Relato Entrelíneas: El serrallo, por Manolo Mellado Torres

Siempre me había atraído Marruecos. Quizá por la impronta de europeidad dejada por franceses y españoles en algunas de sus ciudades; los sentimientos, mezcla de tragedia y alegría del Mediterráneo profundo; la amalgama de gentes influidas, ya fuera por la tradición de relativo albedrío de sus zonas montañosas o la cultura islamizante que emanaba del desierto. Sentía verdadera curiosidad, interés, por aquél pueblo. De mi niñez, aun conservaba las referencias a la temida Guardia Mora y la esporádica presencia en mi casa de algunos marroquíes que vinieron en los años sesenta a trabajar en el sector de la “construcción”.

Aproveché unas vacaciones veraniegas en la costa de Cádiz, para acercarme y disfrutar por las calles estrechas de alguna ciudad del Rif. Pasé a Ceuta en el primer barco de la mañana y arribé a media tarde a Tetuán. Me sentía emocionado por poder empaparme de la herencia de la que había sido capital del Protectorado y, antes, la ciudad de carácter más andalusí de Marruecos e, incluso anteriormente, destino de moriscos en los siglos XV y XVI.

Un sencillo equipaje me acompañaba: Una bolsa de lona azul colgada cómodamente al hombro (regalo publicitario de una marca de equipos electrónicos). Contenía unas mudas, dos camisas y unas sandalias. No necesitaba otra cosa: daría un pequeño paseo y buscaría algún hotel limpio y barato para pernoctar, no más.

Corría el año 1984 y estaba teniendo lugar una manifestación. En el momento en que recorría una estrecha calle del barrio de El Mellal, después de haber deambulado por el de Las Fuentes –Al Ayun–, barrio español por excelencia, la policía parecía decidida a cortar por lo sano lo que parecía una pequeña concentración juvenil –posiblemente estudiantes, a tenor de la vestimenta más cuidada que el resto de la población–. Como extranjero no parecía aconsejable inmiscuirse en modo alguno, pero la curiosidad me incitaba a no huir y quedarme hasta ver qué pasaba. Me refugié en un entrante de la pared –especie de ínfimo portal– para protegerme de los que escapaban y de la policía que les iba a la zaga. Una pequeña puerta de madera vieja y negra se abrió detrás de mí. Sin darme ocasión a reaccionar, una mano me agarró del brazo y tiró hacia dentro.

–Es muy peligroso permanecer ahí –me dijo una voz en francés, que mis pocos conocimientos en esa lengua no me permitieron entender, y luego en un buen castellano con inequívoco acento magrebí–. Esta concentración, que se está desarrollando en varias ciudades marroquíes, no tiene en principio más trascendencia, pero una vez que llegan a Tetuán se cargan de un componente local, debido al carácter autonomista de esta zona, y no se sabe nunca cómo terminarán.

Yo no acababa de entender; era evidente que no se expresaba con libertad, pero para mí era más que suficiente.

Durante las escasas frases que intercambiamos, otras dos mujeres se habían deslizado en silencio desde la sala contigua. Al igual que la primera, calzaban sandalias, se cubrían completamente con pantalones bombachos y vaporosas gasas de seda, cuyos faldones usaban a modo de velo ocultando parte de la cara, aunque la transparencia de los tejidos permitía adivinar el resto de sus facciones. Calculé que tendrían entre treinta y cuarenta años. La que me había hecho entrar era la más joven y se presentó como Aixa; Fátima era la más guapa y alta; y Marién la mayor y algo más rellenita, aunque, a mis ojos, no menos sensual y apetecible que las otras dos.

«Es curioso, visten como odaliscas, no usan los caftanes y babuchas clásicos de las mujeres marroquíes. ¿Qué es esto. Un burdel?». Casi decidí, sin dejar lugar a muchas dudas.

–Por favor, tome asiento. Tendrá que mantenerse aquí hasta que desaparezca el tumulto; en esta casa estará seguro –me indicó Fátima, señalándome un almohadón sobre una alfombra–. Nuestro marido está fuera y la azafata y resto de la servidumbre no tienen autorización para entrar en esta estancia ni en la contigua, si no se les ordena. Y la puerta por la que ha entrado usted sólo se puede abrir desde adentro.

Sus palabras cambiaron mi inicial estado de curiosidad, más o menos relajado, por una preocupación rayana en el miedo. Miré en derredor, fijándome en que me encontraba en una sala con algunas banquetas, mesas de té, cojines y “puffs”, distribuidos sobre el suelo, y una enorme cama con dosel cubierto de tul de seda. En las paredes, varias alacenas y un armario rompían en sendos puntos la estrecha cenefa con la que se pretendía evitar la uniformidad de todo el perímetro.

–Pero si vuelve su marido tendremos problemas: ustedes y yo –expresé torpemente, mostrando mi terror, cada vez más intenso.

–No, no se preocupe, no hay cuidado –intentó calmarme Marién–. Ha salido de viaje con su favorita; la más madura de todas nosotras, aunque hay que reconocer que es la más guapa del harén. Cuando se va con ella no tiene ninguna prisa por regresar. Y claro, mientras está fuera, nosotras no salimos prácticamente del serrallo –continuó, con voz suave y amable, pero que no podía ocultar un cierto enfado por mor del relativo desprecio a sus personas.

Pasada una hora Aixa volvió a asomarse agachando la cabeza bajo el alféizar y, con semblante serio, expresó que la algarabía no había terminado, por lo que tendría que continuar allí hasta el día siguiente. Ellas dormirían en una estancia que compartían en la parte principal de la casa.

