Poesía, ciencia, religión, por Francisco Fortuny

Es evidente que antes de la invención de la escritura, allá por el 3.000 y pico antes de nuestra era, la de Cristo, en el remoto Súmer de la Mesopotamia (Irak hoy día), no existían, ni podían existir los escritores; del mismo modo que antes de la invención de las letras llevada a cabo por los fenicios o sus parientes canaaneos u otros semitas de la zona, en (amplio) redor de lo que hoy es el Líbano, allá por el 2.000 y pico antes de Cristo, o sea, de nuestra era, no había, no podía haber literatos ni literatura.

Pero poetas, sí.

Parece ser que desde el mismo momento de la aparición del lenguaje, allá por los recónditos tiempos de la hominización, mucho, muchísimo tiempo (entre 4 milloncejos de años y 40.000 antes de Cristo -pero dentro de nuestra era, la humana-), el homo, el ser humano, el ántropo tuvo, debió de tener, no sólo oído semántico, sino también musical: el ántropo cantaba.

Fue poeta.

Cantando contaba historias sobre los memorables hechos de los antepasados míticos (no legendarios: aún no se había inventado la lectura), todos ellos heroicos, y sobre otro tipo de antepasados imaginarios que superaban a sus héroes en grado y calidad: dioses o númenes que eran padres y madres –o abuelísimos- de todos y de todo y que, pese a su larga edad, seguían vivos y jóvenes, porque eran inmortales, porque no adolecían de las limitaciones que sufrimos los indignos humanos. Los poetas imaginaban símbolos metafóricos que, desarrollados en una narración prosopopéyica, daban voz y personalidad a todos los elementos y fuerzas de la Naturaleza.

Luego aparecieron los sacerdotes. Y surgió la escritura. Y las letras. Y los sacerdotes se incautaron de los mitos de los poetas y se quedaron con ellos y los pusieron por escrito, reduciendo la “legendariedad” mítica (valga el oxímoron) a letras, y lo que en un principio fue sólo “digno de ser leído” (: leyenda) pasó a ser literalizado, id est: fijado para siempre en una versión rígida y encima interpretado en su sentido literal, al pie de la letra, cargándose lo que de que de poesía había en ellos: su sentido figurado. Porque los poetas hablaban o cantaban con figuras poéticas y los sacerdotes pretendían que aquel cuento fijado con su innovador sistema mnemotécnico de signos fuera creído a rajatabla por los miembros de la comunidad: habían nacido los dogmas. Y así empezó una de las imbecilidades más crueles de la historia de la cultura. En terminología de Castoriadis, se creó una clausura que sólo se quebró con el advenimiento de la filosofía de mano de los presocráticos.

Pues bien: entre los primeros físicos -y metafísicos- hubo poetas. Poetas como Empédocles, Jenófanes –¡y Parménides!- que escribieron largos poemas didácticos titulados Peri Physeos, que querían explicar el verdadero funcionamiento -y ser- de la Naturaleza haciendo uso de la Razón, porque los mitos no daban verdadera razón de la Misma. Esa tendencia culmina en latín con el De Rerum Natura de Lucrecio. Los átomos de Epicuro, y de Demócrito y Leucipo, se habían convertido en tema de poesía.

Y vino -y vio- y venció el Cristianismo. Y ya no sólo las religiones antiguas con sus mitos cayeron en descrédito, sino también buena parte de la ciencia de los antiguos ardió en las hogueras eclesiásticas.

Se había producido una nueva clausura.

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Galileo Galilei (Retrato de Domenico Crespi).

Pero la ciencia renacería, si bien a contrapelo de la religión, y si no, que se lo pregunten a Galileo, y ya hacia el final del siglo XVII empezaron los poetas a cantar la belleza de la ciencia. Y ejemplo paradigmático de ello pueden ser los famosos versos Alexander Pope dedicados a la obra científica de su amigo Newton.

