Serie Galería Ateneo. José Hernández, por Monica López y Antonio Abad

Serie GALERÍA ATENEO 

JOSÉ HERNÁNDEZ  (Primera Parte: Figuras)

(Tánger, 1944 – Málaga, 2013)

Pintor, grabador, dibujante e ilustrador de libros, revistas y carteles, escenógrafo y figurinista para teatro, ópera y cine.

Fue Alberto Pimienta, un hebrero sefardí, el que habló a Emilio Sanz de Soto de un niño prodigio vecino del barrio, que a sus 16 años entre la jornada laboral y el estudio de bachillerato español nocturno sacaba el tiempo y la capacidad de crear su propio mundo a través de sus dibujos. Bastó un único encuentro para que el crítico e historiador del arte Sanz de Soto le consiguiera su primera exposición en la mítica librería Des Colonnes de Tánger en 1962. José Hernández no sabía entonces quién acudió a su exposición. Aun se mantenía la herencia de la Tánger Internacional en figuras como Bowles, Bacon, Yacubi, Capote, Gysin o Laforet. Junto al joven poeta Eduardo Haro Ibars disfrutó del descubrimiento de todos ellos y de los miembros de la generación beat: Kerouak, Ginsberg, Burroughs y Corso entre otros.

Sanz de Soto fue una especie de protector y un gran amigo. Le abrió las puertas en Madrid cuando quiso marcharse de Tánger en 1964 en busca de buenos ingresos que supusieran tiempo para pintar. Le puso en contacto con artistas que le ayudaron a confiar en su capacidad creadora. Vivió un Madrid donde uno parecía “estar condenado a la clandestinidad eterna”, años duros en los que conoció la razón por la que echarse a la calle “con cientos, miles de compañeros”.

Su otra gran etapa se alargó más de 30 años en su estudio de Villanueva del Rosario, en Málaga.

HUELLA DE GRABADOR

Entre sus múltiples facetas plásticas desarrolló la de grabador. Además de numerosas series realizó carpetas de ediciones originales de tiradas cortas ilustrando poesía y prosa de escritores. Tal fue Ópera (1971) con 6 litografías dedicadas a 2 poemas de Ángel González; o Bacanal (1977) para 5 poemas surrealistas de Luis Buñuel, quien afirmó al ver los 10 aguafuertes  “Pensar que hay gente loca por el mundo que hace aguafuertes maravillosos para esta mierda de poemas”.

EL BESTIARIO DE JOSÉ HERNÁNDEZ

Su imaginario se adentra en un mundo aparentemente onírico, propio, a simple vista, de una mente torturada o retorcida. Sin embargo, parte de un realismo sobrecogedor, mostrando al espectador el rostro más desabrido de la realidad. Plasma su crítica bajo una visión personal que atrapa por su morbo grotesco y genera inquietud y desazón. A modo de bestiario antropomorfo crea seres dantescos cuyos rostros anónimos, de fuerte personalidad, a pesar de ser masas corrompidas son deformadamente realistas y resultan cotidianos.

Aunque el artista se definía como optimista desesperado y creyó en la revolución interna de la persona como motor de cambio, sus figuras, en tránsito hacia la nada, asumen su condición frente al poder aplastante de la miseria moral y son exponentes de un avance irreversible de la putrefacción del alma. La descomposición imparable de la carne como metáfora de la inmundicia humana provoca la transmutación de sus figuras en entes que se alejan de la humanidad y adquieren formas animales, recordando a las que aparecen en las tentaciones de San Antonio de los artistas tardomedievales, donde infames seres zoomorfos prefiguran pecados, el mal o el mismísimo diablo, tal como sucede en el grabado de M. Schongauer (anterior a 1491), el retablo de El Bosco (entre 1495 y 1515) o el de M. Grunewald (1516), en el que además el contorsionismo expresionista que muestra el Crucificado en sus extremidades y la visión de su cuerpo están presentes en la obra de Hernández. De alguna manera lo que hace es darle la vuelta a la apariencia, dejando a la vista el interior, donde se encuentra la verdad del alma, acercándose a la pretensión de los retratos de I. Albright (como el Dorian Gray que pintó para la película de 1945).

Lo curioso es que a pesar de hablar de su obra, y en concreto de sus figuras, de esta manera tan áspera, es, paradójicamente, de un atractivo irresistible, incluso sarcásticamente se podría añadir que es de gran belleza. Su obra despierta asombro, interés y curiosidad pues, como los retratos de Arcimboldo de las series de estaciones y elementos (1566-73), invita a detenerse para indagar en la infinidad de elementos que conforman sus composiciones y para averiguar por dónde viaja el imaginario del artista, pleno en su originalidad y de indiscutible temperamento.

Mónica López Soler.  Historiadora del Arte.

SERIE GROTESCA (1999) (4 grabados donados en 2003 a la pinacoteca del Ateneo de Málaga). Grabados (aguafuerte)/ papel (50 x 65 cm./ mancha 34,5 x 49 cm.)

Links: http://www.jose-hernandez.com/

http://latiendadelkirguise.wordpress.com/2013/11/29/jose-hernandez-in-ictu-oculi-por-mariano-gomez-de-vallejo/

GROTESCA I (1999)

Grotesca I_José hernándezGrabado (aguafuerte)/ papel (50 x 65 cm./ mancha 34,5 x 49 cm.)

José Hernández es el pintor de lo truculento, de la sinrazón y lo absurdo. Lo que quiere decir que la realidad no le conviene y por eso la ignora. La realidad es engañosa. Prefiere lo grotesco, el espanto, la ambigüedad, la caricatura del ser y de las cosas. Lo otro que hay debajo de lo primigenio, lo monstruoso para subvertirlo, para utilizarlo como denuncia de la irracionalidad que a veces nos envuelve.

Cierto surrealismo le ayuda a definirse y a implicarse en esta tarea. También sus propias obsesiones oníricas para buscar la belleza que existe escondida bajo las sombras. De ahí que toda su plástica profundice en el terreno oscuro de la descomposición, no solo en el sentido orgánico de toda existencia sino también desde la perspectiva del orden formal de su extensa producción artística.

Sin duda se ha detenido en Goya, en El Bosco, en Munch, en Solana, en Schiele, en Grosz, en Daumier, también en Bacon. Ha leído Bomarzo de Mujica Lainez. Se sabe engendrador de lo deforme como paradigma de una nueva y también muy antigua estética de lo grotesco. Sus seres se originan en un magma inquietante. El grabado favorece ese milagro. Lo que tiene de química, de magia, de hechicería –si cabe– cuando el buril y el ácido sobre la plancha de cobre o de cinc posibilitan un gran número de  imágenes iguales.

Estamos ante una de ellas, “Grotesca” I. Dos seres chabacanos, ridículos, imperfectos que asumen –a mi parecer–, la deformación del mito de un Laooconte, no víctima sino vencedor de la serpiente marina para contravenir el mandato de los dioses. Uno de los hijos ya ha volado del castigo divino, por eso no aparece en la composición. Al otro, José Hernández, le ha hecho crecer alas en uno de sus brazos y mira hacia el camino de la salvación mientras su padre intenta acabar con la serpiente.

A la sutileza de la interpretación del conocido grupo escultórico José Hernández añade la depurada técnica de su dibujo capaz de definir, con un leve trazo (los cuerpos) o con una trama intensa y volumétrica (los rostros), el  acertado equilibro entre fondo y forma que presenta la escena.

Antonio Abad.  Escritor y crítico de Arte.

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