho más abierta que sea capaz de reconstruir en cada uno de nosotros una nueva mirada.

A|R|TENEO no es otra cosa que un montaje expositivo con un contenido plural y diverso con la ambición de capturar –a veces de manera espontánea– momentos fugaces de la vida que provoquen emociones y sensaciones diversas en el espectador de tal modo que, a su vez, ofrezca un arte con resonancia en un marco intensamente estético y comprometido con la realidad más inmediata.

Se trata de un proyecto ampliamente abierto e interdisciplinar donde la pintura, la fotografía, la escultura, el grafiti y la poesía intervienen en causas comunes para conseguir una perspectiva más amplia de todo lo artístico.

Trece, como los de la fama, han sido los participantes que con sus diversas propuestas nos advierten de la singularidad de una exposición enmarcada en su diversidad, pero no por eso menos convergente en propósitos afines donde cada cual ha situado su obra en un espacio determinado:

Pepe Ponce ha querido rescatar la figura de José Nogales Sevilla (figura en una placa en el hall de Ateneo) a través de tres enormes fotografías donde, además del homenajeado pintor, aparecen unos espectadores desnudos, porque desnuda ha de ser siempre el reto de nuestra mirada.

Charo Carrera, aprovechando la delicadeza del soporte como es el terciopelo, presenta una electrografía sobre dicho soporte y otras dos obras de delicadas facturas. Las tijeras hacen el oficio del pincel para configurar un espacio geometrizante visto desde las nubes.

Ernst Kraft. Todos estamos inmersos en algún laberinto, pero Ernst Kraft lo está en uno muy particular que constantemente transcribe en muchos de sus cuadros, pero sobre todo esta vez lo ha querido dejar reflejado con pintura de señalización en uno de lo patios del edificio que acoge al Ateneo.

Rafael Alvarado, a través de la denuncia y el compromiso social presenta una instalación fuertemente expresionista con la que quiere dejar constancia de determinados acontecimientos a favor de “los otros”, y al mismo tiempo definir una visión artística de las “sombras que habitan˝.

Fernando Robles, nos lleva con su instalación al cielo y al infierno y nos presenta un dibujo de gran formato, 17 cuadro pequeños, y con la habilidad y la gestualidad que le caracteriza, a la manera de los grafiteros, ha plasmado con ayuda del carboncillo, una referencia muy sui generis de la Divina Comedia.

Pedro Casermeyro a través de la denuncia, la ironía el sarcasmo, pero sobre todo con una buena dosis del mejor humor y con una muy atildada expresión artística acierta en delimitar los tópicos y los tipismos de la sociedad española en general.

José Antonio Martín y Salvador Palomo, nos llevan a una plástica que desliza un relato visual en orden a representar la excepcionalidad de lo cotidiano con una mirada nueva a partir de la génesis del instante que proporciona la fotografía.

Juan Ceyles, y sus polimorfemas, o metáforas visuales, utiliza el signo como expresión única de la forma, y desde el análisis y la simplificación ordena una geometría onírica que pretende dialogar con el espectador.

Sebastián García Garrido, con sus celebradas tipometrías ofrece un homenaje a los tipos móviles en madera, reivindicando la imprenta tradicional y concibiendo un acertado discurso plástico-poético.

Lope Martínez Alario. Ensamblar imposibles con materiales nimios, como el papel o el clip, da como resultado una obra justa y ordenada y que solamente una elevada sensibilidad de la composición como la suya es capaz de concebir.

Rafael Heredia, hace que la arcilla o el gres satinado los conciba como si estuviera componiendo una sinfonía hasta sumergirse en la mansedumbre de las formas y obteniendo como resultado una escultura eminentemente organicista.

Francisco Santana, siempre en su afán de búsqueda y experimentación plantea una escultura ajena a otros paradigmas del arte convencional tratando de explorar la otra realidad que bulle detrás de la realidad.

España y Cataluña, por Juan Antonio Fernández Arévalo

En una reciente entrevista, José Luis Bonet, presidente de Freixenet, destacaba los profundos lazos sociales, económicos, culturales y personales entre Cataluña y el resto de España. Son tantos y tan variados que, añado yo, deberían ser inquebrantables si un nacionalismo identitario y excluyente no hubiera tomado el rumbo enloquecido de un sueño contra-histórico y belicoso.

