Todo sobre Carmen Laforet, por Manuel Alberca

TODO SOBRE CARMEN LAFORET

Anna Caballé e Israel Rolón, Carmen Laforet. Una mujer en fuga, Barcelona, RBA, 2010.

Manuel Alberca, catedrático de Literatura de la UMA

O la solución del enigma. Este es, dicho en pocas palabras, el resultado de la completa, rigurosa y definitiva biografía sobre la autora de Nada (1945), la novela que mereció el primer Premio Nadal. Sí, ya lo sé, es arriesgado decir que una biografía es definitiva, pues la provisionalidad está inscrita en el ADN del género. A diferencia de otros registros literarios, digamos, autosuficientes, como el poema o la novela, la biografía está expuesta a una hipotética e infinita reescritura. La aparición de un documento nuevo es suficiente para que todo o casi todo cambie. (De ahí la servidumbre y también la grandeza del género). Por supuesto que Carmen Laforet. Una mujer en fuga tiene alguna laguna o carencia documental, pero todos los huecos o documentos por consultar (algunos en manos de sus herederos) están señalados aquí cual mojones de un territorio exhaustivamente recorrido. Todos los datos relevantes de su vida están, y los que faltan quedan puntualmente indicados. Podrán aparecer otros nuevos, claro, pero difícilmente contradirán el esclarecimiento del enigma-Laforet que esta biografía ha trazado. Salvo esas  contadas ausencias, este trabajo supone un despliegue de información absoluta: epistolarios inéditos, entrevistas con familiares, amigos, conocidos o asistentas de la familia, prensa de la época, documentación de las editoriales Destino y Planeta, visita a los lugares, conocimiento exhaustivo de la obra, basado en una interpretación dialéctica de ésta que se apoya de manera inteligente en la vida de la autora, lo que podemos llamar un método biográfico de análisis literario, empleado ya por A. Caballé en su anterior biografía Francisco Umbral. El frío de una vida. La ‘dependencia’ autobiográfica que la obra de Laforet manifiesta avala con suficiencia esta clase de análisis. Una prueba de esto lo encontramos, por ejemplo, cuando la novelista decide prescindir de lo autobiográfico o se lo impone su marido en el momento de la separación matrimonial, para hacer ficción imaginativa, entonces su obra naufraga por completo. En resumen, nada ha escapado a la investigación ni ha faltado por examinar.

laforetCarmen Laforet

Hasta ahora teníamos los libros biográficos de Agustín y Cristina Cerezales, hijos de Laforet. Dos pruebas de la fuerte impronta sentimental que la figura de la madre dejó en dos de sus hijos. A estos trabajos cabe añadir una biografía menor, un ejercicio sin ánimo de investigación ni de ir más allá de las evidencias, debido a Benjamín Prado y Teresa Rosenvinge, amigos de los Cerezales. Pero ninguno cumplía con las exigencias del género biográfico moderno. Se trataba de trabajos endogámicos que en sí mismos poco podían servir a esta biografía de nueva planta. A esto, hay que añadir el mérito de esta biografía para mantener una fluidez narrativa admirable. El relato pasa con la suavidad de la seda y se lee con pasión, porque está escrito con una precisión literaria a la que en ningún momento estorban falsos adornos ornamentales ni expresiones pretenciosas o pedantes. Aquí la literatura nace de la verdad, de la sencillez y del acierto al contar. Sobre esta trama, la voz biográfica, con finura y agudeza, traba un discurso interpretativo que explica discreta y comprensivamente el misterio de Laforet. El acierto de la labor interpretativa reside en ir hasta el fondo de todas las posibles causas de la misteriosa vida de Laforet, pero sin juzgar ni sentenciar. Se observa con compasión el paulatino desgaste de la escritora y de la mujer hacia su nada. Y las sucesivas pruebas de su progresivo deterioro personal y su impotencia literaria son observadas desde la empatía. Emociona el voluntarismo y la fragilidad de la biografiada, pero el lector es consciente que esa emoción le llega a través de la voz biográfica que aúna rigor en la búsqueda y delicadeza en el procedimiento. En este hermoso y acertado trabajo de interpretación biográfica sólo señalaré una pequeña discrepancia en la línea de la que hiciera Rosa Montero en su reseña de Babelia/El País (29/5/2010). No creo que a Laforet le trajera sin cuidado su carrera literaria o que sintiese como una carga el éxito, porque “…ella lo que deseaba era vivir su vida, viajar…” –leemos- (p. 152). No está claro que el deseo de independencia signifique falta de ambiciones en este terreno. Ni la ausencia de confraternización o entendimiento con los medios literarios, quiere decir por fuerza que ella no valorase su obra. Al contrario, pienso que tenía aspiraciones tan altas que lo conseguido le parece poco. Tampoco le concedería demasiada credibilidad a la vocación circense y demás movimientos de disimulo utilizados para escapar a la presión que le produjo ganar el premio tan joven y el miedo de no estar a la altura de lo que se esperaba de ella. El miedo al fracaso y la inseguridad providencial, que no sólo en este asunto demostró, los combatía con declaraciones públicas en que anunciaba que dejaría de escribir. Pero no. No es que quisiera abandonar la escritura, sino que le paralizaba la responsabilidad y el pánico de no estar a la altura de las expectativas de sus lectores, como ella temía en su fuero interno. Hay muchas pruebas, después del éxito de Nada y a lo largo de su vida, que demuestran que tenía ambición literaria, y que quería hacer una obra plena de crédito literario. Creo que bastan dos ejemplos a manera de muestra. El primero, su ruptura con Vergés/Destino para contratar con Lara/Planeta habla a las claras de que quiere más: dinero, por supuesto, pero también mayor proyección, más lectores, mayor popularidad, prestigio. El otro, el frustrado encuentro en Calafell con Carlos Barral y Juan Marsé, que ‘pasaron’ de ella de tal manera que le chafaron el veraneo. No debe extrañarnos este procedimiento de quitarse presión ante la crítica y el público. Los escritores y los artistas son personas que trabajan en soledad, sin ninguna seguridad ni protección más que su obra. Es lógico que duden y que se muestren inseguros ante el escrutinio de unos y otros, pero en Laforet alcanzó una dimensión patológica. Un escritor como Valle-Inclán, en las antípodas de la escritora por filiación creativa y por carácter, se pasó casi toda la vida afirmando que era escritor por azar, que no tenía vocación literaria, que en realidad su verdadera vocación eran las aventuras caballerescas… Bla, bla, bla. Puro teatro.