Años después allá, por el XIX, la ciencia empezó a ser de tan patente eficiencia que ahora empezaron a caer en descrédito los mitos del cristianismo. Ejemplo emblemático: Darwin convirtió en mera leyenda la literalidad del cuento de Adán y Eva.

Y hasta en España, país científicamente retrasado, se escribieron poemas cuyo tema era de carácter científico. Y ejemplo entusiasta de lo dicho pueden ser los poemas de nuestro Melchor de Palau, que en sus Verdades poéticas nos regala títulos tan significativos como “Poesía y ciencia” o “A la geología”, sin olvidar, o mejor dicho, con el deber de recordar nombres que desde el XVIII están componiendo poemas más o menos largos sobre el tema que nos ocupa. Así -aparte de la versión en endecasílabos que el abate Marchena hace del poema de Lucrecio, cuyo término “religio”, negativo para el romano, traduce el afrancesado revolucionario, un tanto mojigatamente, por ”fanatismo”- podemos citar, con independencia de su calidad poética, ejemplos representativos como el “Poema físico-astronómico” de Gabriel Ciscar, “La ciencia propagada” de Buenaventura Carlos Aribau, “El Universo” de Carlos Ferrer, “La Naturaleza” de José López Montenegro o los poemas sobre ecuaciones matemáticas de Serapio Pujadas.

No obstante, además de este entusiasmo por lo científico manifiesto en los citados poemas, también hubo poemas problemáticos, esto es: que veían el éxito de la ciencia como un problema, habida cuenta de que se pensaba que si se aceptaba la verdad científica, la verdad religiosa quedaría en entredicho, lo que, por una parte podría tener trágicas consecuencias sociales, dado que se llegó a creer que el pueblo no tendría ya razones metafísicas para la moralidad; y, por otra, porque muchos poetas sentirían, tras esa cientifista “muerte de Dios”, vértigos pascalianos: tamaño era el abismo de orfandad cósmica que creían ver abierto por los nuevos descubrimientos: se pone de moda el tema de la duda, que culminará en la obra de Unamuno, previo paso por un ejemplo destacado: las congojas socio-metafisicas del vociferante Gaspar Núñez de Arce; y pasando también por un ejemplo disidente: la poderosa ironía de Joaquín Mª Bartrina, ateo y materialista de pro.

Pero se sabe que en el siglo XX el paradigma científico decimonónico, justamente llamado newtoniano, fue, más que superado, engullido por un nuevo paradigma. Con las dos relatividades de Einstein y con los hallazgos de la mecánica cuántica nace la llamada teoría estándar que nos da el modelo de una nueva cosmología: la del famoso Big Bang y la expansión del universo, teoría que se topa con un origen del cosmos muy problemático: el universo, con todo lo grande que es, nació del vacío cuántico y pudo estar todo él contenido en una singularidad: un punto de volumen cero pero densidad infinita.

No es de extrañar que la religión, o mejor dicho: los religiosos, hayan visto en esa autocreación del universo una manifestación de la presencia de Dios en el proceso evolutivo cósmico. Ejemplo ejemplar: el nicaragüense Ernesto Cardenal, monje trapense comunista y guerrillero y ministro sandinista, que a su modo semi-vanguardista pound-eliotiano ha fundido mística, ciencia y poesía en una especie de divina comedia modernísima: el Cántico cósmico.

Sin embargo, puesto que la fe es la consecuencia de una libre elección personal y jamás un método de conocimiento como lo es la razón y el método científico, muchos son los hombres de ciencia actuales que, llegados a su disciplina como consecuencia de una búsqueda de la verdad real, objetiva, se niegan a aceptar una visión de la ciencia en la que haya un lugar para la existencia de un Dios creador.

Recientemente el afamado cosmólogo Lawrence M. Krauss (Un universo de la nada, Pasado y Presente, Barcelona, 2013), avalado y apoyado por ese fanático del ateísmo militante que es el no menos afamado biólogo evolucionista Richard Dawkins, se ha empeñado en argüir y defender, de forma nítida y racional y razonable, basándose en descubrimientos científicos de vanguardia, cómo la sola ciencia de la física puede explicar, sin intervención divina alguna, el hecho de que el universo, con todo su espacio y tiempo y materia y energía e información y vida y pensamiento y cultura y etcétera, puede haber surgido de la pura nada precósmica: la hipótesis, dice, de un dios creador se vuelve innecesaria, cuando no redundante.