Tantas afinidades existen entre Cataluña y Andalucía que, por poner un ejemplo, un catalán con tanto pedigrí independentista como el molt honorable Carles Puigdemont (el del redundante apellido) hunde sus raíces en la misma tierra que las mías, andaluz de nacimiento y convicción, de Linares, y cartagenero de adopción. En efecto, mi abuela Manuela como la abuela del president, también llamada Manuela, nacieron en La Carolina. Y, si su bisabuelo nació en Dalías, mi abuelo lo hizo en Tabernas, pueblos próximos de la provincia de Almería. ¿Quién lo iba a decir? Y luego se mezclaron, una jiennense y un almeriense en mi caso, y una jiennense y un catalán (gerundense) en el otro. No son curiosidades, son datos de la realidad que se ocultan deliberadamente para aparentar una pureza racial inexistente y también peligrosa. No lo he analizado, pero parece seguro que son más comunes, en Cataluña, apellidos “castellanos” como López, Sánchez, García o Martínez que Forcadell, Puigdemont o Tardá, apellidos catalanes nimbados por el independentismo.

Y es verdad que una gran parte de la población de mi tierra natal, huyendo de la pobreza, emigró desde siempre hacia el oasis de riqueza y oportunidades que era Cataluña, sobre todo Barcelona y su cinturón industrial. Y allí se entrecruzaron culturas y formas de vida aunque, en la mayoría de los casos, los andaluces, mano de obra barata y acomplejada, tuvieran una condición de subordinación respecto a una burguesía catalana dominadora de la economía y de la cultura. Aún así se produjo una integración hasta cierto punto razonable. De hecho, muchos de los independentistas actuales llevan nombres castellanos, andaluces, murcianos o extremeños. Y los recorridos vitales, salvando las condiciones económicas, pero no tanto la lengua (el castellano era hablado en toda Cataluña, especialmente en las ciudades), fueron muy similares. La burguesía catalana era tan franquista como la del resto de España, el Barça no se quedaba detrás del Real Madrid en su adulación al dictador, y los universitarios eran rebeldes en Barcelona, en Valencia, en Madrid o en Sevilla, sin diferencias apreciables.

Y, volviendo a mi recorrido vital, estudié en la universidad de Valencia con profesores estelares como Miquel Tarradell, Joan Reglá o Emili Giralt, todos ellos conectados al magisterio de Jaume Vicens Vives, de cuya visión de la historia me impregné y defendí en mis clases de instituto, porque me parecía la más sensata, la más racional, la más universal, la menos sectaria. La historiografía española debe mucho a Vicens Vives, ejemplo de equilibrio, de catalanidad integradora, de españolidad modernizante. Todo un modelo

Y me integré como asesor pedagógico en la editorial Vicens Vives durante treinta años, colaborando con el nieto y heredero del historiador, también llamado Jaume. Y conservo sus libros siempre respetuosos con España.

Por todo esto que me une, que nos une, a Cataluña y al resto de España, lamento la irresponsabilidad de unos independentistas fanáticos e irracionales que quieren romper todos los puentes, sin reconocer que el agua que fluye bajo ellos podría ahogarnos para siempre, a españoles y catalanes.

Cartagena, 8 de octubre de 2017

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Un cuento blanco, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 08.10.2017.

A menudo la realidad nos estrecha el camino y la respiración. Entre ella y la pared nos obliga a decidir entre el así es la vida y la audacia de crear otra salida. La primera es la elección más fácil. Uno admite que lo habitual es aceptar lo que nos impone como una vocación de madurez o la condena de llevar una piedra sobre los hombros, una china imperfecta en el zapato. Da igual si en esa realidad no nos reconocemos, si nos asusta, nos duele o nos parece una prueba de la idiocia en contienda que tanto impera en estos días de furia e incertidumbre; de desconocimiento constitucional y fiscal; de la ley de gravedad de la economía y del reparto de los presupuestos del Estado; de convivencia a la intemperie del belicismo. Sólo queda apretar los glúteos y los dientes, echarse la sombra encima y seguir el camino con el que la realidad nos identifica, nos suma, nos resta y divide entre el activismo emocional desbocado que galopa en el hielo que nos fractura y la reflexión cívica convertida en un pájaro asustado sin rama en la que posarse. Sucede ayer, hoy, mañana, a diario, la realidad a su antojo e intransigencia. La segunda opción es más difícil. Si uno no se doblega a que la vida es así -coartada de identidad de la realidad- y encuentra valor en la penumbra de su miedo o en la serenidad de su honestidad, tiene dos opciones: La primera: inhalar aire a fondo, sostener la respiración como si estuviese practicando abdominales hipopresivos e intentar zafarse entre la realidad y la pared sin sufrir un golpe en la conciencia o en el estómago. La segunda requiere desvelarle a la realidad el secreto que ella desea siempre capturar y desarmar: la capacidad de descubrir otra realidad paralela para escapar de su acoso por la pared.

