Rajoy miente, y ¿qué?, por Cristina Fallarás

Público, 23.07.2017

Así como el más vil de los escritores tiene sus lectores, así la más grande de las mentiras tiene sus creyentes; y sucede a menudo que, si una mentira es creída por sólo una hora, ha realizado ya su tarea y no hay más tarde ocasión de desmentirla.

(En El arte de la mentira política, panfleto atribuido a Jonathan Swift y John Arbuthnot)

Usted sabe que el presidente del Gobierno de España miente. No cabe escándalo sobre esta afirmación. A estas alturas, pocos son los ciudadanos que no lo sepan. Rajoy miente, además de no decir la verdad. Son dos cosas distintas. Que Rajoy miente ha quedado demostrado en medios de comunicación y tribunales, pero también por el sencillo ejercicio de superponer sus propias afirmaciones. En cuanto a que Rajoy no dice la verdad, basta con repasar sus múltiples “no lo sé”, “no lo recuerdo” o “no me consta”.

Viene esto al caso, porque este miércoles 26 de julio el “ciudadano” Rajoy está llamado a declarar como testigo en el juicio del caso Gürtel. Según el Código Penal español, como testigo tiene obligación de decir verdad. O sea, no solo de no mentir, sino de decir verdad. Son cosas distintas.

En el Artículo 458 del Código Penal se afirma: “El testigo que faltare a la verdad en su testimonio en causa judicial, será castigado con las penas de prisión de seis meses a dos años y multa de tres a seis meses”. En el 460 se añade, y esto podría resultar sustancial en caso de mediar voluntad: “Cuando el testigo, perito o intérprete, sin faltar sustancialmente a la verdad, la alterare con reticencias, inexactitudes o silenciando hechos o datos relevantes que le fueran conocidos, será castigado con la pena de multa de seis a doce meses y, en su caso, de suspensión de empleo o cargo público, profesión u oficio, de seis meses a tres años”.

Las reticencias, las inexactitudes, y el silenciado de hechos o datos relevantes podrían dibujar un buen retrato.

El retrato

El 3 de febrero de 2013 Rajoy pronunció una de sus frases más conocidas, quizás sólo superada en su propia contradicción por los pagos en diferido de María Dolores de Cospedal.

En Berlín, de pie ante la prensa, junto a la canciller alemana Angela Merkel, afirmó: “Desde luego, todo lo que se refiere a mí, y que figura allí, y a los compañeros de partido mío que figuran allí, no es cierto, salvo alguna cosa que es la que han publicado los medios de comunicación. O, dicho de otra manera, es total y absolutamente falso”.

Un par de semanas atrás, el 18 de enero, el diario El Mundo había publicado: “Bárcenas pagó sobresueldos en negro durante años a parte de la cúpula del PP”. El 31 de ese mismo mes, solo tres días antes de la declaración del presidente, El País publicaba los llamados “Papeles de Bárcenas”.

O sea, que Rajoy afirmaba que lo publicado era verdad –“salvo alguna cosa que es la que han publicado los medios de comunicación”–, para aseverar acto seguido que era “total y absolutamente falso”. Se trata solo de un ejemplo, ya que todo el ejercicio de Rajoy como presidente está trufado de afirmaciones de este tipo, donde las contradicciones se alternan con el absurdo.

Sin embargo, en la declaración de Mariano Rajoy como testigo, más que las inexactitudes o los silencios, pesa la posibilidad de la mentira.

La mentira

De nuevo se trata solo de un ejemplo, y también del más relevante. Si bien sobre el presidente del PP cunden las acusaciones de mentir en campaña electoral o en los debates sobre el estado de la nación, así como las sospechas referentes a cobros y pagos en B, hay un caso del que no cabe duda: el que rodea al archiconocido SMS que Rajoy envió a Luis Bárcenas.

En las fechas está la clave.

El 18 de enero de 2013, el hoy presidente del Gobierno envió un SMS a Luis Bárcenas donde se leía: “Luis. Lo entiendo. Sé fuerte”. El ex tesorero del PP ya había sido imputado en el caso Gürtel, ya se había dado de baja del PP, ya había renunciado a su escaño como senador, y la Audiencia Nacional había reabierto su caso después de que el Tribunal Superior de Justicia de Madrid (TSJM) lo archivara “por falta de pruebas”.

En todo lo enumerado en el párrafo anterior no media la mentira. En esto sí: Justo una semana después de enviado el SMS, el 25 de enero, Rajoy aseguró a la prensa que no recordaba la última vez que había hablado con Bárcenas. Todavía faltaban meses para que El Mundo publicara la noticia de los mensajes telefónicos.

Pero no fue el único embuste sobre este tema. El presidente volvió a mentir, esta vez en sede parlamentaria.

Durante el pleno sobre Bárcenas que se celebró en el Congreso de los Diputados el 1 de agosto de 2013, el presidente afirmó a modo de disculpa: “Creí en la inocencia de esta persona, como creería en la de cualquiera de ustedes que se encontrara en un trance semejante, mientras los hechos no desvirtuaran esa presunción de inocencia. (…) Creí en su inocencia. Lo hice hasta el momento en que, a los cuatro años de iniciadas las investigaciones, llegaron datos que confirmaban la existencia de cuentas millonarias en Suiza, no declaradas a la Hacienda Pública, a nombre del señor Bárcenas”.

Mucho se podría detallar del apoyo del PP en general y de Rajoy en particular a Bárcenas, que incluye el pago de abogados y sueldo una vez “fuera” del partido. Sin embargo, si una se ciñe a la referencia del presidente en el Parlamento, la mentira es incontestable: El 16 de enero de 2013 se hizo pública la noticia de que Suiza había comunicado a la Audiencia Nacional que Luis Bárcenas había llegado a tener hasta 22 millones de euros en varias cuentas allí. Rajoy envió el SMS donde le pedía “Sé fuerte” el día 18 de enero de 2013, o sea, dos días después de conocida la noticia.

Es decir, cuando Rajoy explica que envía un SMS de apoyo y aliento a Luis Bárcenas porque no conocía “la existencia de cuentas millonarias en Suiza”, miente. Miente como un bellaco. Hacía un par de días que lo sabía. Resulta, además, sorprendente la soltura o impunidad con la que deja caer tales falsedades, cuando un golpe de hemeroteca basta para dejarlas en evidencia.

Sirva, pues, la mentira tejida en torno a los famosos SMS como ejemplo de lo que es capaz de afirmar el presidente Rajoy a la hora de justificar la corrupción que ha rodeado sus mandatos. Y el papel que ha jugado en ella.

Sin embargo, el Tribunal no lo llama a testificar como presidente del Gobierno, sino como “ciudadano”.

El ciudadano

El ciudadano Mariano Rajoy Brey nació en Santiago de Compostela en 1955, y 26 años después ya era diputado en el Parlamento gallego por Alianza Popular, partido fundado por su padrino, Manuel Fraga. Desde entonces ha recorrido un camino político uniforme y pertinaz: presidente de la Diputación Provincial de Pontevedra (1983-1986), vicepresidente de la Junta de Galicia (1986-1987), vicesecretario general del PP (1990-2003), ministro de Administraciones Públicas (1996-1999), ministro de Educación y Cultura (1999-2000), vicepresidente primero del Gobierno (2000-2003), ministro de la Presidencia (2000-2001/2002-2003), ministro del Interior (2001-2002), portavoz del Gobierno (2002-2003), secretario general del PP (2003-2004), presidente del PP desde 2004 y presidente del Gobierno de España desde 2011.

En cuanto al juicio que nos ocupa, el actual presidente del Gobierno ha insistido siempre en que la distancia entre él y Francisco Correa, cabecilla de la Gürtel, es sideral. De hecho, existe un cierto consenso en los medios de comunicación a la hora de negar cualquier relación entre ambos.

En este sentido, cabe recordar que fue Mariano Rajoy, personalmente, quien colocó a Luis Bárcenas como tesorero del PP. Corría el año 2008. Cuando lo hizo, Rajoy sabía que Bárcenas llevaba una década haciendo negocios con el jefe de la Gürtel, también conocido como Don Vito. Entre otras cosas, porque mientras Correa saqueaba (presuntamente) las arcas públicas, Rajoy fue ministro de Administraciones Públicas, de Educación y Cultura, de la Presidencia, de Interior, vicepresidente del Gobierno y presidente del PP. Pero también porque la presencia de Correa en la sede de Génova era prácticamente diaria, más allá de haber ejercido de padrino en la boda de la hija de José María Aznar con su amigo Alejandro Agag.

En cuanto a la financiación ilegal y la corrupción en campañas electorales, en informaciones conocidas hace solo un par de meses la Unidad Central Operativa de la Guardia Civil aporta pruebas contundentes de que la campaña de Rajoy de 2008 fue financiada de forma fraudulenta, a base de cursos de formación inexistentes.

