Rosa Romojaro gana el XVII Premio Andalucía de la Crítica 2011

Escultura de Andrés Alcántara (reproducción de la Escuela del Mármol de Andalucía, Almería) y Cuando los pájaros de Rosa Romojaro, obra ganadora del XVII Premio Andalucía de la Crítica 2011 en poesía

(El Premio se entregará en Algeciras el próximo viernes 13 de mayo a las 12:00 horas. El Premio de la Crítica está instituido desde hace diecisiete años por la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y cuenta con la colaboración del Instituto Andaluz de las Artes y las Letras -Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía-, la Fundación Unicaja, la Fundación Municipal José Luis Cano del Ayuntamiento de Algeciras y la Escuela del Mármol de Andalucía en Almería).

Rosa Romojaro nació en Algeciras (Cádiz) en 1948. Vive en Málaga donde trabaja como profesora de la Facultad de Filosofía y Letras. Poeta, narradora, articulista y ensayista. De sus ensayos críticos destacan los dedicados al Siglo de Oro, como Lope de Vega y el mito clásico (1998), Funciones del mito clásico en el Siglo de Oro (Garcilaso, Góngora, Lope de Vega, Quevedo) (1998), Lo escrito y lo leído. Ensayos sobre literatura y crítica literaria (2004), Bibliografía de Manuel Altolaguirre (2007), La poesía de Manuel Altolaguirre (Contexto. Claves de su poética. Recepción) (2008). Y sus ediciones y estudios sobre poesía contemporánea (Moreno Villa, Altolaguirre, etc.) Como narradora ha publicado numerosos relatos y una novela: Páginas amarillas (1992) y No me gustan las mujeres que lloran y otros relatos (2007).
Su obra poética se compone de las siguientes obras:
• Secreta escala, Málaga, Universidad, 1983.
• Funambulares mar, Málaga, Librería Anticuaria El Guadalhorce, 1985.
• Agua de luna, Málaga, Diputación de Málaga, 1986.
• La ciudad fronteriza, Málaga, Nuevos Cuadernos de María Cristina, 1987 [selección].
• La ciudad fronteriza, Granada, Don Quijote, 1988 [libro completo].
• Poemas sobre escribir un poema y otro poema, Málaga, Málaga Digital (“Enclave de Poesía”), 1999.
• Zona de varada, Sevilla, Algaida, 2001.
• Poemas de Teresa Hassler (Fragmentos y ceniza), Madrid, Hiperión, 2006.
• Cuando los pájaros, Madrid, Hiperión, 2010.

La poesía de Rosa Romojaro tiene su ámbito vital en la realidad cotidiana, que es observada con meticulosidad y descrita frecuentemente en sus poemas con el intento de trascenderla, a la vez que la define desde su personal perspectiva. Es una realidad frecuentemente tamizada por un desprendimiento elegíaco, por un aroma a suave sándalo que penetra en la dermis y la convulsiona. Son versos que transportan las sensaciones con un deje de tribulación y tonalidades grises (“El color del cansancio es gris y tiene/ la textura del plomo”, dirá en uno de sus versos).
De sus palabras se desprende un doliente reguero y un sabor que recorre el ámbito de la sombra, el agotamiento, la palidez, la clausura. Una lírica de corte claramente consciente y que desprende un aroma sombrío y adverso, pero sin estridencias, sin sonoridades desbordantes, como el cuchillo que penetra con suavidad, pero férreamente, en el secreto de las cosas y de la existencia.
Sobre su obra decía García Martín que “si hubiera que definir la poesía de Rosa Romojaro en dos palabras, “visual” y “mental” serían las dos primeras en las que pensaríamos. Visual: sucesión de imágenes, fotográficas o cinematográficas, a las que a veces acompaña una voz en off (…) Mental: poesía de la inteligencia, en apariencia fría y distanciada, poesía que parece eludir toda implicación emocional. Los detractores hablarían también de formalismo, de neoguillenismo. Y tendrían razón. La autora parece hacer alarde de su dominio de la métrica clásica y prodiga los sonetos, las liras, los tercetos encadenados (…) Poesía áspera, frecuentemente encabalgada, nada complaciente con el lector, poesía que huye de la falacia patética y de la música consabida. Poesía objetivista, descriptiva, que gusta de la imagen sorprendente, de contemplar la cotidianidad desde ángulos inéditos (…) En Rosa Romojaro la emoción va por dentro; su verso, que parece frío, abrasa”. Efectivamente, sólo guarda la frialdad de la apariencia, en su muestra, en su exposición “suave y plácida”, a la que me refería, pero sólo en apariencia, porque su lírica es penetrante y diversa, ancha y álgida, cálida en su desmembración de la realidad observada. Y desde luego es una poesía que exige del lector una complicidad, pues hay mucho de voluntad de forma y de exigencia, como apuntaba García Posada . Lírica del tiempo y del espacio, lírica para llenar el ámbito de la existencia y darle un valor a eso en lo que estamos sin estar, en lo que somos sin ser.