Lo descubrí leyendo un cuento, cuyo autor me da rabia no recordar porque lo merece su originalidad pero la saturación de idiocia me bloquea las neuronas. En esa historia un hombre encuentra en la pared del pasillo de su oficina una puerta. La abre y descubre que ningún otro refugio le procura la transparencia de un silencio que no despierta sospecha alguna, el reposo de no tener que preguntarse nada acerca de las promesas, de las mentiras, de la inclinación a que las ideas tengan músculos, gritos, amenazas. En aquel lugar ninguna imagen o palabra que se atreviese a pronunciar tímidamente eran incandescentes. Ni siquiera sonaban, tenían relieve o alumbraban la oscuridad en la que no se sentía a ciegas. Dentro de ella tenía la certeza de que no tenía porqué desalojar la realidad que otros convertían en hostil y exclusivamente suya. Lo único que debía hacer era imaginarse que aquella habitación era una sala del cine Albéniz donde Emilio March había encontrado su habitación personal en la pared seis días de película a la semana. La carretera a un pueblo de sábado como aquellas por las que viaja Eusebio Inglés en busca de la geometría de los paisajes en los que reconocer la belleza, y el placer de las pequeñas aventuras en pareja. Quizá el sendero de verdes que suben y bajan y por el que crujen cada vez más secas las estaciones que recorren Alejandro y Felisa, hasta llegar a la cima del viento o a la mesa de un banquete. Incluso una caracola en las que Busutil intenta descubrir el secreto de las olas o por qué a veces el compromiso y la palaba son una pesada carga cuando en las hogueras -las de metáfora y las de verdad- vuelven a arder los libros de Historia, las Enciclopedias, la Carta de Ciudadanía de la Ilustración, el mapa con el que Juan Sebastián Elcano completó la primera circunnavegación del mundo, y regresó a Sanlúcar de Barrameda, cuyo único ombligo es un mar de todos. Cartografías del intelecto frente al desbordamiento de la autoestima como convicción y encono.

A salvo y sano de las heridas de la idiocia cotidiana y de la que muchas veces se impregna de la política en turba y desafío, el personaje de ese espléndido cuento -del que me provoca desazón no recordar su firma-, regresaba al pasillo y sonreía porque ya no estaba entre la realidad y la pared, y durante un tiempo podía ir tirando entre nieblas existenciales y sueños borrosos o a media jornada, con una felicidad asequible y llevadera. Suficiente para no pensar si al cruzar de esquina o al salir del metro iba a encontrarse con una revolución de sans culottes, con la burguesía poniendo a recaudo el dinero después del delirio de su hegemonía reaccionaria, con un virulento choque policial o la insurrección independentista en la que muchos han encontrado una vieja canción libertaria, un nuevo romanticismo progresista. Coincidiremos bastantes en que esa tranquilidad del personaje es conveniente en estos momentos donde que hay qué pensar cuál es nuestra responsabilidad como ciudadanos cuando las instituciones fracasan, la política ejerce y desjerce en contra de la convivencia y el diálogo. Y en los que también es necesario explorar con honestidad la memoria para entender el presente. Igual que hace con una sutil melancolía Kazuo Ishiguro en su estupenda novela Un artista del mundo flotante, sin tener que adoctrinar en política y en combate a los niños desde los libros de abecedario en las escuelas catalanas. Qué brillante el reciente premio Nobel de Literatura en una de sus frases a una de las primeras entrevistas: «Hemos perdido el consenso sobre lo que es democracia».

Lo he dicho siempre y lo repetiré hasta la última lluvia ácida de Blade Runner, el de Ridley Scott y el de Denis Villeneuve, igual que si fuese un replicante en el mundo corrupto de los hombres cautivos entre la tecnología y el subdesarrollo, la cultura nos hace éticos y libres. Es el mejor instrumento del que disponemos para que el pensamiento no sea de tarifa plana, para que el diálogo deje de padecer de autismo y «sea una forma de construir un futuro con mejor calidad de vida». Lo ha dicho Norman Foster en la inauguración de Doce diálogos con la arquitectura y la ciudad en el Espacio Fundación Telefónica, donde reflexiona acerca de la movilidad y la sostenibilidad. Dos conceptos vitales en este siglo, junto con la importancia de la solidaridad como puente para el progreso común y fuerza frente a las verdaderas amenazas que nos esperan. Esas que ya están agazapadas en el ámbito de lo cotidiano ante el que hemos perdido el ángulo zurdo de la mirada y la capacidad de encontrar en un instante entre la vida que sucede y la que sucederá un mundo, un extrañamiento, otro camino, una historia que contar. Algo sobre lo que hablé ayer en una mesa redonda en compañía de una prometedora escritora, Almudena Sánchez, capaz de encontrar en la realidad un iglú en el que refugiarse para ponerle sonido a los sentimientos, conversar sobre la soledad adentro en los cuadros de Hopper y más allá de los límites con un imprescindible escritor feliz como Felipe Navarro, el Murakami malagueño que escribe para explicarse lo que hay a su alrededor y no sabe si seguir llamando realidad. Dos autores con los que la revista Tales, un pentagrama de mano para el cuento, en el que se empeñan Ignacio Rodríguez y Gonzalo Campos en un intento de reunir voces que enseñen a leer el mundo, entre la fabulación de lo posible y lo tangible que se confunde de ficción, para que seamos capaces de descubrir lo invisible o de salirnos del acoso de lo real que nos estrecha el aliento y la vida.