A quién le importa

Este mismo mes de julio, el coordinador general del PP, Fernando Martínez-Maíllo, afirmaba: “Es una declaración como testigo, creo que es importante recalcarlo, en la que siempre hemos dicho que creemos que va a aportar muy poco”.

Usted sabe que Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno de España, miente. Además, no dice verdad. Todos los hechos relatados en este artículo son de sobras conocidos por los españoles, hasta el punto de haberse convertido en objeto de chanza, y suponen solo un par de ejemplos. Sin embargo, este ciudadano llamado a declarar como testigo tiene obligación de decir verdad ante el Tribunal que juzga una parte del caso Gürtel.

Cabe preguntarse por qué un presidente del Gobierno que ha mentido ante los medios de comunicación, ante el Congreso de los Diputados y, por lo tanto, ante todos los ciudadanos, iba a dejar de hacerlo ante un tribunal.

Cabe preguntarse también, visto lo visto, a quién iba a importarle. Hasta este momento, y siendo de todos conocido, no parece haber hecho mella alguna. Y, en este sentido, efectivamente “va a aportar muy poco”.

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Vacaciones, por Ángel Valencia

Cuando una parte de España está de vacaciones y la otra las anhela, contando los días que quedan hasta que llegue agosto para estarlo, alguien se ha atrevido a invocar el conjuro y desafiar el sagrado derecho al ocio anual de todos: Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad Autónoma de Madrid declarando, este pasado martes, que no se irá de vacaciones este verano tampoco –por tercer año consecutivo- porque, aunque considera que los días de descanso son «una cosa muy buena», cree que no tienen que ser «una obligación» sino «una opción voluntaria». También ha aclarado que no pretende ni «polemizar» ni «decirle a nadie lo que tiene que hacer ni mucho menos» y que las vacaciones son «una conquista de los trabajadores». Así, es una decisión personal, Cifuentes prefiere quedarse trabajando en Madrid, al igual que hizo los dos pasados veranos tras su investidura como presidenta. «Me gusta muchísimo mi trabajo, me gusta quedarme en Madrid en verano y me voy a quedar trabajando». Una laboriosidad de la que también habla en su cuenta de Twitter donde la presidenta de la Comunidad de Madrid comenta que trabaja 14 horas diarias, incluyendo algún fin de semana, que a veces come frente al ordenador y que duerme cuatro horas cada día.

En principio, nada que objetar a la laboriosidad de Cristina Cifuentes. El trabajo de político y, en esos niveles de responsabilidad, es un trabajo especial que no tiene horarios, exige una dedicación completa, reuniones, entrevistas, asistencias a actos públicos y a cambio se dispone de personal, de buenos sueldos, varios secretarios y coche oficial todo el día. Se trata de un trabajo con cierta flexibilidad y recursos para ello, para resolver una agenda, normalmente, exigente, inflexible y llena de imprevistos. En ese sentido, es incomparable con el trabajo común de los demás. Por tanto, nada que decir al estilo Cifuentes y a si desea, por decisión personal, quedarse a trabajar por gusto y responsabilidad en su trabajo. Va de suyo en el cargo, por otro lado, pero si lo que desea es crear un estilo propio, ahí quizá se equivoca. El estilo proclamado es lo que resulta peor. Decirlo en unas declaraciones, hablar de su dedicación laboral en las redes, no es lo apropiado. Si desea dar una imagen de presidenta dedicada a los madrileños, nada mejor que la vean trabajando los funcionarios en la sede de la Comunidad y los madrileños que se quedan en Madrid y si pretende ser ejemplo para su partido, también –al final todo se sabe-. Las vacaciones o el trabajo de su presidenta no son la clave que acercará los políticos a los ciudadanos, ni les hará olvidar la corrupción del PP en Madrid.

En cualquier caso, ante tanta ética del trabajo, no debería olvidar la presidenta de Madrid la sociedad en la que vive y quizás tener un poco de sensibilidad porque la Encuesta de Condiciones de Vida publicada por el INE hace un año muestra que no todo el mundo tiene su capacidad de elegir. Los datos de esta encuesta muestran que, en 2015, cuatro de cada diez españoles no podían permitirse ir de vacaciones fuera de casa al menos una semana al año ni tenían capacidad para afrontar gastos imprevistos (en 2014, el 45% no podía irse de vacaciones) El 13% tenía muchas dificultades para llegar a fin de mes y el 9% se retrasaba en los pagos relacionados con su vivienda principal. Los datos indican que entonces estábamos mejor que el año anterior pero que aún nos encontrábamos en condiciones verdaderamente mejorables. Por otro lado, el 22,1% se hallaba por debajo del umbral de riesgo de pobreza, tan sólo una décima menos que en 2014. Los hogares españoles obtuvieron unos ingresos medios de 26.092 euros anuales, lo que se traduce en una bajada constante de los salarios en los últimos años. Las Comunidades más afortunadas fueron el País Vasco, Navarra y la Comunidad de Madrid y las que menos ingresos obtuvieron son las del sur de la Península: Murcia, Andalucía y Extremadura.

Hay, pues, una sociedad real que vive y trabaja a distancia de la sociedad oficial y para la que este tipo de declaraciones no puede representar gran cosa porque las vacaciones no son solo un derecho sino un ocio necesario que nos sirve, una vez al año, para hacer esas cosas valiosas que nadie retribuye. Y, por eso, preciosamente, son tan valiosas. Como nos recomendaba Fernando Savater en su artículo En defensa de la vida ociosa, hace casi un año, «Tómenselas a su modo, haciendo esas cosas tan valiosas que nadie retribuye, sea leerse las obras completas de Shakespeare, aprender a tocar la flauta dulce o mirar incansablemente el mar. No vendan ni uno solo de sus minutos y compren lo menos posible, pero sin agobios ni exageraciones. También hay cosas bonitas, aunque lo más bonito nunca sea una cosa. Váyanse, váyanse muy lejos, para lo que no necesitan siquiera salir de casa: viajen alrededor de su cuarto, como hizo Xavier de Maistre. Y a poco que puedan, háganme caso: no vuelvan jamás…». Presidenta, disfrute usted de su trabajo, y los demás de sus merecidas vacaciones. Precisamente por eso.

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La supervivencia del trabajo, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 16.07.2017

La economía no se pinta los labios ni su corazón se precipita cuando a los números les sube el pulso del paro. Tampoco se desahoga la corbata ni se arremanga el gesto ante el precario equilibrio a la pata coja entre las afiliaciones a la Seguridad Social y sus bajas de finales junio. El cambio de temperaturas arrastró a la sombra 257.014 empleos de precaria salud laboral hace diez días. Tiempo de sobra para que a los responsables de nuestra, o mejor dicho de la suya, política económica se les corriese el rímel de la mirada o se les secase la saliva grave con las que continúan afirmando que sobre sus alas el país vuela alto. Ni siquiera la oposición que sigue ocupada en hacerse oposición a sí misma, y sin revisar por qué no terminan de funcionar las cañerías que la vinculan con los ciudadanos, hace números abajo y arriba y exige saber qué está pasando de verdad con la enajenación del trabajo en España. Tal vez el impertinente granizo, el insufrible calor de temporada y de nuevo ETA y sus víctimas como paja política en el ojo ajeno sean más importantes que el empleo donde hace tiempo son demasiado normales las peonadas. Ya sabemos que a nuestros políticos cuando se visten de empresa les gustan mucho los juegos de mesa. Unos se aplican como el socialista Plata al monopoly del puerto al que el ministro de fomento le ha fomentado la ley para que fomente el desembarco del progreso privado. Y otros se enrocan como reyes en su tablero mientras los alfiles de su reforma laboral nos manejan igual que peones de playmobil de quita y pon.

Es habitual, en esta España que progresa adecuadamente, que sus empresarios den de baja a sus trabajadores el fin de semana para quitarlos los lunes del sol hasta el límite del viernes y así sucesivamente el empleo del día de la marmota. A otros les toca peor suerte y su jornada sube y baja según las horas de puentes, y de fiestas que guardar. Dicen los que saben que con la ley en la mano la mayoría de estos abusos los perseguiría la inspección del Trabajo, pero ¿hay todavía gente que confíe en estas inspecciones? Lo que está claro es que el sueño de esos trabajadores temporales, y también de los 6,58 millones que cobran al año ingresos por debajo de los 707,6 euros del SMI, consta de tres destinos: Gran Hermano, Supervivientes o entrar a formar parte de los mileuristas en bruto. La bendita condición de más del 30% de los españoles, según datos recientes del INE y de la Encuesta Anual de Estructura Salarial presentada la pasada semana.

