Solidaria caridad, por Juan Gaitán

La caridad tiene una cara fea que me resulta insoportable, sobre todo porque se nos suele aparecer vestida de solidaridad

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La caridad, según el catecismo del Padre Ripalda que estudié en aquellos días azules, cuando aquel sol de la infancia, es una de las tres virtudes teologales, uno de los doce frutos del Espíritu Santo, una de la bienaventuranzas, una de las obras con las que servimos a Dios y otras muchas cosas más, y aunque en ese mismo catecismo se define la caridad como “amar a Dios, sobre todo lo creado, como a bien sumo”, en realidad la definición que usamos y entendemos y vivimos el común de los mortales es la que da el DRAE en su tercera acepción: “Limosna que se da, o auxilio que se presta a los necesitados”.

Esa caridad, la del diccionario, tiene una cara fea que me resulta insoportable, sobre todo porque se nos suele aparecer vestida de solidaridad, pero la diferencia está en que la caridad se ejerce de arriba hacia abajo, mientras la solidaridad es “adhesión circunstancial” entre iguales. Creemos que somos solidarios cuando una mañana de sábado, al ir a hacer la compra, una legión de voluntarios nos ofrece una bolsa para que metamos en ella un poco de comida, un poco de caridad. ¿No le duele a nadie esto? ¿No vemos que esas acciones, con lo que tienen de buena voluntad, no hacen más que mantener un modelo social que es imprescindible cambiar? ¿No deberían esas legiones de voluntarios bienintencionados promover la revolución, no la limosna?

Seguir así no nos llevará a ninguna parte. Una “gran recogida de alimentos” quitará el hambre un día, una semana tal vez, pero desgraciadamente no llegará más allá. En vez de socorrer, exijamos justicia y una sociedad donde, sobre todo y ante todo, la gente pueda vivir con dignidad y por sí misma, sin necesidad de que un sábado de otoño alguien le dé un kilo de garbanzos con el que comer el domingo y volver a tener hambre el lunes, cuando ya no habrá nadie con una bolsa en la puerta del supermercado.

Si no nos gusta como están las cosas debemos cambiarlas, no cometer el error de ayudar a mantenerlas tratando, con la mejor de las intenciones, de cubrir lo que debe cubrir el Estado, que, esto nadie debe olvidarlo, somos nosotros mismos. Quizás hemos tomado muy malas decisiones, quizás hemos votado por encima de nuestras posibilidades, quizás da vértigo abrir algunas puertas, pero en algún momento hay que decir “basta” y atrevernos al cambio, sobre todo porque hay muchas posibilidades de que quien hoy ofrece un kilo de arroz mañana se vea en la necesidad de aceptarlo.

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