Sobre la dignidad como fenómeno poético, por Francisco Fortuny

Francisco Fortuny, escritor y doctor en Filología

“Me gusta rehabilitar una antigua locución griega. Nous Poietikos, decía Aristóteles que éramos. Lo que llamamos ‘poesía’ -o arte, en general- es sólo un caso ejemplar del poder creador, humilde y magnífico, insignificante y grandioso, que se da en cada una de nuestras actividades mentales”. José Antonio Marina.

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José Antonio Marina, filósofo.

Yo también soy de los que, al observar con espíritu realista la indignidad que es norma en estos tiempos (no quiero decir con esto que en otros tiempos la indignidad humana no haya sido normal), necesito indignarme. Es más: cualquier ser humano que se precie de tal en estos tiempos (y me temo que también en otros), si aprecia el hecho de sentirse digno, no tendrá más remedio que indignarse ante la indignidad que es norma mayoritaria en la realidad humana.

Estos tiempos -y me temo que también los otros- son tiempos de indignidad y de indignación porque son tiempos de iniquidad y de injusticia, de opresión enmascarada de razón -o razones- de Estado: “hay que vampirear y parasitar al pueblo, sangrarlo, para salvar al Estado”.

(Pero ¿qué es el Estado? Yo, en mi inocencia utópica, me creía que el Estado no era otra cosa que el pueblo soberano (y sus representantes electos).

Y -como en todo tiempo de iniquidad- los indignos son hoy más poderosos que los indignados, a los que se les toma por locos o profetas, por espíritus románticos o utópicos, por criaturas hipnotizadas por alguna ilusión idealizante y por tanto inexistente. Inexistente dentro de esa realidad oficial que consta sólo de cosas graves y de brutos hechos.

Todo espíritu realista sabe -por ejemplo- que la democracia auténtica no existe, acaso porque es una utopía irrealizable, un ideal. Pero todo espíritu idealista y romántico lo sabe también. Y es precisamente por eso por lo que el segundo espíritu considera la capacidad de idear, de inventar, de imaginar -de crear ficciones irreales pero verdaderas- como algo fundamental para la vida humana, al menos para la vida interior o privada, ya que parece ser que para la vida pública todas estas ideas o invenciones, al no ser susceptibles de compraventa, no tienen demasiada relevancia ni relieve social. No tienen realidad.

La dignidad -y el derecho y la voluntad de indignarse- es algo demasiado poético para la vida pública, donde la bruta prosa de la vida es lo único que importa. La poesía, arte privado por excelencia, ha sido tradicionalmente la creadora de mundos imposibles, de realidades alternativas, de aspiraciones a la más alta e inaccesible de las verdades irreales. La poesía poética (hoy día existen poesías antipoéticas) fue siempre fuente de dignidad, pese a la indignidad de tantos poetas que la dieron a luz.

Pero cuando hablo de poesía poética no me refiero sólo a la que hacen los poetas de la escuela de la poesía poética, puesto que ejemplos históricos tenemos a puñados que nos muestran cómo una dignísima obra literaria fue dada a luz por algún poeta sospechoso de actuaciones indignas. Después de todo, Horacio y Virgilio, modelos de un setenta por ciento de la poesía occidental moderna, fueron defensores de un dictador ilustrado, continuador de la política de quien acabara con las libertades democráticas de la República Romana.

(Todavía más: cuando hablo de poesía poética no me refiero sólo a la poesía de los poemas ni de los poetas: me refiero a la poesía natural: esa que es inherente y consustancial a todo acto realizado por una inteligencia humana. Ojo: no confundir inteligencia con astucia. Todo acto inteligente es creador de poesía, en tanto que todo acto inteligente conlleva la creación de una idea: una “no-cosa” que nos permite comprender las cosas. Un acto astuto puede ser -y de hecho lo es la mayoría de las veces- una realidad instintiva: algo regido por ese automático instinto de conservación de la especie que nos obliga a reaccionar “barriendo para adentro y arrimándonos al sol que más calienta”).

Pero en un Estado de derecho -y por lo tanto democrático- todo aquel que se precie de persona digna tiene el derecho y la libertad y el deber moral -y poético- de indignarse ante la indignidad, pues lo contrario sería otorgar carta de ciudadanía a cosas tan indignas como la corrupción, el autoritarismo disimulado por las mayorías absolutistas, la normalidad de las agresiones a los derechos y libertades más básicos de una sociedad digna.

Pues bien: el ambiente que ha reinado en este mundo indigno es el que surge de la consideración de que esas cosas mencionadas -y algunas otras que no menciono- son males menores que hay que considerar piezas que componen e integran fatalmente el conjunto brutal de los hechos crudos que constituyen la realidad social de las cosas humanas.

La corrupción y el autoritarismo discriminatorio disimulado, o disfrazado de cualquier otra cosa, se habían vuelto de hecho cosas tan normales que ya nadie se escandalizaba ni seindignaba de ello. Es más: al escandalizado  e indignado se le consideraba un anormal, alguien que no tiene la cabeza sobre los hombros ni los pies sobre la tierra: un loco, un profeta, un poeta poético.

Porque había que hacer una política posibilista. No utópica.

Hasta el día en que la política posibilista nos ha tocado los bolsillos y nos ha hecho más pobres.

Ahora resulta que todos estábamos indignados desde siempre.

Porque el dinero es un dato real.

Pero las ideas (po)éticas (los principios éticos son una creación del nous poetikos) son y siempre han sido consideradas ficciones de soñadores y lunáticos (poetas poéticos) que no saben ver la bruta realidad realista.

Pero el vate dijo: la política neoliberal no nos está haciendo más ricos: es sólo un espejismo: el capitalismo se basa en el empobrecimiento  de muchos, y cuando la víctima de la depredación ya no sea el vecino, ese papel nos tocará a nosotros.

Y, cuando lo dijo, todo el mundo lo miró con suspicacia.

Pero el vaticinio del orate se ha cumplido.

Y es que con mucha frecuencia los visionarios vemos la realidad mucho más profundamente que los realistas.

Quiero decir: un -escriba versos o no- poeta que use la inteligencia creadora (la expresión podría ser -y de hecho es- mía, pero fue acuñada con éxito por José Antonio Marina: Teoría de la inteligencia creadora, Anagrama, Barcelona, 1995, sexta edición) para idear, inventar, encontrar, descubrir lo que de hermoso haya en la realidad humana, eso que normalmente NO forma parte de esta triste -e indigna- realidad, ve siempre más allá de los datos inmediatos, se rige por esas ficciones necesarias que son los principios éticos y clama en el desierto contra la iniquidad.

Y sus contemporáneos le recomiendan que se pase por el psicoanalista.

 

 

 

 

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