Páramo, por Antonio Soler

Sur, 24.08.2017

Agosto tiene en esta ciudad un doble fondo. Si en todo el país este es el mes del vacío, en Málaga los días posteriores a la feria se hunden en algo parecido a la nada. Después de esa alegría colectiva que tan parecida a un impulso devastador, llega una calma con tintes de desolación. Huyen los políticos locales después del balance feriante, desaparecen los agitadores sociales y, a la espera de que el fútbol y la liga se conviertan en asunto central de la vida, todo queda en manos del azar, de lo que nos deparen los sucesos, los terremotos italianos o el balance de ahogados o mujeres asesinadas a manos de sus parejas. Este año se suma al vacío la trágica resaca del terrorismo.

El idioma en que hablan los policías y las condecoraciones a repartir entre las distintas fuerzas de seguridad se convierten en las últimas espinas del gran drama mientras vamos sabiendo cómo y por qué actuaron del modo que lo hicieron los asesinos de las Ramblas y Cambrils. Los muchachos de la CUP culpan a Felipe VI de ser responsable indirecto de lo que lo que allí ha sucedido. A él y al Gobierno del PP. Se supone que cuando llegue la ideal y espumosa república catalana el pequeño país no mantendrá relaciones diplomáticas más que con quienes los dirigentes de la CUP digan. Países del golfo Pérsico y, por qué no, Estados Unidos, pueden ser declarados non gratos. Al hilo de la sangre todos nos volvemos estrategas. Se buscan culpables colaterales, como si los asesinos de las furgonetas y los cuchillos fuesen simples marionetas sin voluntad.

Los hilos, eso es lo que la CUP y también los ciudadanos atiborrados de telediarios, tertulianos y retales informativos, desean desentrañar. Y mientras, a modo de vacuna adulterada, se propaga la islamofobia. Moros asesinos. Pintadas en las fachadas de negocios de marroquíes en Cataluña y también en Andalucía. Todos moros y todos presuntos terroristas. Guerra de religión. El efecto perseguido por los yihadistas es exactamente ese. Volver a las cruzadas. Un dios por encima de otro dios, una raza por encima de la otra y la culpa rebotando de una pared a otra en un frontón interminablemente sangriento. Algunas de las personas que dejan velas, flores y carteles en las Ramblas nos dicen que no tienen odio. Tendrán carne de santos. Uno sí odia. Clara y rotundamente odia a esos asesinos que atropellaron al niño australiano, a los turistas italianos, a las mujeres que paseaban libremente en un país libre y laico. El error tal vez es que el odio se salga de su cauce, que se derrame, que pierda concentración y se convierta en un arma más en manos de los asesinos. Odio cristalino y diáfano acompañado del deseo de una Justicia alejada del talión, no divina sino terrenal, cívica y firme. Una luz en el páramo, en esa tiniebla enturbiada de rezos asesinos, imanes amantes de la yihad, la sangre, las huríes y toda su colección de supersticiones medievales.

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