Rincón del Relato: Rock, por Manolo Mellado Torres

ROCK

Era verano en Santander, quizá una de las pocas veces que no llovía desde tres días antes. Yo caminaba despacio deambulando por el paseo marítimo, cerca de la playa del Sardinero. Paré a tomar un café en la terraza de un bar.

Cuando pasé al interior para vaciar mi vejiga, descubrí la actuación. El local estaba muy bien insonorizado. Desde la calle era imposible imaginarse el estruendo interior. Posiblemente, el ladrillo de las paredes, a estilo de los suelos de monumentos de la época musulmana, y la ausencia de cristaleras ayudaban a aumentar la absorción acústica.

Unas enormes luces de “leds”, manejadas por una persona sentada en un rincón  del fondo, cambiaban de color, y en parte de intensidad, con la misma cadencia que la música. El fuerte golpeteo de la batería resonaba en el cuerpo de todos los presentes, que se movían al ritmo de esos sonidos.

Era una música pegadiza. Con una cerveza en la mano, decidí quedarme. Me apoyé en una mesa alta –que hacía las veces de pequeña barra– y usé la alta banqueta sólo a modo de descanso de mi pie en el travesaño entre las patas; por otra parte, pretendía reservarla para ser usada si posteriormente me sentía más cansado.

–¡Impresionante! –comenté a voz en grito, a una preciosidad que estaba a mi lado, cuando terminó una de las canciones. Me miró y esbozó, seguramente, la sonrisa más dulce que me hubieran dirigido nunca, aunque no llegué a oir su voz; quizá ni siquiera llegó a entenderme, porque el cantante no paraba de hablar entre canción y canción.

Se alejó hacia el fondo y comenzó a tocar los mandos del panel que controlaba las luces. Me gustaba cómo lo hacía. Uno de los parroquianos del local me sugirió que no me molestase en hablarle.

–¿Es que tiene novio? –pregunté–. Ni se dignó a contestarme. Seguí a mi aire, con mis cosas, ignorando su consejo.

Realmente, el grupo musical debería estar encantado: yo nunca había sido testigo de una respuesta tan calurosa del público. Durante una de las canciones, me fijé en uno de los asistentes al fondo de la sala, que se mantuvo dando saltos sin parar, con una botella en la mano –creo que de tónica–. Cuando acabaron los últimos acordes de aquél tema, paró y se quedó al lado de la que parecía su novia, con la mano cogida, en silencio, mirándola arrebolado.

El ritmo era frenético. Todos los presentes movían la cabeza al son de cada pieza musical. El cantante les invitaba a cantar con ellos y se veían los labios moverse al unísono: se notaba que se sabían todas las canciones. Para mí, el único problema era que la estridencia del volumen sólo me permitía distinguir el sonido que emergía de los micrófonos de los miembros del grupo musical. Me gustaba el ambiente, pero era insoportable aquél nivel de ruido. Reconocí una de las canciones: “Hombre lobo en París” de La Unión. El resto, aunque me sonaban, no podía acompañarlas porque no llegaba  a comprender las letras.

Terminado cada tema, prorrumpían en aplausos, se miraban entre ellos y se sonreían. Se adivinaba que el público estaba realmente volcado en el espectáculo.

No llegué a discernir cómo comenzó el problema, pero el resultado fue que un medio borracho se quiso propasar con una de las chicas de aquél clan. Ella gesticuló moviendo los brazos violentamente. Inmediatamente, los amigos y dos fornidos compañeros, lo agarraron y lo expulsaron del bar “con cajas destempladas”. Durante un instante, el conjunto dudó sobre si continuaba con la “performance”. A mí no me dio tiempo ni a reaccionar. Intenté comentarlo con la hermosa chica, que había vuelto a la vecindad de mi sitio pero, como anteriormente, se limitó a dedicarme una alegre sonrisa, cosa que a mí, de momento, me bastaba. Dado cómo parecía que se las gastaban aquellos muchachos, no me atrevía a profundizar más. La banda retomó los compases del tema que había interrumpido.

La audición tocó a su fin; salieron todos en orden y silencio, mirándose unos a otros y sonriendo. Ya en la calle, algo más relajados, comenzaron a mover sus labios y usar las manos con el lenguaje de señas de los sordomudos. Evidentemente, yo no podía comprender nada, pero la velocidad que imprimían a sus movimientos manifestaba una excitación difícil de contener. Ella no sólo movía las manos; expresaba su excitación con todo el cuerpo dando pequeños saltos. La amiga con la que eufemísticamente “hablaba” fue requerida por otra persona. Se quedó momentáneamente sola; no paraba de moverse, aunque mucho más lentamente, sensualmente. Miró hacia atrás de soslayo; nuestras miradas se cruzaron. Continuó su marcha perdiéndose en dirección a Mataleñas con aquél grupo.

Volví adentro a preguntar al grupo musical. No tenían todos los datos, pero más o menos explicaron que era el fin de fiesta de un curso de “audición de música moderna” para sordomudos. Se ayudaban con luces al ritmo de la música, manejadas por alguien con experiencias anteriores que ayudaban a interiorizar los compases. El curso se había realizado en el edificio de la Asociación de Sordomudos, donde era más fácil seguir la melodía, porque las luces estaban conectadas a un “analizador de espectro” que las controlaba autónomamente de acuerdo al volumen y frecuencia de los sonidos emitidos. El primer paso era estudiar las letras; seguidamente, practicaban con el sistema automático; por último, aprendían a gobernar manualmente el sistema lumínico.

Acabadas las vacaciones, una vez en Madrid, me apunté a un curso de expresión del lenguaje de signos para “hablantes”.

Había pasado un año. Volví al mismo lugar de vacaciones y al mismo “Pub”. Allí estaba: moviendo los labios, tarareando, aunque sin emitir ningún sonido. Me acerqué, me coloqué a su lado, me miró. Cerré los dedos meñique, anular y pulgar, lanzando el resto hacia delante; encogí todos los dedos, colocando el índice sobre el pulgar a modo de círculo; recogí el meñique, anular y medio, dibujando una “l” con los otros dos; finalmente, encogí todos con el pulgar paralelo al resto.

Saltó de alegría al reconocer mi escueto saludo: “Hola”.

Fijándome en sus manos, acerté a leer: “Intuía que vendrías”.

Manolo Mellado Torres

 

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3 respuestas a "Rincón del Relato: Rock, por Manolo Mellado Torres"

  • Asuncion Cabello López says:
  • Antoinette Marmolejo says:
  • Pp says:
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