No les contaré el final del cuento (sí que lo recuerdo, no crean) porque así dejo que ejerciten su imaginación, que la pongan a trabajar o al menos la aireen, que nunca viene mal hacerlo de vez en cuando, vayan a necesitar ustedes encontrar en su pared esa puerta o un iglú.

Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

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Defender la cordura, por Antonio Muñoz Molina

El País, 06.10.2017

Nunca hemos vivido días así. Tenemos miedo a mirar las noticias en el teléfono móvil y abrimos con alarma el correo electrónico. Ponemos la radio con urgencia y con aprensión, con la certeza de que vamos a recibir un sobresalto. Leemos artículos y escuchamos voces buscando información, o algo de tranquilidad, o respiro, o esperanza, y rara vez encontramos algo que no sea desolador, o alarmante, o fatigoso de tan repetido. Desde los tiempos de nuestra juventud no ha sido tan incierto el futuro inmediato. Nuestros hijos viven ahora en primera persona incertidumbres semejantes a las que nosotros les hemos contado: cuando nuestra vida entera dependía de lo que pasara o no pasara al día siguiente, esa misma noche, al cabo de unas horas.

Vamos por una ciudad alemana soleada y festiva en la mañana del domingo 1 de octubre y sacamos a cada momento el teléfono del bolsillo, aquejados por una especie de enfermedad secreta que a nuestro alrededor nadie comparte, que a nadie le importa. Las desgracias de otros son imágenes rápidas y truculentas que se repiten en bucle en los canales internacionales de noticias. Nos da miedo mirar las pantallas en los lugares públicos, en los mostradores silenciosos del aeropuerto. Como en los peores días de la amenaza golpista, o la del terrorismo, nos sabemos a merced de fuerzas virulentas y sin ningún escrúpulo que aspiran a la irrupción de lo peor, a la espoleta de lo irreparable y de lo irreversible. Estamos a merced de la estupidez, del fanatismo, de la ceguera, del desbordamiento del odio, de las consecuencias imprevisibles y casi siempre desastrosas de la frivolidad, la tontería, del fervor de las ebriedades colectivas. Un puro golpe de azar, alguien que pierda el control, un accidente, puede desatar el incendio en un ambiente que se parece a lo que los químicos llaman, sin metáfora alguna, una atmósfera explosiva. Lo más grave no son las palabras, ni las grandes visiones panorámicas de multitudes con banderas, el espectáculo siempre alentador y gratuito de los sueños, o los delirios. Lo grave es siempre el daño a las personas concretas, a los más frágiles, a los que están solos o en minoría, los que no tienen la culpa de nada. Lo más grave es cuando la ideología se convierte en pretexto para la agresión contra el que no puede defenderse. Lo concreto es lo único real. Las cosas no suceden: le suceden a alguien. No es lícito apalear a una persona indefensa. Es una crueldad inmunda señalar a un niño en una escuela enfrente de sus compañeros porque su padre es guardia civil. No se puede acosar a un futbolista y pedir su expulsión y llamarlo extranjero con una xenofobia cobarde y simétrica a los que gritan insultos idénticos desde el otro lado, esgrimiendo banderas en apariencia hostiles entre sí pero idénticas en su utilidad como armas arrojadizas.

Hay que parar. Es urgente una tregua. A cualquier precio hay que recobrar la cordura, o al menos dejar en suspenso tanta vehemencia. No conozco a nadie razonable que no tenga miedo estos días, que no sienta vértigo, abatimiento, amargura. Solo a los exaltados les complace esta escalada que no sabemos en qué concluirá si seguimos así, pero que ya está dando sus resultados desastrosos. Las personas a las que conozco y con las que hablo estos días tienen ideas y aspiraciones muy distintas, y a veces en apariencia irreconciliables, pero están unidas, estamos, por este común abatimiento que ya no es solo político, porque invade hasta lo más recóndito de nuestras vidas privadas. Era desolador ver a la gente que aclamaba a los policías y guardias civiles que iban a viajar a Cataluña al grito bárbaro de “¡A por ellos!”. Da miedo esa consigna gritada ahora en Cataluña, “Las calles siempre serán nuestras”. Provoca el mismo escalofrío que aquel exabrupto de Manuel Fraga cuando era ministro de Gobernación: “La calle es mía”.

