Perfecta armonía, de José María Giménez Martín

Pasó cuando menos lo esperaba. Con la desidia típica de todo lunes, me dirigía al trabajo con la mente en blanco. Entonces ocurrió; aún no sé cómo, quizás por cederle el paso a una señora, no sé, pero te vi. Estabas ahí; a través del cristal del escaparate destacaba tu figura, tu elegancia, el color negro brillante que cambiaba de tonalidad según los reflejos de la luz. Tuve la seguridad de que serías carnoso, con estructura en boca y con cuerpo. No pude remediarlo, me pegué al cristal como el mocoso que ve un juguete nuevo. Al mirar el reloj comprendí que no podía entretenerme. Me propuse levantarme mas temprano para tener tiempo de observarte con calma.

Después de varios días de contemplarte, decidí indagar más sobre ti. Entré al establecimiento y discretamente conseguí saber tu edad; recordé que el año que naciste hubo sequía, como ahora.

Cada día que pasaba, al verte, aumentaba mi deseo; tenías que ser mío. Te imaginaba en casa, esperando que volviera del trabajo, te acercaría a mis labios, sabría sacar ese dulzor amargo que tanto deseo.

Mi constancia tuvo su recompensa, llegó el día soñado, te llevé a casa. Quise preparar algo especial para ti. Fue una cena inolvidable a la que diste el acompañamiento ideal, un maridaje con el que tanto tiempo soñé.

José María Giménez Martín

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2 respuestas a "Perfecta armonía, de José María Giménez Martín"

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