Hace doce años Carolina Alguacil escribía una carta al director de un periódico nacional sobre los jóvenes entre 25 y treinta y tantos años, con carrera, másteres e idiomas que no cobraban más de 1.000 euros mensuales. Un perfil de mujeres y de hombres con Europa en la mochila y un futuro que cada vez se parecía menos a lo que les habían prometido. Aquellos pobres mileuristas de entonces desconocían que una década más tarde vivirían por encima de millones de náufragos de la crisis y de las políticas de empleo de Mariano Rajoy. Por debajo de su cumbre de ocho miles del siglo XXI hay 1.131.800 personas con un trabajo temporal o a tiempo parcial, según los datos de la Encuesta de Población Activa. Aquel malestar o desazón de entonces acerca de la injusticia de su situación ha sido sustituido por la conciencia de lo inevitable y de la aceptación ante el miedo a bajar del ranking de la precariedad del sueldo o de terminar en el largo túnel del paro. No es extraño, España cuenta con uno de los salarios mínimos más bajos de los 1.922, 96 de Luxemburgo, de los 1.457,52 de Francia y de los 1.378,87 de Reino Unido. Con este panorama cobrar 1.000 euros al mes supone ser un afortunado, aunque teniendo en cuenta que el país soporta 5,4 millones de personas sin empleo no es fácil no sentir angustia en el estómago porque tener empleo es tener la conciencia y el vértigo de estar en el alambre. Uno de los legados de la Gran Recesión es, como afirma el catedrático de la UNED Luis Garrido, que la mayor parte la sensación de inseguridad y la certidumbre de que se puede caer al pozo en cualquier momento.

El panorama puede empeorar aún más. La mayoría de los jóvenes del siglo XXI llegarán pronto a trabajar 14 horas más a la semana, sujetos a la inestabilidad personal y profesional que les impedirá hacer planes a largo plazo y formar una familia. Incluso su horizonte puede empeorar porque las nuevas tendencias apuntan a que el empleo será cada vez más fragmentado, más inestable y parcial.

La precariedad es el eje alrededor del que gira la mayoría de la vida laboral. Un reciente informe de UGT denuncia que cada año se sustituyen 650.000 puestos de trabajo indefinidos por empleo temporal y que los contratos que duran menos de siete días suponen un 25,7 % de todos los contratos temporales. Una precariedad de la que no se han librado los mayores de 50 años, despedidos en su mayoría por los ERES y sustituidos por temporales, de los que 300.000 ya no perciben ningún tipo de prestación a pesar de estar cerca de su jubilación, según daos de la secretaría de Políticas Sociales, Empleo y Seguridad Social. España lleva abonada a la precariedad desde los años ochenta, según cuenta el economista Antonio González, de la plataforma Economistas Frente a la Crisis. ¿La razón? Que los empresarios usan estos contratos para todo y no solo para cubrir necesidades de producción específicas, objetivo para el que fueron concebidos los contratos temporales.

Esta realidad da para mucho. La industria editorial lo sabe y lleva tiempo ofreciéndonos inquietantes lecturas sobre las expectativas laborales, marcadas por el auge de la robotización desocupando personal no cualificado o en ocupaciones vulnerables de los cambios, como La riqueza de los humanos de Ryan Avent y en cuyas páginas se nos alerta acerca de que o la sociedad encuentra modos solventes de hacer frente a la metamorfosis del empleo o el estallido social resultará peligroso. Otros como Utopías para realistas de Rutger Bregman proponen la solución de 15 horas de trabajo semanales y una renta básica universal. La propuesta conlleva el interrogante de dónde saldría el dinero para sufragarla, con una Hacienda cautiva de la pobre recaudación. La salida se parece cada vez más a la de un intrincado laberinto virtual. No hay fórmulas ni hilos de Ariadna que faciliten la labor por mucho que nos hablen del cambio del sistema educativo, más enfocado a un mundo entre las finanzas y la permanente actualización tecnológica; del modelo comunal del trabajo; de la importancia del emprendimiento –sobre el cual he preferido dejar en blanco la precariedad de los numerosos autónomos a los que la política sólo le ofrece parches y zanahorias-; o de la capacidad de resistencia de trabajos que dependan del talento creativo como elemento diferenciador y competitivo o de perfiles especializados en el ámbito digital. Todo esconde una letra pequeña que en un futuro cercano determinará la venta de nuestra alma al viejo diablo del capitalismo que muta y arrasa sin parar los antiguos campos del Humanismo, de los derechos sociales y del bienestar.

Bauman lo dejó muy claro. Antes los medios de subsistencia estaban vinculados a tener un empleo total. Una promesa desahuciada por un sistema capitalista que sigue buscando lugares y personas que trabajen por un dólar. Mientras esta codicia extendida se mantenga vigente la esperanza es un paréntesis entre el disfrute sin preguntas del presente y el futuro en el que descubrir nuestra supervivencia en el trabajo.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.
www.guillermobusutil.es

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Cortázar y la cuestión catalana, por Ángel Valencia

La Opinión de Málaga, 09.07.2017

Mirar hacia Cataluña estos días es contemplar un paso más en la historia de un desencuentro en el que la perplejidad diaria ante lo que vemos no puede ocultar la preocupación por la existencia de un problema al que hay que intentar dar una solución política.

El abismo entre Rajoy y Puigdemont es narrativo: es una contraposición entre un cuento fantástico y un juego de silencios. Como diría Cortázar, el cuento es «un orden cerrado. Para que te deje la sensación de que va quedar en la memoria, que valía la pena leer, ese cuento será siempre uno que siempre se cierra sobre sí mismo de manera fatal» (Julio Cortázar, Clases de Literatura. Berkeley, 1980, Alfaguara, 2013. Pags. 29-30).

Puigdemont y el soberanismo representan un discurso que es una suerte de cuento. En este caso, un cuento fantástico que no es un orden cerrado, por su calidad literaria, pero sí por su puesta en escena, por su espectacularidad, por la firmeza de su lenguaje y sus promesas –referéndum, pregunta, independencia, etc-.

Por el contrario, Rajoy sigue instalado en la legalidad, en una opinión pública dividida en Cataluña, en la dificultad de establecer una consulta con unas garantías democráticas plenas y en la espada de Damocles de la aplicación del artículo 155 de la Constitución.

La legalidad constitucional y su defensa impiden todo, la independencia y el referéndum, pero no aborda la cuestión política que está causando el nacionalismo en Cataluña.

La actitud del PSOE y de Podemos en este marco pueden ser interesantes también. Habrá que buscar una solución pactada por una mayoría lo más amplia posible para intentar resolver la crisis de nuestro modelo territorial. Debemos pasar del cuento y del juego de silencios a la novela como “«obra abierta» en la que entran los grandes espacios de la escritura y de la temática. Valga la metáfora. Hace falta legalidad pero también una respuesta política y encontrar consenso ante un tema que va a continuar más allá de la consulta.

Ángel Valencia es catedrático de Ciencia Política de la UMA.

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Se inaugura un mojón, por Txema Martín

Ayer, en el kilómetro 222 de la AP-7, vía que discurre entre Torremolinos y Benalmádena, se celebró un acto político majestuoso, uno capaz de devolver toda la fe que habíamos perdido. La estrella del ‘happening’ fue un ministro de Fomento al que seguían diputados aleatorios, directores de áreas, presidentes de cosas, senadores, subdelegados importantes, secretarios generales, candidatos en ciernes, un guardia civil con su tricornio y concejales de todo ámbito hasta sumar veinte, sí, veinte políticos reunidos para inaugurar un mojón de carretera.

En un tristísimo descampado, porque celebrar este acto en mitad de la carretera habría degenerado en un golpe para la democracia, había gente suficiente como para llenar una caseta de feria, caras con las que podríamos crear dos tableros enteros del ‘¿Quién es Quién?’. La Revolución Rusa empezó con menos gente: en aquella llanura había tantos políticos que se podría haber levantado allí mismo un Ayuntamiento paralelo, quizá incluso una Consejería. La de Empleo, por ejemplo. Podría ser la primera vez que tantos políticos se reúnen en nuestra provincia en un espacio tan pequeño y sin su correspondiente catering de Doña Francisquita.

Muchos de los allí presentes eran expertos en desplazarse en comitiva. Es una forma de transporte incómoda, lenta y aparatosa. A veces te deja el orgullo apaleado pero, si se resuelve con una habilidad anfibia y uno se inmoviliza con cada flash, ir en comitiva puede cambiarte la vida. En comparsas como esta se han alzado ministros y se ha dejado caer a directores generales. Allí debía resultar muy excitante imaginarse dentro de 15 años con sus nietos en el coche, hacia un destino incierto, y poder decir aquello de «yo estuve en la primera piedra de esta mismísima rotonda», porque entre los políticos hay una cosa típica que es decir yo hice esto o yo hice aquello. Ha extrañado la ausencia de sendos alcaldes de las dos orillas: uno estaba en Madrid y el otro de vacaciones. Ha hecho muy bien en quedarse: romper el asueto para inaugurar un mojón podría haber generado la cara más triste de esta fotografía.