No soy equidistante. No es equidistancia reclamar que las calles sean de todos. No lo es darse cuenta y advertir de que todos vamos a salir perdiendo con este gran desgarro. Ya estamos perdiendo. Ya está cayendo el valor de los ahorros en los bancos más sometidos a la incertidumbre. Ya se han abierto heridas y se han agrandado sin necesidad zonas de fractura que ahora son abismos y que habrían podido aliviarse con un poco de buen sentido y buena voluntad. Aquí solo ganan los pescadores en río revuelto, los corruptos que se mimetizan en el barullo de las banderas, los partidarios de sustituir el sistema democrático por tiranías populistas, de ahogar las libertades personales en el pantano de las unanimidades colectivas, los alentadores de una vana intransigencia española que a estas alturas, aparte de dañina, es ridícula, aunque acabe dando algunos votos.

Pero nada de esto es importante ahora mismo. Ahora lo urgente, lo imprescindible, no es pertrecharse cada uno en sus convicciones, por muy de sentido común que le parezcan, por muy cargado de razón que se crea. A estas alturas lo más probable en esta confusión es que solo escuchemos ecos de nuestras propias voces que nos confirmen inútilmente lo que ya pensábamos. Lo urgente es establecer, improvisar, un espacio de concordia, por precario que sea, empezando por el logro mínimo de esforzarse uno mismo en no decir nada o hacer nada que pueda agravar el encono. Si algo hay de sobra son incendiarios voluntariosos. Salvo los más cerriles o los más iluminados, todos sabemos, cada uno en el grado distinto y legítimo de sus diferencias, que aquí no va a haber una victoria que no sea una derrota común. Pueden cambiarse las leyes políticas, pero no la ley de la gravedad. Puede cambiar el trazado de las fronteras, pero no la geografía. Estamos tan cerca y estamos tan mezclados desde hace tanto tiempo que hasta con la separación más belicosa no dejaremos de estar juntos, de hacer negocios, de comprar y vender cosas, de tener amigos, socios, lazos familiares. De modo que en algún momento, los que mandan, los que nos han arrastrado hasta aquí, tendrán que sentarse y tendrán que alcanzar acuerdos. Los alemanes y los franceses lo hicieron después de más de un siglo de guerras cada vez más espantosas y así dieron origen a la Unión Europea que ahora nos ampara a todos. Alfredo Pérez Rubalcaba publicó hace unos días en estas páginas un artículo lleno de sensatez y claridad que es también una propuesta práctica de concordia. Lo peor solo es inevitable cuando ya ha sucedido. Y que nadie se engañe: lo peor para los unos no traerá lo mejor para los otros. Hay veces que una calamidad común vuelve irrisorias las diferencias al principio menores que la desataron. Después de cada desastre y cada horror de la historia, las partes implicadas no tienen más remedio que sentarse sombríamente a negociar. No entiendo cómo puede no ser preferible hacerlo antes de que el desastre suceda.

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Mañana es el fin del mundo, por Juan Gaitán

La Opinión de Málaga, 21.09.2017.

Tal vez usted, que me lee ante su café mañanero, también teme, como yo, que mañana se acabe el mundo, según las últimas previsiones, y está pensando que quizás ese sea el último café, que suena tan triste y tan injusto, y acaso lo está saboreando mejor.

Yo, que soy de natural crédulo, me he asomado muy temprano a la ventana buscando los prometidos caballos y sus pálidos jinetes, pero no he encontrado en el cielo más que un azul en retirada, uno de esos azules de septiembre que suelen generarme una intensa pereza, una inercia hacia la quietud y el amparo del sillón donde me gusta leer.

Es justo reconocer que no deberíamos tener demasiados motivos para la inquietud. El fin del mundo se anuncia a cada poco. Así, a vuela pluma, recuerdo varios que luego se quedaron en nada. Hubo uno en 2003 y otro en 2012, el famoso apocalipsis que predijeron los mayas y que tampoco fue, echando a perder así el consolidado prestigio de infalibilidad de las predicciones de su calendario.

De modo que el fin del mundo previsto para mañana probablemente será otro de esos clamorosos chascos y el sábado discurrirá plácido, como suelen ser habitualmente los sábados, y cuando anochezca miraremos al cielo con un poco de alivio y también con un poco de decepción (debe ser un privilegio ver morir el mundo, nadie, que se sepa, lo ha visto jamás).

A mí, estos anuncios que, con cierta frecuencia, nos llevan mitad a la alarma, mitad a la sonrisa condescendiente, me sirven para hacer un recuento de prioridades, preguntarme qué haría si hoy fuese el último día, apelar al viejo carpe diem, que, como a todos, se me olvida de tanto en tanto.

