Pensamiento y ficción en José Luis Sampedro por Morales Lomas

Humilde y errabundo, hombre de paisajes fronterizos y actor furtivo en la literatura (al margen de camarillas y corrientes), José Luis Sampedro es un homo oeconomicus en un paisaje transfronterizo y literario. Literatura y economía, acaso ficción y vida, acaso develamiento último del creador, que, en su afán por revelar en su obra la raigambre de la autenticidad, conquista mundos verdaderos y probables. Aunque sea a la vez muy consciente de que su relación con estos está condicionada por esa incapacidad manifiesta para abarcar todas las dimensiones posibles.
Tánger, años veinte, fue la infancia, quizá una gran mentira de sueños idolatrada. Lugar de encuentros, cosmópolis, linde, espacio fabuloso, una auténtica alianza de civilizaciones y una escuela de tolerancia. Allí se fue forjando su espíritu de hombre que aspira a conocer el mundo desde su diversidad y riqueza multicultural.
Más tarde, a los dieciocho años llega a Aranjuez, y la historia se adueña de su espacio vital, un símbolo para comprender el pasado o para engendrar los mitos cotidianos que llegan desde este con aromas, con murmullos, con voces de aves, con “crujidos de hojas caídas como rumor de pasos furtivos y ecos de misteriosas profundidades”, como dirá. Y añade: “Entonces sólo aspiraba a ser un escritor de segunda. Y pensar en eso ya me hacía feliz”. Será allí, en Aranjuez, cuando comience a escribir narrativa y a interpretar y a crear su mundo, a caballo entre la realidad y la ficción, consciente de que la novela siempre “despliega la inapelable verdad de su autor, que la ha vivido al crearla, para que se haga verdad también en los lectores”.
Y comenzarán a engendrarse y desmenuzarse ambos mundos: el fronterizo y el central. El primero como un canto a la búsqueda, fundamentalmente bifronte, e instalado en la ambigüedad. El segundo, estable, resistente a esa movilidad, guardián de la tradición. Ambos modos de vida, el central y el fronterizo, coexisten. Pero entre ellos también hay zonas convergentes y transitorias, aunque lo importante, en última instancia, es “ser lo que se es con dignidad, entendiendo la dignidad ajena”. Un centro que se hace cada vez más norte y una frontera que amaina en el sur como la sístole y la diástole de nuestro mundo.
José Luis Sampedro es un humanista que cree profundamente en la fortaleza del ser humano y la necesidad de su protección absoluta y, en consecuencia, en aquel aserto de los griegos de que “un hombre es la medida de todas las cosas”. Un hombre y una mujer, habría que añadir para valorar en su realidad inmanente. Un inmenso humanista que considera que estamos entrando en los años de la barbarie como en aquel poema de Kavafis y para el que la literatura era y es algo irremediable, a la que lleva la vida, forjándose desde entonces una urdimbre imposible de romper.
No algo ajeno a la economía, a la que considera una ciencia social que estudia los comportamientos humanos; y se preguntaba, ¿y qué si no es una novela? ¿No es esta una cuestión de comportamientos? Y añadía: “Yo soy un economista social y el escribir con facilidad me ha ayudado a hacer más legibles mis obras de economía; y el saber de la economía me ha permitido hacer más sistemática mi preparación, sobre todo en la estructura de mis novelas”.
Pero, mayormente, José Luis Sampedro es un magnífico conocedor de la lengua española y de los recursos que han de ser puestos en funcionamiento para darle mayor verosimilitud y fortaleza a los sentimientos y las sensaciones. La época actual, la fantasía, el erotismo, el mito… son elementos propios de una narrativa reposada e intelectual que emociona.