Imaginamos los discursos: «Las carreteras sirven para unirnos, y eso nos hace mejores personas». El ministro comentó que este proyecto solucionaría un problema relevante y mejoraría la vida de los vecinos. Y es verdad. Los que estén familiarizados con esa carretera y con el momento ‘me voy al Arroyo de la Miel’, que es uno de esos nombres de lugares con una literalidad inquietante, sabrán que allí se producen dos o tres atascos diarios. Frente a la barbarie de la caravana, los conductores emprenden una silenciosa práctica habitual: para no estorbar y de una manera muy natural, como los que van a morir a la barrera, los coches se apostan ordenadamente sobre el arcén. El fin de esta práctica llegará cuando esté terminada la carretera. Será dentro de dos años. Si los que estaban en la foto se hubieran puesto a trabajar, lo mismo la terminaban en un mes.

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Isla o pantalla, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 25.06.2017

Un instante improvisado o con un contemporizador enmarcado. Da igual que sea un impoluto fotograma fugaz o que se trate de una imagen compuesta como secuencia de una trama con continuación. Lo que importa es que ese trozo de vida sorprenda, conquiste y le provoque al espectador la codicia de un deseo. Ser Lauren Bullen y Jack Morris. Jóvenes, guapos, fotogénicos, cruzando el mundo en Instagram y compartiendo su vida Canon 5DMK3, editada en Lightroom. Una aventura que no responde a un impulso existencial, ni a la apuesta por una forma de vida libre y en movimiento. Tampoco es un proyecto artístico ni la empresa hedonista de dos millonarios. De 2.800 a 8.000 euros cada cromo de su felicidad es la tarifa con la que cobran la belleza, el exotismo y la cotidianeidad de compartir su desayuno con una jirafa en Kenia; su paseo por el vértigo de una terraza frente al atardecer indio de Jaipur o el amanecer de su amor entre las sábanas blancas de un ménage à trois con la jungla filipina. Su álbum lo siguen cuatro millones de personas. Aval suficiente para que ITCHoteles, The Luxery Collection o Paul_Heweitt entre otras firmas pongan pie a cada postal de esta pareja convertida en un redondo negocio de marca. Leer su historia le pone a cualquiera los incisivos largos. Y no digamos la glándula sublingual. De limpiar alfombras en Manchester y de ser ayudante en una clínica dental australiana al flechazo en Fiji y a la epifanía de la biografía como publicidad. Ya acumulan 45 países por los que han viajado gratis compartiendo la sonrisa de sus días de pasión y ocio, y los que les quedan a esta pareja de empresa.

El sueño de cualquiera de los 600 millones de usuarios que tiene Instagram, y que en buen número cada día narran los destellos de ficción de su existencia previsible. En identidad trabajada en espejo y como personajes sin autor, como si sus rutinas, los trampantojos de sus escenarios y sus mensajes, fuesen modelos de conducta o narraciones gráficas de héroes de carne, hueso y maquillaje. Una adicción de los millennials cuya existencia en red oculta la soledad con ecos de Me gusta y cada cual disfraza su inseguridad; da rienda suelta al desconocimiento de su diagnóstico psiquiátrico o se busca a sí mismo mediante la acción en un presente continuo que no existe sin el goce de que los demás sean vouyeres de lo que se vive, okupas de la intimidad. Los instagramers se han convertido en los nuevos bloggers a los que miman las marcan y a los que los followers quieren y siguen, igual que si fuesen gurús imprescindibles. Ropa, música, objetos, cualquier cosa cuya marca funcione, a modo de caracteres personales en los que la gente se encarna, y les permita conseguir más de 100.000 seguidores y cobrar entre 500 y 750 euros por una foto que oferte una expectativa de futuro que los demás también pueden adquirir. Monetizar cinco o seis fotos al mes supone un desahogado sueldo para vivir. Una nómina parecida se puede conseguir en YouTube, con más de 1.000 millones de seguidores al mes que dedican 6.000 millones de horas a ver videos caseros de veinteañeros con nombres de guerra como El Rubius, Vegetta 777 o WillyRex, y que, gracias a sus 8, 35, 6,9, y 4,2 millones de seguidores, ingresan cerca de 5.000 euros mensuales con sus comentarios, bromas o análisis.

Si el dinero es el objetivo de estos jóvenes, igual que en la década de los 90 el éxito fue el horizonte de los brokers, hoy el mandato social es la felicidad. Eso explica, según la psiquiatra Geraldine Peronance, que en Instagram también los ricos compitan en seguidores en una lista liderada por el matrimonio Bastion y María Yotta con su casona de Hollywood, escenario de fiestas con muchas mujeres, dinero saltando por los aires y automóviles de diseño rojo. «No hay separación entre el placer y el trabajo. Sólo se vive una vez». La frase de cabecera de estos propietarios de empresas de cosméticos, productos dietarios y software para personas de la tercera edad. Un fenómeno viral al que sumarle otro más reciente como el del italiano Gianluca Vacchi y sus espectaculares bailes, junto a su joven novia o a solas en cualquier parte, su estilismo y la recomendación que muchos han copiado: Enjoy!.

La cuestión es vender mundos simulados, realidades virtuales, objetos transformados en un don, en una ideología, en una manera de relacionarse. Una vida de sex shop social en la que sólo se tirita de placer y de afán, y en la que un segundo yo es el significante del triunfo y del destino. Lo explicó muy bien Sherry Turkle en La vida en la pantalla. Un ensayo impreso que de momento sólo puede leerse para entender cómo hemos perdido las antiguas formas de saber, la capacidad de la soledad y lo que se puede aprender de ella. Y las razones por las que las tecnologías han cambiado la percepción y el disfrute de la belleza, del conocimiento y el deleite de lo inesperado y lo natural por una existencia etiquetada, mimética y envasada al vacío. ¿Tendríamos que preguntarnos si es verdad que si no se está conectado no se es nadie? ¿Y quiénes son los que realmente están desconectados? ¿Los que se niegan a formar parte de la híper estresada sociedad tecnológica, cada vez más deshumanizada, o los que practican el sonambulismo emocional de una existencia sujeta a la exigencia de la conexión permanente?

Cada vez hay más disidentes de la vida mediática en tiempo real. Susan Sarandon se separó de su joven pareja Jonathan Bricklin porque se hartó del reality en red que consistía en un seguimiento continuo del protagonista y su pareja. Y también crecen las ofertas que nos ponen en contacto con las viejas capacidades naturales del movimiento humano, como caminar, correr, nadar, trepar a un árbol, y enseñan a ser mejores ante situaciones de la vida real que demandan una respuesta física eficiente y eficaz. «Ser fuertes para ser útiles, para nosotros mismos y la comunidad» afirma Rafa Díez, responsable de Movnat Entrenamiento Natural. Una empresa que desarrolla la importancia del estado de alerta, del conocimiento del entorno natural, de habilidades de supervivencia, de trabajo colaborativo y de la superación de miedos y limitaciones.

Cuestiones importante si usted, harto de Instagram, de Facebook y de un mundo deshojado o encumbrado por un click a mano, decide hacerse el náufrago y contactar con la empresa Docastaway, que el malagueño Álvaro Cerezo abrió en 2010 después de pasar unas semanas de ermitaño a la deriva en el archipiélago indio de Andamán. La experiencia le despertó una vocación Robinson por arenas y cocoteros de Indonesia, Tanzania y Panamá hasta que decidió crear un negocio remoto, aislado y sensorial en Japón, Caribe, Filipinas y Polinesia por mil euros a la semana, y por el que han pasado 500 personas con un final notable en supervivencia y felicidad. Algo de cierto ha de tener el resultado de esta opción porque David Glasheen, víctima de la crisis bursátil de 1987 que provocó que se divorciasen de él su fortuna de 25 millones de euros y su esposa, ha pleiteado con todas su fuerzas contra la empresa propietaria de los derechos de Restoration Island Pty Ltd. 26 hectáreas deshabitadas al noroeste de Australia, donde fue abandonado el capitán Bligh por los amotinados de La Bounty, en las que ha gozado 24 años de soledad turquesa este náufrago de los negocios desahuciado ahora porque un gran resort turístico bien vale un paraíso.

En cualquiera de los casos, a la vida es a lo que todos aspiramos. La decisión es dónde queremos que suceda. En flirt de la pantalla o en la reinauguración del placer de lo humano y el disfrute de su tacto.