Si hoy fuese el último día quizás lo invertiría en recordar aquel día bajo la lluvia de Bruselas en que el capitalismo asesinó al amor y corrí hasta al otro extremo de aquel puente de Praga buscando un silencio que se escuchó por todo París, ese día blanco en que compré la sombra hueca de un gato, dejé atrás un jardín de Londres y Berlín fue bello tras la tormenta. Recordaría el tren que llegó tan pronto a la estación sosegada de Amberes, el jersey perdido de una muchacha en un parque de Gante y los cisnes insignes del Moldava, la luz simple de Ajaccio, el color de la lápida de Shakespeare y el dramático cielo de Estocolmo, todo eso que no he olvidado, o que quizás inventé, prudentemente, como quien acopia leña y comida de cara al invierno.

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Bajada de bandera, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 01.10.2017

 ¿Tendremos hoy un mártir? Un muerto, uno solo, sin que nadie sepa bien cómo ni por qué, es lo único que falta en este aquelarre político. La evidencia es que unos y otros alertan del peligro de sangre. Pablo Iglesias y la CUP a su guerrilla y al ardor civil de que no provoquen a las fuerzas españolas porque es lo que quieren los represores. Y la policía y la guardia civil habrán recibido la misma consigna. En el alambre de una melé está el funambulismo de la credibilidad. Si el que muere es un agente del orden público se debilitaría internacionalmente la causa catalana, pero si es al revés la fortalecería. Está claro, y también que en medio de la sensatez anda el diablo desdoblado entre los hooligans de la ultraderecha y los del anti sistema. Es demasiado fácil que en esta orgía carnavalesca de banderas salte la chispa de una provocación. Sin duda han sido analizadas todas las posibilidades y su manipulación. Especialmente por la CUP que tiene controlada la hoja de ruta de lo que ha ido sucediendo, de lo que puede pasar hoy y ocurrir a partir de mañana. El món ens mira (El mundo nos mira) es el lema de una estrategia que ha dado sus frutos en la propaganda internacional, en la movilización social en colegios -con la inmoral utilización de niños-, en el hostigamiento a los que los sublevados insultan y provocan, y si los que no quieren ahormarse a la sedición responden son acusados de fachas y de no demócratas si hoy no votan. Ni siquiera se ha librado Ada Colau, advertida por Mireia Boya de que Roma no paga traidores y que la CUP tiene memoria y nunca perdonará.

Quién estuvo en la batalla, bajo el franquismo, por una democracia que entonces sí que realmente no existía, y formó parte de la izquierda más activista, conoce de sobra las metodologías de lucha y sabe que la CUP está preparada para todos los escenarios posibles, y tiene un discurso para cada desenlace. Unos deberes imprescindibles, cuando el ajedrez político se empecina en que unas tablas sean jaque mate, que no han hecho el gobierno de Rajoy, prepotente y avestruz hasta que no ha tenido más remedio. Razón de peso para que dimitiese mañana su jefatura de gabinete, incluso el mismo Rajoy por la incapacidad de diálogo, de acuerdos factibles y de previsión de un problema inflamado por la tergiversación de la Historia, la deslegitimación de la ley y un himno supremacista. Tampoco ha estado listo el PSOE confuso entre la redefinición de su discurso y la necesidad de una perspectiva de izquierda ilustrada, aunque Sánchez llamó ayer a la legalidad y la convivencia en Cataluña. Igual de desaplicados Ciudadanos frente al neofascismo nacionalista –cuánto cuesta llamar a las cosas por su nombre, cuando ha de hacerse desde la izquierda-, que ha estigmatizado de no catalanes a los que no se empoderan en la independencia. Suspende igualmente una Europa de perfil, sin entender que lo que suceda hoy y sobre todo en los meses que vienen, puede ser un puente hacia un federalismo global o la espoleta de una granada de populismos que estallaría en la balcanización de Europa. España no es Bosnia ni Cataluña es Serbia, pero su ejemplo tiene mucho de peligroso e incomprensible reflejo en lo que está sucediendo y debería avergonzarnos, como las escenificaciones del franquismo que hace cantar el Cara al sol a adolescentes y jalea al aire su bandera en reacción a la acción ejercida por el independentismo (no volvamos a ser hipócritas defendiendo a los que se sublevan contra la ley y criticando a los que hacen el ridículo más absoluto y rechazable). O el papel de la Iglesia catalana, bien vista si defiende el nacionalismo, condenada si hubiese hecho homilía gubernamental.

