Rincón del Relato. La herencia de Salem, por Manolo Mellado Torres

Circulaba a menos de 30 millas por hora. No porque mi desvencijada Harley Davidson monocilindro de dos caballos del año 1905 ya tuviera más de 20 años, sino porque eran las ocho de la tarde de un día de final del invierno, aún no había comenzado la primavera y, ya con noche cerrada, el frío se colaba a través de mi fina cazadora de cuero como un cuchillo. Estaba realmente cansado, después de una semana de viaje desde California por destartaladas carreteras y caminos de arena. Intenté agarrar un atajo y perdí la dirección a que me dirigía: Salem. Mi familia provenía de allí, pero se habían movido más al oeste dos siglos antes, debido al irrespirable ambiente de puritanismo de aquella parte de las primeras colonias. Apareció un cartel, aminoré la marcha aun más; no acertaba a leerlo. Me detuve completamente; los faros me permitieron ver el nombre: Agawan. Era extraño, no conocía la zona, pero antes de comenzar el viaje me había empapado todo el mapa del condado de Essex. Estaba seguro de que aquél nombre no venía en el mapa a pesar de que, a tenor de las luces que distinguí en la cercanía, se adivinaba una pequeña ciudad más que un grupo de casas ¿Me habría desviado tanto que me había salido, sin percatarme, del territorio al que me dirigía?

Dejé la moto en la puerta de la única fonda del pueblo; de momento sólo contraté una habitación para aquella noche. Subí las alforjas con mis pocas pertenencias. Bajé inmediatamente, después de dejarlas encima de una silla.

–Perdone, con seguridad mi duda le va a parecer algo rara, pero… ¿cómo se llama este pueblo? –inquirí sonriendo para quitar hierro a la aparentemente estúpida pregunta.

–No…, no me extraña…, es normal. El verdadero nombre es Ipswich, del cuál estamos sumamente orgullosos, pues es el nombre del pueblo de donde proceden nuestros antepasados, pero los vecinos han cambiado todos los carteles de señalización por el antiguo nombre, con el propósito de evitar los curiosos que se acercan bajo el reclamo de la brujería del pasado. Ya han pasado más de doscientos años, pero todavía crea expectación y los forasteros no son, en general, bien recibidos –me explicó de corrido–. Por supuesto, eso no le concierne a usted –añadió forzando una sonrisa amistosa, como de disculpa.

Me indicó, el mejor sitio para comer algo. Debía de ser bueno, porque desde fuera, se veía un pequeño cuchitril, lleno de gente –ninguna mujer, por cierto–. Me aposenté como pude en el único y estrecho hueco de la barra. El ruido era ensordecedor; entre las conversaciones de los parroquianos y la radio local que transmitía «Keep on the sunny side», no conseguía hacerme atender. Al final, el camarero se acercó y me ofreció un único plato. Otras personas comían cosas con mejor apariencia, pero parecía que ya no quedaba. Terminé la cerveza y salí.

–¿Qué, comió bien? –me preguntó el posadero al volver.

–Oh sí… pero en el bar que usted me recomendó sólo tomé una cerveza, porque había mucho ruido, demasiada gente, y me dolía algo la cabeza del viaje –mentí–. Así que entré en uno que estaba al lado. A propósito, sólo había dos personas más, a pesar de que era mucho más grande, la comida era buena y el trato, del dueño y la cocinera, realmente esmerado.

–Ah, sí. El dueño es de aquí, pero la mujer vino con él cuando volvió después de algunos años en Boston. No son aceptados porque… ¿sabe usted…, cómo decirlo…? Dicen que ella es un poco “guarrilla”.

–¿Y eso…? –pregunté, sin terminar la frase, desconcertado por aquella grosera expresión.

–Bueno…, pues…, va despeinada…, ya sabe, con el pelo sin teñir… Ya habrá visto usted lo arregladas que van aquí todas las mujeres –intentó arreglar ante mi mirada confundida–. Han abierto hace seis meses y yo creo que tendrán que cerrar muy pronto –diagnosticó, sin prestar ninguna atención a mi posible reacción.

Al día siguiente, después de desayunar, pasé por la biblioteca municipal, donde busqué las posibles hemerotecas del siglo XVII. Cuál no sería mi sorpresa cuando descubrí que faltaban todos aquellos números cuyas fechas coincidían con la época de los procesos de brujería, lo cual atrapó mi curiosidad. Intentando encontrar algún dato, me dirigí al juzgado, donde, ¡oh, sorpresa!, también habían desaparecido las actas de algunas audiencias preliminares de los mismos autos.

Al volver a la fonda, me encontré con que no me permitieron subir a mi habitación; me entregaron mis alforjas, donde habían metido, de cualquier forma, los pocos utensilios de aseo que había sacado esa mañana.

–Mire, si yo fuera usted, saldría inmediatamente de la ciudad. Esta gente es muy celosa de sus convicciones religiosas y su forma de vida. A mí me trae sin cuidado lo que usted haga, pero el resto del pueblo me ha presionado mucho. Yo vivo de esto, ¿lo entiende, verdad? –me dijo el posadero con tono sincero por primera vez.

En Salem encontré lo que buscaba. De los diecinueve ajusticiados, varios eran de Ipswich, pero, evidentemente, no habían sido enterrados en el cementerio local. El resto de personas acusadas, aunque no fueron declaradas culpables, tuvieron que salir de la aldea sin llevarse sus bienes, que, casualmente, fueron usurpados por los acusadores. A medida que ojeaba, algo atrajo mi atención. En una página del diario de la época, se veían las facciones de una de las enjuiciadas. Descubrí que era la única persona que estaba enterrada en aquel condado: Cuando unos años más tarde murió en Boston, sus familiares intentaron enterrarla en Ipswich, su pueblo natal, pero no lo consiguieron. Al final, el cadáver acabó en Salem.

No fue sencillo encontrar la tumba en el antiguo cementerio a espaldas de la iglesia. A duras penas se podían leer las inscripciones, pero, en cualquier caso, ninguna indicaba ser la buscada. Unos chicos correteaban entre las lápidas clavadas directamente en el suelo cubierto de césped bien cuidado; me indicaron que había otra, pero detrás de unos arbustos. No sin esfuerzo, y después de desollarme los brazos con las zarzas, ¡allí estaba!; en un rincón, separada del resto, cubierta de maleza y la pequeña lápida caída boca abajo. Levantándola, descubrí una pieza rota semejando un camafeo oscuro pegado a la lápida, de la cuál sobresalía ligeramente. Lo limpié. Tenía un retrato de mujer; me era familiar.

Al anochecer, con una navaja, desincrusté la especie de camafeo. Me dirigí a Ipswich. Aparqué en un callejón cerca de la puerta del restaurante casi vacío. El retrato era clavado a ella: el mismo pelo blanco a pesar de ser relativamente joven. Se lo entregué, rogándole encarecidamente que no se lo mostrase a nadie. Les conté parte de lo que había descubierto, omitiendo a propósito el lugar de la tumba. Nunca volví por la aldea origen de mis antepasados.

Manolo Mellado Torres

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