Guillermo Busutil es escritor y periodista. www.guillermobusutil.es

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Diario póstumo, por José Antonio Garriga Vela

Sur, 24.06.2017

Por cuestiones que no vienen al caso ha caído en mis manos el diario de un familiar que murió hace años. Me sorprende ver las primeras páginas en blanco. Entonces descubro que el diario comienza en la última página y por lo tanto cada día tenía un espacio predeterminado, como si supiera la extensión exacta de lo que iba a contar. El primer día ocupa las dos últimas páginas y está escrito en el transcurso de un viaje: «Lunes. Día 19 de marzo de 1990». Me encuentro ante la disyuntiva de seguir desvelando la intimidad o romper las páginas y tirar el cuaderno al contenedor de papel. La curiosidad me impulsa a seguir leyendo. Oigo la voz de alguien que permanece con vida aunque haya muerto y me cuenta lo que realmente piensa de las cosas, como si realizara un viaje al extranjero y otro al interior de sí mismo. Entonces descubro lo que pensaba de mí, lo que nunca me dijo. También describe los lugares que ha visitado ese día y quienes estaban presentes en su memoria. Algunos de ellos han muerto. Lo que más me interesa no son los museos, ni los monumentos, ni siquiera las personas que aparecen y desaparecen a lo largo de las páginas. Lo que realmente me interesan son los pensamientos que escribía al final del día. Qué curioso que hayan tenido que pasar casi treinta años para conocerlos.

Veo pasar los días, hasta que la página se queda en blanco, como si de pronto perdiera la memoria. Sucedió un viernes. Trato de recordar dónde estaba yo en aquellos momentos. Desando el largo camino igual que si revisara las páginas del diario que no tengo escrito. Luego vuelvo al presente en décimas de segundo y me doy cuenta lo veloz que transcurre el tiempo. Siento vértigo. Me pasa por la cabeza comenzar a escribir el diario, decir lo que siempre he callado y que alguien lo lea cuando me haya ido. Un testamento sentimental. Pero no tiene sentido hacer confesiones cuando es imposible escuchar las respuestas. Supongo que escribir un diario es la única manera de desahogarse sin que nadie se entere. Un alivio secreto y pasajero. La verdad que nadie sabe. A medida que voy leyendo y desvelando el pasado imagino la expresión de su rostro en cada uno de los instantes, la mirada que no desaparece. Me vienen a la memoria instantes que compartimos y a los que no dimos ninguna importancia, imágenes de la vida cotidiana que hoy, más que nunca, me estremece recordar. Leyendo el diario he descubierto los silencios que marcan la vida. Me gustaría que volviera a nacer, o que resucitara aunque sólo fuera un rato para preguntarle algunas curiosidades, algunas dudas, algunas mentiras.

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Noche de San Juan, por Juan Gaitán

La Opinión de Málaga, 22.06.2017

Con la noche de San Juan llega de veras el verano. Sí, ya sé que no me ciño al calendario oficial, a la exactitud cronométrica de los observatorios, pero yo me rijo por la ancestral tradición que aprendí de muy niño, la que dicta que es por San Juan cuando el solsticio trae la inmortalidad de las tardes.

Me gusta el verano, su lenta manera de hacer las cosas. Siempre he esperado con impaciencia su llegada, su calor y su luz, aunque me suponga un ataque grave de melancolía. Una prueba concluyente de que la vida es una enorme, terrible injusticia, es que no tengamos el derecho de, al menos una vez, volver a tener ocho años y un día de verano por delante, un día sin corrupción, sin atentados, sin hipoteca ni plazos concluyentes. Un día para no mandar y para que no te mande nadie. Una mañana de verano con un balón de fútbol y veinte amigos, dos horas largas de carreras, gritos y algún conato de pelea, y luego descansar a la sombra fresca del portal, sobre el escalón de mármol, y callarnos todos un segundo y sentir cómo se mece la eternidad.

Entonces, en aquellos días azules, por las tardes yo me sentaba en el brocal del aljibe a descifrar los hondos ecos del agua. Había en mi casa una luz que se demoraba en las baldosas y se reía en los cristales, una luz como si el mar estuviera cerca. A esa hora el silencio se hacía más denso, un toro echado en el llano. En una penumbra muda que sabía a pasas dormía la casa y la tarde se abría mansa y eterna. Por entonces la vida, maciza y desnuda, cómplice de mi niñez, parecía interminable. Pero aquellos días se me han perdido. Ya no está allí mi casa, ni la voz del agua, ni aquella luz, ni el camino largo que llevaba a la marisma.

Definitivamente el verano, como la lluvia en aquel soneto de Borges, es una cosa que sin duda sucede en el pasado. Y quizás por eso este ataque de melancolía hoy, a solo unas horas de la Noche de San Juan, esa noche en que encendemos candelas para matar la noche, para hacer eterno el día. Candelas que tienen la facultad de remover recuerdos y hacernos ver que de aquellos veranos no queda nada más que la memoria y el calor, que no se hace viejo, que cada año se nos echa encima con más furia y más ardor, con su costumbre de secar el tiempo y volverlo tan amarillo e inservible como el periódico de ayer.

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Soñadores políticos, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 18.06.2017

Irene Montero, portavoz de Unidos Podemos, durante la moción de censura.

 

 

 

Ya nadie atraviesa los espejos ni cree que otra vida es posible. La crisis nos ha vuelto serios, respetables, dóciles y desencantados. Y a lo poco que nos atrevemos es a cruzar el semáforo en rojo. A diario fichamos, cumplimos, regresamos y cerramos a oscuras los ojos sin pensar si existimos, o si somos emoticones de copia y pega en cualquier parte. Ni siquiera nos planteamos si hay alguien que nos sueñe un futuro diferente, porque nos hemos acomodado en la cobardía o en exilio interior del escepticismo. No es extraño que la mayoría confiese no haber seguido la moción de censura al Gobierno porque la política les aburre y les resulta indiferente. No hay palabras nuevas que suenen a la posibilidad de una verdad ni discursos ilusionantes con probabilidades de realización. Muchos piensan que la realidad es una sucia niebla entre la utopía y la falta de credibilidad. Algo de razón tienen, y están en su derecho. Lo mismo que los que consideran que la política no es un plato que se sirve frio, y por ello debaten apasionados e impacientes -en público o en reuniones de amigos que celebran los afectos- entre réplicas y el afán inagotable de que sus ideales le discutan las coartadas a la opción que nos administra el espejismo de la mentira y la precariedad de la tristeza, como si nada más estuviese permitido. No diré que de ellos es el reino de los cielos pero sí que, como ha dicho el cineasta, Jonas Mekas, son soñadores lo que necesitamos, aunque fracasen.

Estoy de acuerdo a pie juntillas, y con el viejo mechero coreándolo en alto. Los soñadores son los poetas de la reflexión y de los sueños que se ponen a prueba con convicción y deseo. Algo de eso tuvo en esencia el discurso crítico de Pablo Iglesias -seguir la moción era una opción voluntaria pero necesaria para opinar y exigir democracia-, con aceptables razonamientos frente al indignante espectáculo de la bancada azul y sus paladines. Cuando uno sabe lo suyo de héroes a los que se les descubre el talón o la máscara, ha conocido la cocina política, como se aúpan los liderazgos y se manejan sus oscuros fontaneros, es muy consciente de que en España tenemos demasiados políticos de bisutería y de sonrisa planchada con la que te estafan la credibilidad y la vida, y muy pocos con solvente preparación y carta común de ciudadanía. Y que, salvo alguna que otra excepción, algunos de los problemas del PP son que sus corazones bostezan con la angustia de la calle y sólo se despeinan y se les corre el rímel cuando la izquierda amenaza con madurar y unirse contra la soberbia de quiénes se consideran los idóneos y férreos generales de un país que no funcionaría sin ellos.

Bastó con ver, aunque se haya olvidado fácilmente a vuelta de esquina de la noticia y sus imágenes, a quienes se hacen llamar sus Señorías arrullándose en risas frente las acusaciones de los numerosos casos de corrupción -que en una auténtica democracia hubiese determinado hace tiempo la dimisión de Rajoy-. Inadmisible resulta igualmente que Rafael Hernando se comporte como un machista con Irene Montero, y que su compañera de partido, además de mujer, Andrea Levy, lo disculpe. No vivimos en un cómic aunque se empecine en creerlo la diputada Ana Vázquez, dedicada a mandar mensajes bromeando con el aspecto de novios de la portavoz y el líder de Podemos. En el Congreso, en el que la democracia cumple 40 años y con algunos excelentes ejemplos de diputados, de concejales y de ministros, no pueden tener cabida personajes sin educación, sin ética, ni respeto a las argumentaciones del adversario. Arquetipos de la época de Felipe IV sin voluntad de autocrítica y mucho de chulería zafia, que se dicen representantes de la ciudadanía cuando su razón de ser, de llegar y gestionar el poder se fundamenta en el dominio feudal de las élites económicas, y en su actitud de autosuficiencia. Gobiernan porque una mayoría electoral se lo otorga, sí. También porque la falta de políticos con un conocimiento estadista de los retos que tenemos por delante evita que exista una alternativa que transforme el escenario, el atrezzo y la obra que desarrolla la vieja lucha por el poder y sus inmediatas, múltiples y contagiosas enfermedades morales.

