Pintores en su marco: Rafael Alvarado, por Antonio Abad

Rafael Alvarado

Como Lucian Freud, Rafael Alvarado pinta a la gente no por lo que quisieran ser, sino por lo que son o nunca serán.

Lo suyo es el retrato, el retrato social, la intensidad psicológica (o filosófica) de todos aquellos que han perdido su esperanza. Esta vez la pintura como instrumento, como reflexión, como compromiso. La taxidermia de la mucha soledumbre que nos rodea.

Alvarado

Rafael Alvarado traza con el carboncillo un perfil y surge un rostro, muchos rostros, una barca, un avión, un abuelo. El tiempo limitado en la confidencialidad de una escena. Grabados, dibujos, lienzos que escurren la angustia de los días por los orificios de la desesperación. Pinta el dolor, pero más que el dolor el misterio sangrante del dolor. Todo muy gris, opaquizante. Todo con la turgencia de un pigmento escarbado en las sombras de los desengaños. Como Solana. Como Goya. Seres que son de este mundo pero que parecen excluidos de él. Ojos oscuros. Cabellos ensortijados. Bocas que piden paz y justicia. Infinitas “balsas Medusa” navegando por el Estrecho de ninguna orilla. A golpe de telediarios, recortes de periódico, twitter, facebook y algunas fotografías de vallas y pateras. La historia interminable de la inmigración. El grito y la mirada del “otro”. Sucesivos acordes de una música oscura que nunca se oye ni tampoco se mira. Eso es lo que nos pinta, todo lo que está detrás de lo que nadie ha visto o ha querido ver.

Antonio Abad

 

 

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