Tenistas, escalafones y premios literarios

Si uno, aunque no sea un seguidor asiduo del circuito profesional, hace incursiones en las eliminatorias de los principales torneos internacionales de tenis, se encuentra con que las primeras posiciones son ocupadas, de manera sistemática, por un reducido grupo de jugadores que, una y otra vez, parecen tener una presencia garantizada, con independencia de cuál sea la competición, el tipo de superficie de la pista o el lugar geográfico donde se dispute. Personalmente, ese hecho no deja de causarme una gran admiración, teniendo en cuenta que, a partir de un determinado nivel de maestría, aparentemente, las diferencias de técnica y habilidades son mínimas. A pesar de ello, salvo elementos sorpresivos, los mismos nombres están omnipresentes.

Partiendo de reconocer que en modo alguno efectúo un seguimiento habitual de los galardones literarios y, mucho menos, que permita extraer algunas regularidades estadísticas sólidamente asentadas, no puedo evitar tener la impresión de que, según los indicios ofrecidos por los medios de comunicación, existe una tendencia a la repetición de un buen número de galardonados. De manera similar a los tenistas que parecen estar abonados al “top ten”, hay una serie de autores que están permanentemente encaramados en las posiciones de privilegio.

Las similitudes entre las competiciones tenística y literaria son evidentes, pero también las diferencias. El tenis individual es una de las disciplinas deportivas donde el resultado depende exclusivamente de la actuación y de la resistencia física y psíquica del deportista, salvo en los casos –menos frecuentes y determinantes que en otras especialidades deportivas- de apreciaciones arbitrales erróneas en momentos decisivos. Algunos factores, como el apoyo o la hostilidad del público, pueden tener alguna relevancia, pero, en razón del tipo de contienda, el resultado final se decide normalmente por aspectos puramente objetivos.

En los certámenes literarios, obviamente, por la propia naturaleza de la cosa juzgada y las inherentemente subjetivas visiones de quienes deciden, el escenario es radicalmente distinto. La labor de los jueces es ciertamente ardua. Salvo que las diferencias de calidad y creatividad sean tan contundentes e incontestables que propicien cribas inmediatas, puede ser, con carácter general, bastante difícil discernir qué obras merecen acceder a las posiciones de honor, bajo la premisa –que se presupone- de total desconocimiento de los autores de las diversas propuestas que, de manera pasiva y aséptica, compiten entre sí. Como integrante, durante una serie de años, de jurados de premios de estudios económicos, puedo dar fe de esa dificultad. La labor, en este tipo de certámenes de investigaciones científicas, es, en todo caso, más fácil, al poder aplicarse criterios más objetivables, como son la relevancia del tema tratado, la metodología seguida, el rigor de los planteamientos, el alcance del análisis, la importancia de las conclusiones obtenidas y su posible aplicación práctica.

Comoquiera que, pese a las singularidades y dificultades inherentes a las creaciones literarias, los resultados empíricos de las decisiones de los jurados arrojan una distribución de premiados bastante concentrada, habría de recurrirse como clave explicativa, en primera instancia, a la capacidad de discernimiento, por experiencia, conocimiento u otras aptitudes, de los integrantes de las comisiones evaluadoras.

Si alguien ha llegado hasta esta parte del presente texto, o ya incluso desde el principio, podría plantearse qué justificación puede tener que, desde una vocalía de economía, se aborde una cuestión que parece estar tan alejada de dicho ámbito del conocimiento. Aparte de la no renuncia a tratar cualquier aspecto que pueda tener algún interés o simplemente suscitar alguna reflexión, que es lo que aquí se ha pretendido, cabría apelar a la importancia que tiene el estudio de los mecanismos de elección en el terreno económico, ya sea en el sector público, en la empresa privada o en las entidades no lucrativas. La toma de decisiones en el seno de tribunales y jurados de certámenes de todo tipo es un área de interés desde el punto de vista del análisis económico.

Los teóricos de la elección social hace tiempo que advirtieron de la necesidad de desechar la idea de que los individuos aparcan sus propios intereses cuando intervienen en esferas de alcance colectivo. Las peculiares características del marco de actuación no hacen que una persona necesariamente renuncie a maximizar su utilidad. Por supuesto, en cualquier actividad, de mercado o no de mercado, no falta quien antepone el altruismo y el sentido de la justicia a todo lo demás, quizás porque éstos forman parte, con un peso muy importante, de su función de utilidad personal, que es la que condiciona su comportamiento ejemplar.

José M. Domínguez Martínez

Vocalía de Economía.

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