¿Es posible que surja en nuestra democracia una política con mayúscula, con más imaginación y nuevos procedimientos para tomar decisiones que eviten que se agraven más los espacios políticos y judiciales, y a favor de una necesaria justicia social? En Portugal, a la que tan poco queremos tener en cuenta, el gobierno socialista de Antonio Costa lo ha demostrado con un pacto de izquierdas, firme y por encima de recelos. En poco tiempo y sin ruidos ha conseguido un retorno del crecimiento económico y la disminución del desempleo que ha pasado del 12 al 10%. Una unión por la superación del modelo neoliberal y en contra de las políticas de austeridad que promueven la devastación social en Europa. Pablo Iglesias se lo dibujó muy claro a Rajoy: la España de los logros económicos del PP nada tiene que ver con las numerosas vicisitudes de los ciudadanos de a pie. Lo mismo que sucede en Francia, en Alemania, en Italia. El presidente no escuchó. Prefirió parodiarlo: él no iba a presentarle una moción de censura.
¿Y el PSOE, le entendió? Después de las manos tendidas durante la moción debería ser que sí. Pero primero debe demostrar más allá del congreso que hoy termina que sabe restañar realmente las heridas y reiniciar una política con claras líneas de actuación y consenso. La base primordial para abordar su futuro con garantías, fajándose frente al PP o buscando la posibilidad de concesiones, acuerdos y una posición política con su izquierda que atraiga a la ciudadanía que no se siente representada desde la coherencia, las exigencias de la globalización y otra política menos turbia, sin chispa o que no termina de superar su tendencia youtubers.

El oráculo cercano es evidente. Sólo el PP, avalado por la dogmática fe de sus fieles que se tapan la nariz ante las evidencias por el miedo atávico a lo rojo, tiene garantizada su resistencia al alza. La opción contraria exige el convencimiento de que se puede hacer un programa de izquierdas sereno y atrevido a la vez, apoyado en políticas educativas y fiscales bien defendidas con una economía de libre mercado con conciencia social, y en soluciones alternativas que favorezcan la protección frente a las difíciles exigencias que seguirán llegando, y no provoquen demasiado pánico en los mercados y que éstos lo torpedeen. A favor están el elevado paro, la precariedad laboral, el empeoramiento de la capacidad adquisitiva, la emigración de los jóvenes, el hartazgo de circo y droga (arrogancia y corrupción) y de los desproporcionados privilegios de la clase política. La frustración y el enfado de la gente con las deshumanizadas e ineficaces instituciones del Estado, enrocadas en su pesebre.

El reto es acordar el punto de encuentro de esa izquierda en el centro de la izquierda. Posicionándose a la derecha ha fracasado en Francia y en España; hacerlo más a la izquierda de sus márgenes apenas encontraría respaldo y sus cauces democráticos los mercados los convertirían en un campo de minas; contar con Ciudadanos sería un caleidoscopio que exige a Rivera aclararse y desplazarse a la izquierda. Lo prioritario es negociar, sin ser cautivos de los dogmatismos, una mayoría de progreso. Las elecciones y las sumas son libres. La más ilusionante pasa por colaborar en la construcción de esa izquierda al centro de la izquierda, capaz de gestionar con éxito la alternativa de un modelo nuevo que haga renacer las esperanzas, la democracia, la estabilidad y el avance hacia una Europa social.
Sólo hace falta soñar, generosidad y trabajar unidos por encima del vértigo. Otro mundo es posible.

Guillermo Busutil es escritor y periodista.

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Invasión, por Antonio Soler

Sur, 04.06.2017

La Málaga universal, pictórica, cultural y un tanto borracha de todo eso anda revuelta por la invasión de Invader. Invader mezcla el píxel con lo naif y lleva detrás una corte de seguidores votivos y votantes que califican las obras de este creador como quien juega en bolsa. Mientras, él, además de mezclar el pixelado y un concepto naif o pos naif o como lo quieran bautizar, mezcla la transgresión con la oficialidad del mismo modo que lo hacen otros tantos compañeros suyos denominados artistas callejeros pero que de callejeros tienen bastante poco. La sociedad tiene un gran estómago y es capaz de digerir los movimientos más rompedores. En todos los sentidos. En lo artístico, en lo literario y en lo político. El 15-M nacido de la calle y de la indignación más clara acaba en el Parlamento disfrazando una política casi antediluviana con pedorretas, exabruptos y poses que sirven de trampantojo progresista y sólo pueden despistar a los más ingenuos y engañar a los más voluntariosos y bienintencionados.

Y del mismo modo que en la prehistoria la sociedad engulló y digirió a los cubistas o a los dadaístas o convirtió en hilo musical de la sala de los dentistas a los en su momento revolucionarios Beatles o Rolling Stones, ha asimilado a los artistas callejeros y los ha convertido en un producto comercial que juega a no ser producto comercial. Una oficialidad travestida de rebeldía. Una rebeldía pactada, ahormada en los despachos, y detrás de la cual hay un flagrante negocio. Los protagonistas juegan al malditismo. No se dejan ver. Llevan máscaras como el Zorro y se cuelgan en la noche de altos edificios. El amparo de los héroes del tebeo. Una chiquillería intelectual donde la ocurrencia somete a la profundidad y se impone más por el aura que se le otorga que por la esencia de su creación.

Y en esa mezcla de malditismo y oficialidad Invader ha venido a Málaga y ha colocado en el Palacio Episcopal una gitanilla. Haciendo caja con la polémica. La estética de la gitanilla es más que dudosa. El daño que pueda ocasionar al edificio también lo es. La investigación policial del hecho, estando el zarandeado CAC detrás, se ajusta al matiz naif del asunto. La cosa puede ser todo lo caricaturesca que se quiera y puede hacerse la sátira que a cada uno se le antoje pero hay una cuestión insoslayable detrás de todo eso. La propiedad privada. Y el derecho de cada vecino a decorar su casa del modo que se le antoje de acuerdo con las normas básicas de urbanismo. No se trata de que este artista haya topado con la Iglesia. Con lo que ha topado es con un derecho elemental. Y por muchos seguidores que tenga y por muchos euros que sus mosaicos valgan no es dueño de las calles. El Ayuntamiento se encuentra ante una paradoja que él mismo ha creado. Con una contradicción que lo deja con un pie dentro de las reglas y otro fuera. Una vez más.

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Despatarrarse, por Txema Martín

Sur, 09.06.2017

Manuela Carmena me parece la mejor regidora del Ayuntamiento de Madrid desde los tiempos de Tierno Galván y la mayoría de sus propuestas me parecen geniales, pero, del mismo modo, reconozco la dificultad de aguantar la risa cuando me entero de alguna de sus más valientes ocurrencias. Ya sean de ella o de su grupo, porque la misma simpatía que despierta Carmena se convierte en cierto rechazo cuando uno escucha lo que dicen algunos de los miembros de su heterogéneo equipo municipal.

Hace poco que escuché por primera vez el término ‘manspreading’, un anglicismo flamante (sólo lleva en el diccionario de Oxford desde 2015) que alude a la tendencia de algunos hombres a abrir las piernas cuando están sentados, especialmente en los transportes públicos. En castellano tenemos sin embargo un par de verbos para eso: ‘despatarrar’ o el más malagueño ‘espatarrar’, que quizá no suenen tan sofisticados como la voz inglesa y por eso se le considere impropio para un bando municipal. Descubro además que en El Salvador y en Venezuela también se emplea para este fenómeno uno de mis verbos favoritos del diccionario: explayarse. Todo esto en realidad quiere decir que despatarrarse es un fenómeno mundial; es entonces el género humano el que tiene una tendencia extraordinaria a explayarse con cualquier cosa que se encuentra.

Por esta universalidad del gesto, es posible también que la experiencia de despatarrarse se produzca por una característica más fisiológica que psicopática: los hombres abren las piernas para mantener oxigenados los verdaderos orígenes de su improbable descendencia, mientras que las mujeres las cierran para prevenir cualquier atisbo de cosquilleo vaginal, o incluso porque frente al uso de la falda, una prenda últimamente denostada por los sindicatos del sexo, quieren evitar el efecto Sharon Stone en ‘Instinto básico’, un portentoso ‘womenspreading’ que rayó hasta hacerlas inservibles muchos kilómetros de cinta VHS en todo el mundo.

Es verdad que la imagen de un hombre espatarrado en el metro junto a dos mujeres con las piernecitas cruzadas es poderosa. Sin embargo, una de las grandes conclusiones respecto al ‘manspreading’ es que lo que más irrita es el prefijo y el uso discriminado de este extranjerismo. Frente al español se ha preferido el inglés, un idioma quizá menos sexista pero que en esta fórmula incluye una responsabilidad única e íntimamente masculina. Mucho está tardando alguien en decir que las mujeres también se espatarran. O por lo menos que lo hacen de otra manera, pero para lo que deberían estar los ayuntamientos es para promover el civismo, tanto si es un fenómeno propio de un régimen heteropatriarcal o el resultado de una mala educación, cansancio o mero pasotismo ante la vida. A mí ya me da igual que sea por las piernas abiertas, por una mochila, por un bolso o por las bolsas del Bershka. Respetemos el espacio vital.