Quizá sean la estulticia y la brutalidad los escenarios humanos que más le han impresionado siempre y junto a ellos la alegoría con sus puertas de entra y salida, con sus ritos fronterizos. Puertas como objeto de vida y pálpito de una existencia. La casa de la ficción con muchas ventanas y sólo dos o tres puertas que dijo James Wood.
Dieciséis son su legado narrativo. Dieciséis obras que estremecen y emocionan. Un mundo novelesco coherente en el que el amor, la vitalidad, la comunicación, la solidaridad y los grandes principios que han forjado nuestra creencia en esa bonhomía o maldad del ser humano han estado presentes. Dieciséis perspectivas, dieciséis mundos muy diferenciados y plurales desde Congreso de Estocolmo (1952) hasta Cuarteto para un solista (2011) en colaboración con Olga Lucas.
La visión humorística y crítica llega desde la obra inaugural pero también la percepción de la naturaleza como espacio no resuelto y como sabiduría y vitalidad conquistada que corre pareja al amor del personaje y sus ansias de vivir. Con motivo de un viaje a Estocolmo en un congreso de economía, este pretexto le sirve para explicar la alienación en las sociedades contemporáneas, pero también bucea en algo que ha sido trascendental en su obra: el misterio de la vida y de la condición humana. Por una parte surge su actitud crítica y por otra a partir de las reflexiones de Espejo muestra su propia visión del mundo, como invariablemente ha hecho siempre.
Con frecuencia ha dicho José Luis Sampedro que su narrativa es el viaje hacia sí mismo. A través de los gancheros, el transporte fluvial de los troncos por el Tajo, crea un mundo particular y propio en el que sus ideas siempre están asidas al sentimiento último: la vida es más importante que la muerte; la naturaleza más todavía que el progreso. Un viaje que, en el guilleniano El río que nos lleva, precisa de esa relación de lo individual y lo colectivo. Paisaje de los madereros en el torno de los mundos propios e imaginarios de Paula y Shannon, en una soledad bipolar de naturaleza y cultura, campo-ciudad… Decía el crítico Quiroga Clérigo que “en ella mostraba el alma ibérica en su ruda y magnífica identidad como si cualquier momento de la vida fuera una aventura completa o una insinuación para seguir avanzando por el mar de dificultades que a cada minuto aparece frente al ser humano”.


Considerado como escritor furtivo, desde una supuesta marginalidad construye una obra acopiada por lo auténtico. Como sucede en Octubre, octubre (acaso su obra más ambiciosa y considerada una de las más importantes del XX), magma babélico de indagaciones, reflexiones certeras y suculentas vidas que van y vienen en un ciclo arácnido, como en esa malla alambicada de la existencia, donde el collage se organiza sobre las esencias de la enumeración desequilibrada y la alternancia o la oposición de motivos, o la morosidad de la teoría del conocimiento propuesta y esta toma de conciencia personal, de lucidez en el espeso paisaje del recuerdo de una formularia y falsaria educación, siempre superada por el descubrimiento de la realidad. Una novela también ávida de sí misma, de perspectiva y de reflexiones sobre la creación, como en tantas otras obras suyas. Organizada en diecisiete capítulos desarrollados cada uno en tiempos distintos en los que aparece Miguel, el protagonista de una parte de la novela, que escribe para conocerse a sí mismo cuatro versiones. Y también la relación con Nerissa en ese amor sublime. Pero son muchos más personajes, como Luis y Ágata… Esa necesidad de introspección ha sido algo que lo ha acompañado siempre: “El ser arqueólogo en los sucesivos niveles de mis galerías interiores. Llegar a saber quién soy pero sigo sin saberlo porque todavía estoy siendo”.
El mundo de Sampedro está como “fronterado”. Con palabras se construyen las puertas y ventanas de la literatura, como en La sonrisa etrusca, y ese símbolo de la sonrisa de los esposos que connota la existencia dual del protagonista entre el pasado y el presente, la memoria y la actualidad, lo agrario y lo urbano…, y donde la novela crece sobre el filo mismo de la realidad y la ficción mientras Salvatore reconstruye su enigmático mundo a partir del momento en que cercana la muerte, el anciano decide abandonar su aldea y andar por Milán a la espera de que esta llegue. Los recuerdos se acumulan y también esa enigmática sonrisa etrusca que procede de la escultura que conoce Salvatore y será un símbolo continuo en la novela como depositaria de la simbología de la muerte.
Aranjuez y El Real Sitio fue decisivo para su vida y por eso ha permanecido siempre en el corazón de su novela, a través de los sucesos yuxtapuestos de un pasado que aspira a ser futuro concedido, porque la humanidad avanza en espiral o en círculos concéntricos, como dijo en su discurso académico.
Y La vieja sirena, adicción a lo fronterizo, paisaje histórico de una Alejandría que quiere ser descubierta por esa amante de Ahram y Krito. Una civilización de fronteras, no sólo fronteras espaciales sino temporales. Pero fronteras para ser franqueadas, trascendidas, invitaciones a la posesión. Una novela con un trasfondo mitológico en la que surge como un gran magma la Alejandría histórica del siglo III d. C. Con ella quiso mostrar también el proceso de decadencia de la cultura egipcia frente a la fortaleza del imperio romano y el persa. Es la historia de la sirena Glauka que quiere perder su inmortalidad a cambio de la vida entre los hombres y el conocimiento del amor. Una hermosa metáfora histórica de la existencia en la que también se nos acerca a nuestro presente con esa denuncia de la corrupción, la pérdida de valores, el descontento y la inestabilidad.

En definitiva, la literatura de José Luis Sampedro de gran variedad temática y diversidad fabuladora, ha sido un viaje hacia sí mismo, un viaje para encontrarse con él pero también para ofrecer la dignidad del ser humano, su sentido último a cuanto le sobreviene, para comprender a los demás, para comprendernos a nosotros mismos.

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