Rosa Romojaro, XIV Premio Internacional Antonio Machado

Cuando los pájaros obtuvo el XIV Premio Internacional Antonio Machado en Baeza en 2010. Su autora, profesora de Teoría de la Literatura de la Universidad de Málaga es una de las poetas más interesantes del panorama actual con una obra sólida en el campo de la investigación literaria y en la creación lírica.

Cuando los pájaros aborda la simbología antitética de la creación, de la existencia en el marco de su ocaso y de su trascendencia vital con una gran contención lingüística que elimina lo innecesario y se concentra en las significaciones con la intención de que la emoción de la libertad y sus correlatos encuentre su espacio y su tiempo. Se trata de un libro muy machadiano por el alcance de la palabra (“poesía, palabra en el tiempo”) en cuanto horma que encierra un tiempo y en cuanto la trasformación del paisaje, la naturaleza en el poeta y su mundo. Así, aparecen las temáticas del otoño, del tren, del naufragio interior, del camino (el camino de vida) con raíz machadiana, o la tarde como símbolo de un agotamiento vital o como espacio para la melancolía vital, un sugestivo que nos anuncia a aquel Machado de Soledades, galerías y otros poemas.

Pero observamos en esa perspectiva también una voluntad diferenciadora por parte de Rosa Romojaro. Por ejemplo, en un momento determinado dice: “Mientras tanto la vida se dirige a su término.// Pero tampoco es río./ Es/ una hoja en el río, y, quizás,/ su huella en una playa./ Un inservible resto de naufragio./ Poco al final. Detritus/ Abono en un sembrado”. La dualidad vida/río que llega a Machado desde Jorge Manrique y los cancioneros medievales no es la esencia que mueve a la poeta algecireña, sino su consecuencia última, su sentido de resto de naufragio, acaso trofeo, botín o detritus pero con sentido. No es inútil la existencia, parece decirnos la escritora, en su esencia hay algo que queda y alimenta. Es cierto que hay un recorrido vital, en ese tren simbólico, acaso en ese tren con alcuza de Dámaso Alonso, un tren que no tiene fin pues siempre vuelve como en la teoría del eterno retorno niezschteana a su origen porque transporta una luz.

Rosa Romojaro apuesta por organizar una teoría de la existencia que alcanza en el título del libro su paradigma: una imagen, la de los pájaros (cuya remanencia fílmica se evidencia) que constituye una amplificatio hacia fuera y hacia adentro: los mirlos, las tórtolas, los búhos, los vencejos… qué buscan, qué anhelan. Ser escritura, es decir, alcanzar una identidad desde el misterio de ser llamados a nuestro encuentro.

El ir y el partir, el quedar siempre, el dejar memoria en el escrito o en la identidad de lo que fuimos es una preocupación vital que nos agrede cuando percibimos el no existir: “Se trata de la vida. La que luego no existe./ Ese tiempo que sólo para uno significa./ Y que también es uno, único en su pasar,/ más único que el río que le sirve de apoyo”. Este lenguaje del ser en su entrega mundana y el ruido de las olas de la vida en nosotros, nuestra naturaleza de pájaros, de vuelo, de seres que reclaman su hoy, su mañana, su escritura… Seres arrebatados por la soledad, por esa mitología de refugio y cueva, por esa caída, siempre en la tarde, y una mujer como otoño: “Una mujer/ sentada ante la orilla en el otoño/ de la playa desierta”. Con todo el dolor del mundo, con toda la bondad de la naturaleza en torno, sosteniendo los instantes… Un tiempo como un reclamo para seguir viviendo con el “corazón abierto/ en esta hora que balbucea líquida”.

La contemplación de sí puede llevarse a cabo a través de la perspectiva de esa ventana que se abre al paisaje lejano mientras nos llega la quietud del mundo, en ese juego del ojo que lo ve pero es visto, en esa quietud suspendida y en determinados momentos alimentada por la pena y el desgarro. Nunca la huida. La poeta se enfrenta al mundo, sabe de su derrota, pero también de que está determinada por algo ajeno, la batalla se puede ganar pero casi siempre se pierde y acabamos encontrándonos en una aventura de vuelo (y no de esperanzas falto), “solo en el espacio,/ en lo infinito./ Silencio de motores:/ la eternidad o Nápoles”. Un vuelo de reconocimiento en esa altitud que posee la libertad. La poeta se halla en el mundo y es sólo de él, y llegan estaciones, y trenes, y primaveras, y otoños. Y hay una cruenta batalla y sabe de su derrota pero su triunfo fue siempre su deseo, la voluntad de ser, en soledad o en su quietud de mundo herido. Podemos hallar el amor, encontrar la cercanía de la luz, el calor del paisaje… pero en última instancia será la palabra y su triunfo lo que nos alcance: “La palabra, la única certeza”. Nuestra palabra nos redime, alcanza su plenitud y el sentido último de lo que fuimos.

Rosa Romojaro, Cuando los pájaros, Hiperión, Madrid, 2010, 62 págs.

Francisco Morales Lomas
Vocal de Literatura del Ateneo de Málaga

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