Sed insaciable, de Manuel Mellado Torres

El desencuentro larvado durante los meses anteriores se desencadenó esa noche; Amalia y yo nos dijimos todo lo que habíamos almacenado. Pasamos la noche en vela, andando de un lado para otro de la casa; de la cocina al salón, a la habitación…

Con las primeras luces, recogí mis pocas pertenencias y salí. Anduve deambulando dos o tres días; creo que dormí en la estación y en algún otro lugar público. De vez en cuando me volvía para mirar a alguna mujer que me recordaba a ella.

Por suerte, el verano estaba ya establecido. Eran las primeras vacaciones que íbamos a disfrutar juntos. Me dirigí a una zona turística diferente de la que habíamos planeado; el pensar en pasar por alguno de los sitios planificados me producía una desazón difícil de soportar.

Cada día caminaba sin rumbo fijo, hasta que al final, ya de noche, cansado, volvía a la habitación de la pensión barata que había alquilado.
Aquel día anochecía; una mujer se acercaba al banco en que me encontraba sentado, caminaba deprisa a pesar de sus altos tacones; la mortecina luz de la farola me dejó ver ciertos detalles que yo recordaba en Amalia: mediana estatura, melena corta con mechas, quizás algo más rellena y con ropa bastante más ajustada. Por supuesto, sabía que no era ella, pero, por alguna razón que no acierto a descubrir, me sentí compelido a seguirla hasta que llegamos al extrarradio. Cruzó la calle. Por encima de las ventanas de la segunda planta del local de enfrente, un neón delineaba, con vivos colores, el llamativo cuerpo de una chica; del interior se deslizaban, en forma tenue, los acordes de “Je t`aime, moi non plus”. Sin reducir el paso y sin apenas mirar, con un pequeño movimiento de cabeza saludó al encargado de seguridad y entró. Traté de pasar tras ella, pero, el guardián, colocándose en medio de la puerta, me espetó: «¡Vamos, mendigo, lárgate; no quiero verte por aquí!»
La obsesión por perseguir aquella sombra me había cegado de tal manera que no percibí correctamente su firme resolución a no permitirme el paso. Insistí en forzar la entrada; me empujó y caí. Sólo recuerdo que me golpeé la cabeza contra el suelo; desconozco cómo llegué al hospital.

Cuando recuperé la consciencia, una enfermera me informó de que había estado dos días durmiendo y que no habían podido avisar a ningún familiar porque no llevaba documentación ni teléfono móvil. A duras penas me incorporé para agarrar mis ajadas y sucias ropas y huir; desesperado, ante su pretensión de que debía esperar a que me dieran el alta, hice algunos ademanes violentos e, involuntariamente, la golpeé. Entre varios celadores me redujeron hasta que me trasladaron a un hospital mental, donde me aislaron y me mantuvieron durante una semana a base de sedantes.

Finalmente, acabó agosto y, por ende, el período de vacaciones. Volví a la oficina: ya perfectamente afeitado, arreglado, como correspondía a un agente comercial, y pensando que la estancia en el hospital y el tiempo transcurrido me habrían calmado apreciablemente.
−¿Cómo te fueron las vacaciones, Damián? −me preguntaban los compañeros sin esperar respuesta−. Tienes buen color; se ve que lo has pasado bien.
Yo, sonriendo, asentía.

He retomado lo que era mi rutina habitual antes de conocer a Amalia. He tenido relación con alguna mujer, pero, al hacer comparaciones, siento que salgo perdiendo en el cambio. En cualquier caso, la angustia, por no conseguir olvidarla ni poder comunicarme con las nuevas amistades, me atenaza. Cuando beso alguna mujer, todos los labios me recuerdan el sabor de los suyos; no aprecio el tacto de otras pieles, porque no consigo eliminar su sensación de las yemas de mis dedos; cuando hacemos el amor, me imagino que son las piernas de Amalia las que me rodean al abrirse frente mí.

El último episodio ha sido esta semana: Salí de la oficina; en el semáforo, esperando a mi lado, una muchacha, enfundada en una falda ancha y un jersey claro, me la ha vuelto a recordar. Otra vez el desasosiego y la necesidad imperiosa de ir tras ella. Se dirige a un edificio y entra; me imagino que es su casa. Me quedo titubeando un instante.
−Buenas tardes, ¿le puedo ayudar? −me pregunta amablemente el portero de la finca. Sin pararme a darle explicaciones, pruebo a deslizarme por el hueco dejado entre su figura y el marco del portal; en mi apresuramiento, tropiezo con él, le hago caer…

−Damián, sabes que, además de la relación profesional que nos une, soy tu amigo −me dijo mi abogado−. Entiendo que no te descubro nada si te comento lo grave de tu situación. Te están acusando de acoso, con el agravante de reincidencia y, por si fuera poco, ejerciendo violencia contra empleados de hospital y encargados de seguridad.

Manuel Mellado Torres.

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