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Pensamiento único, por José Luis González Vera

La Opinión de Málaga, 12.06.2017

La semana anterior, para anunciar la consulta sobre la independencia de Cataluña, el presidente Puigdemont instaba a rebelarse a los votantes contra el país del pensamiento único, en referencia el estado español. Así están las cosas, según sentencia de filósofo de codo en barra. Recuerdo una columna que Alfonso Canales publicó en este periódico en la que centraba los tiros sobre la, entonces, reciente manía idiomática de comenzar cualquier frase con la muletilla “la verdad es que”, como si el hablante tuviera que exorcizar la tentación de mentir en cada afirmación. El poeta se habría horrorizado con la actual variante de “en verdad” con la que todos los jóvenes, comprendidos hasta los 53 años que profeso, inician el discurso. También recuerdo otro magnífico texto de mi querido Álvaro García en el que abordaba el tema de referirse “al tema” para introducir cualquier tema. El tema es que son modas que, como el prêt-à-porter, pues eso, unas quedan al fondo del baúl y no regresan, mientras otras conocen una especie de reencarnación crónica, como las gafas de pasta o esas horribles sandalias romanas. El idioma tiene sus manías. En ocasiones, el vocablo al uso vuelve a la vida pero como un zombi, esto es, sin su alma originaria. Existe, oímos su sonido pero, en realidad, ya es otra palabra con un significado, un alma, diferente; en la mayoría de las ocasiones, debido a intereses de uno u otro tipo. Eso que los filólogos llaman en su jerga, las connotaciones. Así, el término “fascista”, a modo de revancha histórica, cuando se arroja provoca ahora parecidos efectos a los de “rojo” durante la dictadura. Yo oí a un camarero que se quejaba del vecino que protestaba su volumen de música a las tantas de la madrugada mediante el breve descalificador que lo señalaba como fascista. Dícese del ciudadano que pretende dormir en su propio domicilio. Discusión zanjada tal y como en la posguerra alguien soltaba por los mentideros del pueblo que fulanito era un rojo y la brigadilla se encargaba de eliminarlo y arruinar a la familia. Rojo, dícese de quien tiene algún bien de interés para alguien.

La precisión en el uso de las expresiones es importante por aquello de entendernos y comprender el mundo que nos rodea sin que amanezca como un trampantojo perpetuo. El tema es que, en verdad, uno puede acabar viendo fascistas o rojos en todos aquellos semejantes que nada tengan que ver con una u otra ideología. Y aquí llega lo del pensamiento único. Siempre que he oído al alguien acusar a otros de estar poseídos por eso del pensamiento único, así sin una definición previa de qué oculta tal sintagma, es porque no pensaban como el amo del dedo que señala. El pobre éxito de lecturas, Carlos Marx, tan inspirador de ventoleras en su nombre, avisaba de que la ideología es el peor enemigo de la idea. Diógenes, el perro, buscaba a algún hombre razonable con un farolillo encendido en mitad del día por las calles de Atenas. Descartes comienza dudando de todo para iniciar su método de pensamiento. Kant dedicó su vida entera a ordenar sus ideas por unos caminos que considerara adecuados. Perdón por la andanada de nombres. Estás con una cerveza en la mano, charlando de la nada y cualquiera se atreve a espetarte en las narices que tal o cual opinión la emites porque estás preso del pensamiento único, como si el pensamiento pudiera ser único, según su propia y libre condición. Pues ahí queda ya otro político que arenga contra el pensamiento único que, en este caso, por fin descubierto, oh milagro, coincide con unas determinadas fronteras y una serie de ideas que no militan en la ideología con la que él maneja la realidad que se le presenta cada mañana. A pesar de mi juventud, arriba manifestada, en verdad la vida me ha enseñado a desconfiar de esos salvadores que aparecen con una fórmula mágica en una chistera, por lo general, tapizada por la desconsideración hacia quienes están inmersos en ese indeterminado pensamiento único, siempre muy distante al de quien lo invoca. Esas modas discursivas nunca son inocentes.

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El castillo, por Antonio Soler

Sur, 11.06.2017

Susana Díaz, que siempre dijo que estaría donde le dijeran los suyos, en la cabeza o en la cola del tren, ha decidido que de no ser conductora, su sitio no está ni en la cola ni en la butaca de ningún tren sino en lo alto de una colina y dentro de un castillo. De modo que ha reformado su Gobierno con peones, torres y alfiles que hagan más sólidos los muros de su fortaleza. Por fin, tal como le pedía la oposición, parece que se va a centrar sólo en Andalucía. Un Gobierno fuerte para un invierno duro y de duración imprevisible. Hombres y mujeres con el aliento renovado para hacer una larga travesía del desierto. Aquellos acompañantes con agujeros en las sandalias o señalados por la plebe han sido abandonados en la orilla del camino a la espera de que un generoso coche escoba los instale en cualquier torre de marfil con vistas al poder.

Susana Díaz no ha atendido ni a la paridad de género ni a equilibrios territoriales. Lo único que en esta ocasión parece haberle interesado es la efectividad, el blindaje. Ante esa actitud cabe preguntarse qué habría ocurrido si en vez de a la cola del vagón, el revisor de las bases le hubiera señalado el mando del convoy socialista. ¿Se habrían producido estos cambios o el estado de euforia permanente y triunfalista de doña Susana habrían hecho continuar un Gobierno que ahora, sola frente al espejo, se le ha antojado anémico? ‘Andalucía primero’ parece haberse dicho en clara sintonía con aquello que parecen dictarse a sí mismo los líderes del mundo.

‘Andalucía primero’ o ‘Andalucía lo único’. Roto el cuento de la lechera de Ferraz, Andalucía es el inmenso salvavidas, el virreino hinchable que se le ofrece a Díaz. Y no va a permitir que se le vaya el aire por ningún poro. Ya anuncia un tiempo de nuevas políticas, giros que traerán a la comunidad más ecuanimidad y más justicia distributiva. Alumnos pobres en los campus universitarios, hospitales y asistencia sanitaria más equitativa para todos. Un PSOE-A más blanquiverde, más aceitunero y más altivo. Y más trianero. La periferia de Sevilla ve mengüado su poder. Los sesudos del análisis lo atribuyen a una posible estrategia de cara a los congresos provinciales y a una renovación generacional. A saber. Lo que sí está claro es que Susana Díaz se atomiza, se repliega sobre sí misma para hacerse más fuerte, probablemente más eficaz. Y que en ese proceso de concentración Málaga pierde poder y queda representada con una sola consejería en el nuevo Gobierno. Algo que muchos atribuyen a la influencia menguante de Miguel Ángel Heredia, incapaz de hacer valer la voz de una provincia que es el principal motor económico de la región y que históricamente pertenece al graderío de sombra de la Junta. Sea como fuere, tras la remodelación se atisban muros más gruesos y más altos. Y a la oposición, como el agrimensor de Kafka, sin poder traspasar nunca el umbral del castillo.

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La feria jibarizada, por Alfredo Taján

Sur, 01.06.2017

Se produce una extraña similitud entre las caravanas de los hombres azules, los tuaregs y nosotros. Pero los tuaregs cortejan el desierto dejando ver sus ojos profundos, y nosotros, menos valientes, ni siquiera enseñamos los ojos, protegidos por gafas de sol, contra la luz de Málaga, luz cegadora. De esa forma, llegamos a la plaza de la Merced, uno de los emblemas del liberalismo español, donde se alza un obelisco que nos recuerda a nuestra abnegada ciudad como la primera en el peligro de la libertad. Antes de acceder a la plaza llevo a mis invitados a ver una placa que pusimos en honor a la escritora Rosa de Gálvez, que vivió por aquí, y hoy es negada en una estatuaria. A veces, las ciudades se comportan como madrastras de cuento, y las madres que se comportan como madrastras de cuento son las peores.

Avanza la caravana y por fin, con el terral a cuestas, invadimos las exiguas casetas que componen la Feria del Libro malagueña 2017. Me alegra que un espacio transitable por antonomasia como la Merced acoja la feria de los libros, lo que no me gusta tanto es que se haya convertido en una feria jibarizada, porque hay que escribirlo: la feria del libro sigue siendo digna y seguimos luchando por su supervivencia, pero ha quedado reducida a la mínima expresión. No es justo que una ciudad como Málaga, capital de la literatura, carezca de una representación más holgada. Me pregunto dónde se encuentran tantas librerías, editores y libreros que antes defendían con uñas y dientes una iniciativa que en su momento fue una de las más destacadas de este país y hoy no pasa, al margen, insisto, de loables y denodados esfuerzos, de ser un testimonio. Tampoco sé si lo que falla es la concordancia de las distintas administraciones o el modelo elegido para gestionarla. Tengo la sospecha de que, como siempre, se han unido todos los factores contra la cultura, contra el libro, a favor del lento declinar de las especies. Borges aseguraba que el hombre desciende del mono pero que también se dirige al mono, en esta cuestión, como en otras, Borges siempre tiene razón.