Y a mí me ha convencido.

Pero:

1º) ¿Quién le ha metido en la cabeza a mister Krauss la idea de que Dios necesite ser cósmicamente necesario, o humanamente necesario, y qué necesidad tendrá Dios de resultarle necesario a las explicaciones científicas o, en última instancia, a la explicaciones que necesitan el sr. Krauss o al sr. Dawkins para construir su visión del universo?

2º) De la redundancia suele pensarse que es innecesaria; pero lo cierto es que, en muchos aspectos de la naturaleza, la vida y la cultura, no lo es: en el acto de comunicación –algo necesario para la supervivencia incluso de las procesos físicos oficialmente no vivos, valga la paradoja-, el aumento de entropía inherente a toda trasmisión de información acabaría con la inteligibilidad de todo mensaje, si no fuera por las redundancias que, añadidas por el emisor, sirven para mantener claro el sentido y la coherencia semántica, no sólo del texto (sea lingüístico o meramente físico) trasmitido, si no de la sociedad que lo utiliza. Y

3º), dada una nada capaz de crear desde sí misma un universo tan enorme y armónico (tan desproporcionado y proporcionado, valga la paradoja) como éste, ¿qué nos impide creer que, verosímilmente, esa nada tenga, contenga, consista en la desproporcionada (caótica, simétrica) y proporcionada (ordinal, cósmica) Naturaleza propia que la tradición atribuyera siempre a la Divinidad?

Buda lo intuyó: el Vacío es Todo. Lao, también: el Tao es la integración de los contrarios: el Todo y la Nada son Uno. El predicador budista Bodhidharma, al llegar a China se encontró con el taoísmo e inventó una síntesis, o creó una sincresis, que dio lugar al Chan y, en Japón, al Zen, filosofías donde vale la paradoja

O sea: la idea de un Dios inexistente pero verdadero (como también predicara en su día el gnóstico Basílides) ya fue formulada en los viejos tiempos, y no se le cayeron los anillos al señor de los mismísimos.

Y es que las dos posturas son fideístas. El creyente cree que Dios es (más que) todo y el ateo cree que Dios es (menos que) Nada.

Quizá la ciencia moderna nos esté indicando que a nosotros también nos toca hoy realizar otra síntesis, o sincresis.

Porque en verdad os digo que nadie puede vivir sin su fe, por lo que dicha cosa o “entidad” llamada fe sí que es necesaria, incluso si el objeto de la creencia es la inexistencia de Dios.

Después de todo, la existencia y su opósito son sólo conceptos humanos, y Dios, exista o no, no cabe dentro de tan minúsculos conceptos.

Pero hay que vivir en libertad (curiosa, divina paradoja: la libertad no es sólo un derecho: es nuestro sagrado deber), porque sin libertad la vida es una muerte en vida, y las libres elecciones personales son necesarias para su sano y ético ejercicio.

Y servidor, personal y libremente, hace ya tiempo que eligió, en vez de una de las vías (elección relativa, restringida), ambas a la vez (elección absoluta, libertaria): igual que las onda-partículas cuánticas, la doble vía, la Vía de la Síntesis sincrética. No me conformo con ninguna simpleza maniquea que sea o haya sido tantas, demasiadas veces, razón para el conflicto: la guerra, la opresión, el crimen: la Injusticia.

Dios es Nada (o Nada es Dios) parece ser que viene a ser lo mismo que decir la Nada es el Creador -al que dijimos Dios-, o el acto de Creación (o, mejor dicho con un cultísmo de origen griego, Poesía).

En vez de con palabras, el universo es un Poema hecho de información, materia y energía, y de nada.

Y muchísima Gracia.

Francisco Fortuny de Los

Escritor y doctor en Filología

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