No me fue fácil dormir. Las horas transcurrieron monótonamente, sin ninguna incidencia; aunque la tensión acumulada me hizo harto difícil conciliar el sueño.

Pasada la primera noche, alguna de ellas, si no las tres, ya a cara descubierta, acostumbraban a hacerme compañía en aquél cuarto. En uno de sus turnos, Fátima, acompañándose con un laúd, cantaba en beréber; del instrumento salía una melodía tal como: “si, mi, re, si, sol, la”. Me parecía familiar, sabía que la había escuchado, pero no he conseguido recordar de qué se trataba. El resto del tiempo transcurría parsimonioso. Ellas ocupaban la mayor parte del día en la parte más lejana de la mansión: bañándose en una pequeña pila, paseándose por los jardines, bordando, cantando o leyendo.

Permanecí medio secuestrado durante otros tres días más. En todo aquél período me aseguraban que, para comprobar el estado de los disturbios en las calles adyacentes, se turnaban para salir un rato bajo la atenta protección del único varón con acceso a las habitaciones de la casa. Yo deduje que se trataría de un “eunuco”, porque a través de la celosía que cubría una de las ventanas, había comprobado que el otro hombre –el jardinero– trabajaba y vivía fuera de la casa. Y siempre retornaban con el mismo tono de desazón en el rostro; parecía que no se iba a acabar nunca y, además: «La inicial protesta de estudiantes se ha generalizado a otros grupos sociales», añadieron.

Al caer la luz del segundo día, Fátima permaneció conmigo cuando las otras dos se retiraron. Me explicó que no solía dormir en esa habitación; su marido no le hacía mucho caso; se acostaba normalmente con la favorita, aunque de vez en cuando retozaba con ella o alguna de las otras. No le entusiasmaba la situación, pero podía soportarlo: no le faltaba nada material; sin ir más lejos, la ropa que llevaban era importada directamente de Turquía por el esposo, que era amante de esa clase de lujo sensual.

–Toma esta tisana, te ayudará a descansar. Siempre se la preparamos a nuestro hombre –me dijo, acercándome una taza templada con unas hierbas, después de rozar sus labios con la misma y beber un poco–. Si te apetece, te contaré una historia; pero has de poner atención. Posteriormente me quedaré contigo hasta que despunte el alba –terminó diciendo, mientras yo detectaba un acaloramiento que me subía por toda la faz.

Caí profundamente dormido antes de que acabase la narración. Me desperté unas horas más tarde, excitado, en medio de unos sueños eróticos, continuación de lo que ella había comenzado a relatar, en que los dos éramos los protagonistas. Cambié de posición en la cama; ella permanecía sentada en mi cabecera, pero inmediatamente volví a perder la consciencia.

–Anoche me pareció que te despertaste algo turbado –me comentó por la mañana– ¿Puedo preguntarte por la naturaleza de tus sueños?

–No…, en absoluto; dormí bien –contesté sin atreverme a relatarle las sensaciones de que había gozado.

Las dos noches siguientes se desarrollaron de la misma forma, con las otras dos mujeres, anidando los relatos como en “El manuscrito encontrado en Zaragoza”. Así encadenaron tres cuentos y así me adormilé –sólo– con una facilidad de la que no había disfrutado en los últimos años. Soñaba con la mujer que me acompañaba, aunque los efectos aumentaron en tiempo e intensidad, el segundo día, con Aixa. La tercera, con Marién, la satisfacción fue indescriptible, mucho más larga, análoga a las sensaciones femeninas y terminó en una efusión de placer casi dolorosa, difícilmente soportable. Ante su insistencia, les conté todos los sueños, aunque omitiendo alguno de los detalles más íntimos o escabrosos.

A media mañana vinieron con la nueva de que el marido había llamado por teléfono para decir que estaba a punto de llegar. Salieron con los velos en la cara por la puerta que daba al callejón y, apuradas, dijeron que ya no había más algaradas y era mejor que saliera en ese momento en que no se vislumbraba a nadie por los alrededores.

En la calle, repasé mentalmente lo acontecido. Quizá lo más defraudante era no haber dispuesto de tiempo suficiente para conocer el final de los tres cuentos y de mi estancia. ¿Qué había pasado realmente? ¿Cuál hubiera sido el desenlace si el marido no hubiera aparecido tan de sopetón? ¿Habían estado simplemente jugando a “Las mil y una noches”? ¿Cuál era el poder de aquella pócima?

Una vez en Ceuta compré el periódico local para intentar analizar despacio la crónica de las trifulcas. No había ni una mención. Pregunté en el hotel por los sucesos y me dijeron que sólo había sido una protesta de estudiantes de una tarde, unos días antes, y, salvo unas pocas carreras, la normalidad volvió a ser la nota dominante, como de costumbre.

De regreso en Madrid, me cité con unos amigos en una tetería de reciente inauguración. Me ofrecieron una bebida, que había venido últimamente del norte de África, a base de hierbas del campo; supuestamente producía unos efectos curiosos: algo así como sueños eróticos extremadamente largos, gozo incluido.

–Para que te haga efecto, lo que tienes que hacer es fijarte en las mujeres que pasen y mantener la visión de la que más te guste –me dijeron–, porque soñarás con la última en la que estés pensando cuando te duermas. Ahora bien, ten cuidado; parece que han descubierto recientemente que el placer es proporcional a la dosis: es inocua en pequeñas cantidades, pero “si se va la mano” los efectos pueden ser devastadores

–Ya entiendo –dije esbozando una sonrisa. Me miraron con curiosidad. No contesté a la pregunta de la razón de mi asentimiento. Desde ese momento, y hasta que me retiré a dormir, mantuve toda mi atención en el recuerdo de Marién.

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