(Rueda de prensa donde se anuncian los ganadores)

Cuando los pájaros obtuvo el XIV Premio Internacional Antonio Machado en Baeza en 2010 y en él aborda la simbología antitética de la creación, de la existencia en el marco de su ocaso y de su trascendencia vital con una gran contención lingüística que elimina lo innecesario y se concentra en las significaciones con la intención de que la emoción de la libertad y sus correlatos encuentre su espacio y su tiempo. Se trata de un libro muy machadiano por el alcance de la palabra (“poesía, palabra en el tiempo”) en cuanto horma que encierra un tiempo y en cuanto la trasformación del paisaje, la naturaleza en el poeta y su mundo. Así, aparecen las temáticas del otoño, del tren, del naufragio interior, del camino (el camino de vida) con raíz machadiana, o la tarde como símbolo de un agotamiento vital o como espacio para la melancolía vital, un sugestivo que nos anuncia a aquel Machado de Soledades, galerías y otros poemas.
Pero observamos en esa perspectiva también una voluntad diferenciadora por parte de Rosa Romojaro. Por ejemplo, en un momento determinado dice: “Mientras tanto la vida se dirige a su término.// Pero tampoco es río./ Es/ una hoja en el río, y, quizás,/ su huella en una playa./ Un inservible resto de naufragio./ Poco al final. Detritus/ Abono en un sembrado”. La dualidad vida/río que llega a Machado desde Jorge Manrique y los cancioneros medievales no es la esencia que mueve a la poeta algecireña, sino su consecuencia última, su sentido de resto de naufragio, acaso trofeo, botín o detritus pero con sentido. No es inútil la existencia, parece decirnos la escritora, en su esencia hay algo que queda y alimenta. Es cierto que hay un recorrido vital, en ese tren simbólico, acaso en ese tren con alcuza de Dámaso Alonso, un tren que no tiene fin pues siempre vuelve como en la teoría del eterno retorno niezschteana a su origen porque transporta una luz.
Rosa Romojaro apuesta por organizar una teoría de la existencia que alcanza en el título del libro su paradigma: una imagen, la de los pájaros (cuya remanencia fílmica se evidencia) que constituye una amplificatio hacia fuera y hacia adentro: los mirlos, las tórtolas, los búhos, los vencejos… qué buscan, qué anhelan. Ser escritura, es decir, alcanzar una identidad desde el misterio de ser llamados a nuestro encuentro.
El ir y el partir, el quedar siempre, el dejar memoria en el escrito o en la identidad de lo que fuimos es una preocupación vital que nos agrede cuando percibimos el no existir: “Se trata de la vida. La que luego no existe./ Ese tiempo que sólo para uno significa./ Y que también es uno, único en su pasar,/ más único que el río que le sirve de apoyo”. Este lenguaje del ser en su entrega mundana y el ruido de las olas de la vida en nosotros, nuestra naturaleza de pájaros, de vuelo, de seres que reclaman su hoy, su mañana, su escritura… Seres arrebatados por la soledad, por esa mitología de refugio y cueva, por esa caída, siempre en la tarde, y una mujer como otoño: “Una mujer/ sentada ante la orilla en el otoño/ de la playa desierta”. Con todo el dolor del mundo, con toda la bondad de la naturaleza en torno, sosteniendo los instantes… Un tiempo como un reclamo para seguir viviendo con el “corazón abierto/ en esta hora que balbucea líquida”.
La contemplación de sí puede llevarse a cabo a través de la perspectiva de esa ventana que se abre al paisaje lejano mientras nos llega la quietud del mundo, en ese juego del ojo que lo ve pero es visto, en esa quietud suspendida y en determinados momentos alimentada por la pena y el desgarro. Nunca la huida. La poeta se enfrenta al mundo, sabe de su derrota, pero también de que está determinada por algo ajeno, la batalla se puede ganar pero casi siempre se pierde y acabamos encontrándonos en una aventura de vuelo (y no de esperanzas falto), “solo en el espacio,/ en lo infinito./ Silencio de motores:/ la eternidad o Nápoles”. Un vuelo de reconocimiento en esa altitud que posee la libertad. La poeta se halla en el mundo y es sólo de él, y llegan estaciones, y trenes, y primaveras, y otoños. Y hay una cruenta batalla y sabe de su derrota pero su triunfo fue siempre su deseo, la voluntad de ser, en soledad o en su quietud de mundo herido. Podemos hallar el amor, encontrar la cercanía de la luz, el calor del paisaje… pero en última instancia será la palabra y su triunfo lo que nos alcance: “La palabra, la única certeza”. Nuestra palabra nos redime, alcanza su plenitud y el sentido último de lo que fuimos.

Rosa Romojaro, Cuando los pájaros, Hiperión, Madrid, 2010, 62 págs.

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