No deseo que ocurra ninguna violencia humana. Ni siquiera un forcejeo airado, pero sería absurdo en esta comedia irreverente -que ha puesto a prueba el conocimiento de lo qué es y supone una democracia (y cómo analizar las situaciones sin dogmatismos ideológicos)- no reconocer que hasta el momento la violencia la han ejercido los que se denominan sometidos. Personas emocionalmente adoctrinadas que han acosado, al igual que los activistas militantes, a familias como Ana Moreno por exigir una asignatura más en castellano, y a su hija estigmatizada por sus compañeros; a vecinos y amigos por no posicionarse y conminados a marcharse de un país que no se merecen. Actos a los que sumar el de la reportera de Els Matins de TV3 que roció un ejemplar de la Constitución y le prendió fuego. Tampoco se han librado los periodistas y aquellos corresponsales que han mostrado dudas o han contado lo que sucede desde su neutralidad. Mathieu de Taillac de Figaro y Tunku Varadarajan de The Times entre otros denunciaron las descalificación y presiones como ha explicado Pauline Adès-Mevel, al frente del área de UE de Reporteros sin Fronteras, «el libre ejercicio del periodismo se ha visto tremendamente viciado por las ansias del Gobierno de la región por imponer su relato a la prensa local, española e internacional, traspasando líneas rojas».

En esta campaña ilegal con mucho de esperpento, los insurrectos gobernantes que insisten a sus ciudadanos en que persistan y desobedezcan ocultan el hedor de su larga corrupción y mercadeo, y no han explicado que la calificación crediticia que otorgan a Cataluña las tres agencias famosas de la crisis financiera es una B+ que significa Bono basura. Es decir, que no tiene avales suficientes para recibir inversiones, y su perspectiva de mejora es negativa. Una calificación que equipara a Cataluña con Costa de Marfil y Sri Lanka, un punto por debajo de Trinidad-Tobago. Tampoco qué ocurrirá con el pago de las pensiones a partir de la independencia. Mala rentabilidad la de erigirse en una nación, que nunca ha sido, basada en una superioridad moral, en un cuestionable victimismo y en mentiras, admitidas por tantos como pos verdades, que no gozan de mi comprensión. De hecho suscribo la lúcida opinión de Eduardo Madina en contra de «reinvenciones de patrias y de soberanías plenas y cerradas, defendidas a través de un nosotros contra un ellos». Qué importante reflexionar sobre estas palabras cuando el procés ha avivado el nunca dormido del todo fantasma de las dos Españas, divididas como dice Carlos Yárnoz entre la nacionalista y la fascista, y convertirlo en un fuego que amenaza con arrasar una democracia de la que cada cual pretende apropiarse criminalizando a los otros, según intereses y cuentas pendientes. Qué conveniente hubiese sido leer en los colegios la prensa sobre todo lo que derivó en el fratricidio del 36.

Hoy no vivirá España su Revolución de Octubre, pero sí va a tener que contar con un pactado fortalecimiento del Estado para llevar a cabo mañana lo que exige la justicia contra los principales actores de los delitos. Y para responder al enfrentamiento que se prevén en el horizonte con huelgas y más presión, mientras se ahonda la escisión social de una Cataluña partida en dos, y el desafecto hacia lo español enrarecido en odio allí y aquí hacia lo español. Un panorama de uñas que hará difícil negociar una imprescindible reforma de la Constitución y un encaje económico de Cataluña en España porque en lo cultural, en lo político y en la convivencia civil hace mucho tiempo que una estaba encajada en la otra. Sin olvidar un referéndum legal vinculante a todos, y del que surja un proyecto democrático común, igual en las obligaciones y en los derechos, que cohesione España frente a amenazas más verdaderas y mayores que ya están llamando a la puerta. La clave está en rebajar la tensión, recobrar la cordura política y a pie de calle, y encontrar los interlocutores adecuados para bajar las banderas y llevarlo a cabo.
El futuro pasa por dejar atrás la maldición de Caín y de Babel, y unirnos en el espíritu constructivo de la convivencia y el progreso. Lo demás es una ruleta rusa.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Franco no ha vuelto, por Antonio Soler