Como escribió Laura Freixas, en su reseña para Culturas/La Vanguardia (5/5/2010), Laforet era “uno de los grandes enigmas de la literatura española”. Su carrera literaria, inicial y precozmente triunfal, fue languideciendo durante cuatro décadas sin encontrarse explicación plausible hasta ahora. Se pensaba que no habría podido recuperarse tal vez del éxito primero. Publicó tres novelas más (otras tantas prometidas quedaron a medias o sin escribir), un libro de relatos, cuentos y artículos para la prensa. Su impacto fue siempre menor y rehén de Nada. Como la biografía nos enseña de manera pormenorizada, intentó seguir escribiendo hasta casi el final, pero no pudo. No es que abandonase o que “preferiría no hacerlo” como el escribiente de H. Melville, es que no podía. Se sintió incapaz, inane, seca. No, yo no creo que Laforet sufriera el mal de Bartleby, ni que abandonase la literatura, como algún comentarista de esta biografía ha dicho, sino que la literatura la abandonó a ella. Lo que la propia autora llamaba, en sus cartas y en algún artículo, su “grafofobia”, no era sino la constatación de su impotencia creativa, que no desinterés. En suma, una reacción orgullosa de quien sabía que habiendo escrito una obra maestra, sentía como una pesada carga mantener ese nivel. En esta biografía se aportan los motivos para comprender por qué no pudo escribir algo que estuviese a la altura de su primera novela a pesar de intentarlo. La explicación de este complejo fenómeno no podía ser simplista ni preconcebida, sino una búsqueda para intentar comprender lo que pasó desde todos los lados que formaron el prisma vital de la escritora. No hay juicio, sino empatía. Se sigue su recorrido muy fielmente, no se fuerza una explicación única ni los biógrafos se arrogan la última palabra. Son las pruebas y las sugerencias de éstas las que, como un goteo de datos pertinentes, dan las claves para esclarecer el enigma.

Cabía esperar un buen trabajo de Anna Caballé, porque nadie como ella podía hacerlo, al fin y al cabo es la persona que en España ha hecho más por el estudio universitario de la literatura auto/biográfica y por el aprecio de los valores de este género literario a través de sus críticas en medios como ABC. De Israel Rolón conocíamos su notable trabajo sobre la correspondencia entre Sender y Laforet, así como las ediciones de algunas de sus novelas. Cabía esperar mucho, decía, pero la expectativa ha quedado superada por el resultado: elucida una vida y una obra que crecieron y se deterioraron al unísono. En la vacilante tradición de la biografía literaria española este trabajo quedará como un ejemplo a seguir. Sin pretender ejercer de profeta, no creo que sea arriesgar mucho decir que Carmen Laforet. Una mujer en fuga marcará un hito. El resultado es magistral, y no era nada fácil. Lo dicho: rigor y delicadeza. ¡Chapeau!

 

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