Con el terral a cuestas hablamos de Cien años de soledad en mitad de la plaza, junto al obelisco a Torrijos. Hace cincuenta años que, tras la defección de Carlos Barral -no importa si la leyó o no, la verdad es que no la publicó- el gallego Francisco Porrúa tuvo el valor, y el acierto, de editarla y así convertir a García Márquez en uno de los escritores clave del siglo XX. Una señora con bastón que ya debía haber cumplido los treinta en 1967 se me acerca y me dice: «Mire, Taján, he venido hasta aquí a pesar de este calor infame, he venido por Cien años de soledad y por los libros, sobre todo por los libros». Pienso que se puede extirpar la ignorancia pero no se puede hacer nada en contra de las condiciones climáticas.

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El mapa de Picasso, por Guillermo Busutil

La Opinión de Málaga, 10.06.2017

Picasso todo lo vale. La firma a pie de cada obra o a su espalda. Su imagen de minotauro con una camiseta marinera, ensimismado en un lienzo en construcción, trazando la rúbrica en un espejo, jugando de padre o haciendo travesuras experimentales. Sólo nos falta su voz para completar la mitomanía que no ha dejado de provocar el talento, la vida, la producción artística de un genio que seduce por igual a críticos, público, millonarios, ladrones, coleccionistas y a jóvenes creadores que todo lo desacralizan. Picasso siempre es noticia entre todos. Lo mismo aparece en una subasta de Christie´s del pasado mes de mayo y en la que obtiene 41 millones de euros por Mujer sentada, vestido azul, una abstracción picassiana de Dora Mar en bikini de playa, que la policía lo salva del contrabando y del naufragio en un yate de un apellido de la banca que navegaba la intimidad azul de contemplar la bella Cabeza de mujer joven. Los ensimismados del arte tienen esas pasiones solitarias. Jacques Lacan se encerraba en una habitación de su casa para pensar el nacimiento del mundo frente al sexo femenino de un cuadro de Courbet. Jaime Botín disfrutaba de Picasso en la privacidad de las aguas internacionales, hasta que lo han detenido por intentar brindarlo supuestamente en la Suiza de las cajas secretas. O quizás venderlo a uno de esos coleccionistas de guantes blancos y dinero sin huella. Otros, en cambio, prefieren velarlo en el patio de una casa de la malagueña calle Beatas. Picasso hiperrealista y amortajado en poliéster, fibra de vidrio y poliuretano en la capilla ardiente de la Alianza Francesa. Su autor Eugenio Merino, junto con Los Interventores, invita a los visitantes a que reflexionen sobre la instrumentalización de la figura de Picasso con fines comerciales. Quién sabe si, además de la pieza y del folleto que cubre el trayecto desde su lugar de nacimiento, su museo y su cuerpo presente, el proyecto termina con la venta de merchandising: camisetas de rayas blancas y azules horizontales, pantalón marfil y zapatos negros. La verdad es que frente a la obra de 1.64 metros de estatura yacente, su realismo es palpable. Y viéndolo dan ganas de acercarse a su museo de Málaga.

Siempre que alguien importante se muere o nos recuerdan el aniversario de su nacimiento, a uno le entran ganas de revivir su obra. Sucede habitualmente con los escritores. Fallecen y el óbito nos empuja a las librerías en busca de sus obras emblemáticas. En Málaga ha ocurrido esta semana con el heterodoxo Juan Goytisolo. Lo malo es que la Feria del Libro es como una pequeña reserva india en la plaza de la Merced, bajo un sol de imperio y un cuadrado sin número áureo. Es difícil en esta feria de Wolfe, que no cesa de caer en picado, encontrar libros de este intelectual rebelde contra los convencionalismos y los prejuicios, con una lúcida prosa cervantina y una literatura de periódico en defensa de las bibliotecas destruidas por la guerra y de cualquier cultura estigmatizada por el atávico miedo. Tampoco hay apenas ejemplares de autores de literatura reconocida ni apenas ambiente de encuentro. Los únicos felices son los autores que se auto publican.

Menos mal que lo de Picasso es más fácil. Su museo merece siempre la pena ser visitado porque cada vez supone un nuevo descubrimiento. La mirada nunca es la misma, y contemplar sus recién estrenados fondos es un disfrute en el que es raro no descubrir algo nuevo en muchas de sus obras. Y también para aprender o deleitarse, en los casos de adicción al arte, con sus exposiciones temporales. La última enmarca a La Escuela de Londres, una muestra organizada por la pinacoteca malagueña en colaboración con la Tate Gallery, que reúne 90 obras de un grupo de artistas que hicieron del cuerpo, como sujeto e identidad, una fascinante lección de la naturaleza del dibujo, de la carnalidad del tiempo, de la afirmación de la realidad y su emoción a través de la figura humana, el paisaje urbano y el entorno cotidiano de lo personal y lo internacional. Audaces y a su aire, en una época en la que el mercado apostaba por la abstracción, sus trabajos son una extraordinaria enseñanza acerca de la magia del dibujo como pulso, levedad, y trazo de la creación en libertad, y también de la pintura como construcción, textura, peso e indómita fuerza germinal. Aquel grupo, bautizado en 1976 en la exposición The Human Clay en la galería Hayward de Londres, estimuló un intercambio de miradas y una fecunda competitividad pespuntada de admiración, de parecidas obsesiones personales, de preocupación por acontecimientos frente a los que adoptaron posturas éticas y criterios estéticos cercanos al informalismo, al pop art, al expresionismo abstracto y a la nueva objetividad.

Desde el inicio de la exposición, el encantamiento de las piezas anima al visitante a concentrarse en la exquisita belleza de lo sutil y de la perfecta precisión del dibujo en cada obra de William Coldstream; en la encarnación del vigor pictórico del paisaje en los lienzos de David Bomberg, maestros de los miembros de La Escuela de Londres que inicia su colectiva con la sorpresa de la mirada ante la joya que es la pieza de un perro de Francis Bacon, inicio de su gesto plástico sobre el tormento y la búsqueda de liberación, y en la que resulta admirable su composición del horizonte. Este primer Bacon, innovador en el retrato psicológico en el que están presentes el grito, la animalidad interior y el abismo, con ecos del dramatismo expresionista del cine de Eisenstein, y las primeras indagaciones en la viscosidad y crudeza del color, resulta mucho más potente y admirable que el de sus posteriores fragmentaciones de pinturas sobre la violencia del cuerpo, la sexualidad y la metamorfosis, que recuerdan a Oscar Wilde ” cada hombre mata lo que ama”, resueltas como seriaciones de marca. Esa misma libertad pero más juguetona e intelectual adquiere una magia especial en las pinturas de Ronald B.Kitaj, admirador de Cezanne y de Matisse, que transitan entre el cartelismo, el collage sujeto a una equilibrada composición aparentemente desdeñada, a la euforia del color y a la sensualidad y erotismo del pastel. Técnica del maravilloso lienzo en el que rinde homenaje a Romero de Torres y a Coubert con el descaro de un protagonista sexo femenino. También es muy evidente la idea de Kitaj de que fuese posible inventar en pintura un personaje, una personalidad, de la misma forma que eran capaces de hacerlo los novelistas.

La embriaguez de la oferta expositiva exige lentitud, que el visitante se tome tiempo en apreciar los cuadros que lo reclaman. Le sucede a la mayoría del público con Lucien Freud y su concepción deleuziana de la verdad desnuda de la intimidad de los cuerpos en instantes de abandono, de agazapada pulsión sexual y vulnerabilidad. La pintura como carne y como construcción, susurra Freud al introducir en uno de los cuadros la mesita con los pinceles. Un existencialismo humanista que atrae y perturba al espectador frente a sus cuerpos a solas con su sombra. Hipnótica también es la densidad de la gestualidad cromática de Auebach; los insólitos ángulos de Kossoff con los que retrata la iglesia londinense de Christchurch; la calidad escultórica de la contenida emoción de los cuerpos de Euan Uglow o las inquietantes atmósferas del color en las fábulas de Paula Rego. No se pierdan en la última sala la obra en papel: el dibujo es el alma, la pintura el corazón.

Qué envidia que no le ocurra a uno como a Stefan Kasper, visitante 10 millones del Rijksmuseum de Ámsterdam y ser invitado a pasar la noche y descorchar una botella de champán, no frente a La ronda de noche de Rembrandt, sino ante cualquiera de los cuadros de esta exposición. O de los fondos de un museo en el que cada muestra temporal es la equis de un tesoro en el mapa de Picasso.