Svetlana Kalachnik, por Antonio Abad

Svetlana Kalachnik

Cuando el ojo vislumbra el secreto, el mundo se ilumina. Surge el origen. Se ordenan otros sueños. Debajo siempre hay un episodio oculto que desvelar y alguien va y lo atrapa.

Stvetlana

Svetlana Kalachnik cuenta una historia. No es cualquier historia. La suya deviene por Oriente. Discurre desde el voluminoso Volga, cruza el ancho Danubio y, como un ave de paso, se ha detenido –por ahora–, en la orilla sedienta del Guadalmedina.

Pinta, porque lo suyo es mirar arlequines, toreros, pájaros y mariposas. Un ajedrez le ha salido tan vivo que parece que la dama y el caballo son de carne y hueso. Hierve una tetera sobre la mesilla árabe y, junto a la ventana, una mujer descansa y lee, o deja que pase el tiempo. Alguien, bajo el agua, respira eternamente. Vuelan las escaleras y un trasiego de gente pasea por las nubes. La acrobacia del pincel lame con justa precisión lo de arriba y lo de abajo como si el mundo —que lo es—, fuera realmente redondo, pero no tanto. Hay una nota de humor en todo esto. Los toros son humanos. Aquel torero embiste con su espada en la plaza ardiente de grana y oro. El cuento no tiene fin. Svetlana lo sabe. Practica el hermoso oficio de la evocación. Por eso nos sumerge en paisajes y retazos de vida que viven con nosotros en lo más profundo. Su pintura nos habla, pero sobre todo nos cuenta lo que somos: fragmentos de curiosas fantasías.

Antonio Abad

 

 

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