Ni ha vuelto ni por suerte se le espera. Lo que ha vuelto es la política engañosa, el cobijo en las medias verdades para contar una gran mentira. A raíz del conflicto catalán el lenguaje se estira y retuerce para presentar realidades paralelas a la realidad. Es decir, irrealidades, espejos cóncavos. Cuando el malnombrado Caudillo vivía, en los libros de texto leíamos que vivíamos en una monarquía. En una democracia orgánica. Habíamos sido liberados del terror rojo. Los partidos políticos estaban prohibidos. Las películas y las obras de teatro estaban censuradas. Había libros prohibidos. La homosexualidad era una enfermedad y un delito. El adulterio, si lo practicaba una mujer, aún era peor que un delito. Aquello que no estaba de acuerdo con el régimen podía acabar en un paredón, en el garrote vil y, a veces, en el ridículo. Como cuando a Vázquez Montalbán lo obligó la censura a cambiar en uno de sus libros la palabra ‘sobaco’ por ‘axila’. Lo de ‘axila’ sonaba más higiénico, menos sensual. Cuando alguien escribía ‘obrero’ el censor lo sustituía por ‘trabajador’. ‘Obrero’ sonaba a marxismo. Todavía en 1973, Juan Marsé se vio obligado a publicar Si te dicen que caí, una de sus novelas mayores, en México. Demasiados rojos, el libro y su autor. Eso era, a grandes rasgos, el franquismo.

Ahora, algunos soberanistas, algunos representantes de izquierda, afirman que el franquismo ha vuelto. Lo dicen en catalán y en castellano. Cuando Franco vivía sólo lo podrían haber dicho en una lengua. Y desde la cárcel. Alguno tal vez lo afirme por desconocimiento, el analfabetismo histórico es galopante entre algunos políticos. Otros saben que mienten. Pero es el recurso fácil. El atajo. Emborronar, decir lo que no es. Mentir para, a través de la ficción, contar una supuesta verdad. Resulta más efectivo e inmediato fabricar un titular rotundo que elaborar un pensamiento profundo. Mejor y más impactante la boutade que una reflexión en la que se razonen los anhelos de independencia y la exploración de unas vías de entendimiento. Cosas que en este asunto han brillado por su ausencia.

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Terremotos, por Alfredo Taján

Sur, 21/09/2017

Lo bueno no dura mucho, y si es bueno y breve, dos veces breve, nunca bueno. La otra noche presentamos, en un primoroso acto organizado por el Ayuntamiento torremolinense -aprovecho para dar las gracias a su alcalde José Ortiz y a Sebastián Lara-, en la Casa de los Navajas, el libro Torremolinos, de pueblo a mito que bajo el frontispicio de la revista Litoral ha visto por fin la luz, esa luz ‘horizontal’ de la que hablaba Altolaguirre, ‘luz deicida de luz’ de sus islas invitadas. Lo bueno es siempre fugaz porque la desgracia y la maldad se apresuran a sustituir los vientos caritativos de este otoño. Recordaré el día de ayer, veinte de octubre, como un compendio agridulce, sujeto a vaivenes y a blasfemias. Vaivén letal el mexicano. Debe templar el Caribe sus tendencias abismales, y abisales. México, precisamente, debe su atractivo a esa suerte de contrastes. Escribió uno de sus mayores intelectuales, José de Vasconcelos, que a México «le hace falta no sólo educación sino además misericordia». Pienso en su antigua metrópolis, España, que también se lacera a sí misma en cuanto la dejan, y sin embargo, al contrario de México, nunca ha estado ni tan lejos de Dios ni tan cerca de Estados Unidos. El terremoto mexicano viene repitiéndose como un bucle de muerte. En 1985 sufrió otro temblor que causó miles de víctimas. Esta vez ha sido muy cerca de Distrito Federal donde se ha situado el epicentro, y Ciudad de México, con cerca de diez millones de habitantes, ha vivido una pesadilla sísmica que se ha cobrado centenares de muertos y desaparecidos. Sin embargo, mexicanos han mostrado una valiente solidaridad hurgando en los bajos de los edificios demolidos, buscando los cadáveres de sus conciudadanos, ellos, tan dados a exhibir calaveras, nos han superado a todos por su colaboración unánime, todos a una, como en Fuenteovejuna, en silencio o cantando su segundo himno, Cielito lindo, canta y no llores, lo que ahora mismo me embarga el corazón y me empaña la mirada.

Pero el veinte de octubre también ha sido una jornada negra para la democracia consensuada por todos en 1978. Aquí hemos sufrido otro terremoto. La astucia maniobrera de la Generalitat nos ha hecho corresponsables del fracaso de una derecha y una izquierda catalanas que en unión contranatural desean romper la baraja sin pagar sus fugas; a esto se suma el empobrecimiento cultural de Barcelona. Como ha declarado Vargas Llosa: «Hoy día no conozco la ciudad cosmopolita en la que viví más de cinco años, el nacionalismo es un virus que se ha extendido peligrosamente»; y no sólo en Cataluña, otras zonas de Europa, con regímenes nada ejemplares, proponen delirios similares. Sin ir más lejos, la Turquía islamista de Erdogan, los caudillismos xenófobos de Polonia y Hungría, el imperialismo de la Rusia de Putin, representan una falsa moneda. Por eso ahora, y más que nunca, no hay que enmudecer, hay que dar la cara y hay que rechazar esa moneda.

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