Soledad Fernández, por Antonio Abad

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Más allá de los cuerpos una línea perfila lo exacto del dibujo. Soledad Fernández sabe fijar la realidad en otra realidad. El lienzo es su mejor espejo. Allí repite, paso a paso, toda la luz que destila lo existente y lo vivo. Es como si la materia de la carne se convirtiera en otra carne a partir de la bondad y la belleza del pigmento. Como si alguien hubiera atravesado la lámina del cuadro y se hubiera quedado (quieta) bajo la somnolencia de un tiempo intransferible. Entonces decide tomar carta en el asunto. Hay unos cuerpos (desnudos) que esperan. Ella comienza a delimitar el contorno de unos brazos, la redondez de unos pechos, la posición de unas manos, el vientre, las rodillas, la curva de unos muslos… El rostro, no (un rostro no ha querido asomarse desde esa ventana abierta a nuestros ojos). Sin embargo, Soledad Fernández sabe su nombre. Sabe quién es, qué hace, dónde dejó la ropa que se ha quitado hasta llegar al lienzo y penetrar en él como si hubiera atravesado una puerta. Conoce sus matices, las sombras, la suavidad de cada porción de su piel, la tersura de sus piernas, ese cálido sopor que proporciona la indulgencia. Y sin embargo, de su rostro, nada. De su cuerpo todo. Un cuerpo envuelto bajo el manto de un papel arrugado junto a alguien que duerme. El sueño, mientras tanto, se acumula en la tela. Todo es reposo. Todo parece estar muy quieto. En cambio, Soledad Fernández vuelve a coger su pincel. Lo moja con un poco de amarillo de Nápoles disuelto en trementina y deja, sobre el hombro sedoso de una de las muchachas, el último toque de luz que precisaba la escena.

Antonio Abad

 

 

 

 

 

 

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