Tal como éramos, por Antonio Soler

Diario Sur, 26 febrero 2017.

La semana ha sido judicial. Por alguna tronera de ese cielo que escupía barro alguien podría haber pensado que estaba anunciándose el prólogo del Juicio Final. Gente que había pertenecido a la familia real, vicepresidentes de Gobierno o vigentes presidentes de regiones autónomas marchaban siguiendo el ritmo de las trompetas de su apocalipsis personal y sin tener que haber pasado previamente por el incómodo trámite de la resurrección de la carne. La lluvia de barro quiso acompañar de modo metafórico al extraño desfile. De pronto todos andábamos metidos a picapleitos y cada cual argumentaba según su olfato sobre sentencias, riesgos de fuga, recursos y apelaciones postreras. La realidad y los deseos se han mezclado en ese desbarajuste en el que la ejemplaridad quería distinguirse de la Justicia y la benevolencia del trato de favor.

Con todo, lo vivido esta semana es el reflejo de una época pasada. En cierta forma ha sido como asomarse a un álbum familiar y ver quiénes hemos sido y cómo hemos vivido. Aquí no se trataba de ver quién llevaba los pantalones más acampanados o las patillas más largas. Lo que hemos visto es el retrato moral de una época, la radiografía de un tiempo en el que supuestamente éramos felices y nos sonreía la fortuna, al menos la económica. La hormigonera de la construcción no dejaba de expeler dinero, los obreros cambiaban de coche cada tres años, se iban de vacaciones a Cancún. De modo que los patrocinadores de todo eso, los autores del milagro y repartidores de las migajas no podían menos que quedarse con el corazón del pastel. Pensábamos que eran los tiempos de la prosperidad. Y, sí, tal vez lo fueran, pero simultáneamente fue la era de la codicia. Una alegre fiebre del oro que espoleaba a los de abajo a recoger pepitas arrastradas por el río europeo, por el de la providencia o no importaba cual y que llevaba a los de arriba a explotar de modo avariento cualquier veta a la que tuvieran acceso.

Lo que ahora vivimos es la resaca de aquella borrachera de nuevos ricos. Y si en un tiempo proliferaron los jueces estrella, en este tiempo de codenas y desfiles carcelarios asistimos asombrados al nacimiento de algunos fiscales estrella. Insólitamente conocemos sus nombres, los vemos aparecer en entrevistas televisivas y desde la barra de los bares les cae la verdura podrida que antaño recibían los malos actores. Es el lodo que queda en los bordes de la acera después de la tormenta. No se trata de Urdangarines, Ratos y popes de todo tipo, sino del retrato de una sociedad envilecida que nos condujo hasta la misma orilla del desastre. Hubo quien pronosticó que en el reflujo de esa marea reaparecerían aquellos valores que formaron el esqueleto de la democracia, de la dignidad social. De momento y como efecto rebote, lo único que ha aflorado ha sido el populismo. Lo otro quizás emerja como aquella vieja estatua en El planeta de los simios, cuando ya sea demasiado tarde.

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