Tras los pasos de Antonio Machado

Por ADA VALERO

Todos los veintidós de febrero, invariablemente, dedico mi clase de Lengua a la memoria del poeta sevillano enterrado en Colliure. Suelo llevar al aula la biografía escrita por Ian Gibson, Ligero de equipaje, y empiezo mostrando las fotos que reúne en su interior: un joven Antonio, de estatura todavía esbelta, junto a Leonor con su cara de niña; luego don Antonio, viudo grueso, con sombrero y bastón, y más tarde ese hombre prematuramente envejecido a punto de cruzar los Pirineos nevados, rumbo al exilio, rumbo a la muerte frente al mar francés, en Colliure, compartiendo destino con tantos derrotados que huían de España en 1939 para alejarse de la venganza de los vencedores, sin sospechar que acabarían confinados en insalubres campos de refugiados, en playas rodeadas de alambradas donde el frío, la humedad, los piojos y las penurias de la huida completaban su devastación.

Fantaseo a menudo con organizar una ruta machadiana para mis alumnos, llevarlos al patio de Sevilla donde madura el limonero, y de allí al Madrid de su juventud en la Institución Libre de Enseñanza, en los años del simbolismo becqueriano e intimista de las Soledades y su ampliación en Soledades, galerías y otros poemas. Llevaría a mis alumnos a continuación a tierras de Soria, y recrearía con ellos el encuentro fundacional del poeta con Castilla, con la meseta fría y sobria, tan acorde a su temperamento. Visitaríamos después la austera habitación que ocupó en la pensión regentada por los tíos de la que, recién cumplidos los quince años, sería su mujer, Leonor Izquierdo. Tendría en ese momento que contrarrestar los comentarios ofensivos de mis alumnos, sorprendidos por la diferencia de edad de los novios (Antonio Machado contaba entonces treinta y cuatro años) pintándoles la malograda historia de amor con los versos inmortales nacidos a raíz de la enfermedad de la joven y de su temprana muerte, tres años después, a causa de la tuberculosis descubierta en París, adonde viajó el matrimonio gracias a una beca para una ampliación de estudios. Cuenta Ian Gibson que Rubén Darío les dio el dinero para costear el regreso de la pareja a Soria. Era el verano de 1911; un año después, mientras salían a la luz los versos de Campos de Castilla, en agosto de 1912, fallecía Leonor, dejando a Machado devastado por la pérdida. Viajaríamos a Baeza entonces, adonde se trasladó el poeta llevando consigo el recuerdo de Leonor y de Castilla. Son los años en los que el poeta se dedica al estudio de la Filosofía; amplió Campos de Castilla en 1917, con una serie de poemas en recuerdo de Leonor:

Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños…

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste cansado, pensativo y viejo.

 

 

Su siguiente obra poética, Nuevas canciones, no aparecería hasta 1924. En el nuevo libro, además del recuerdo de Leonor (Mi corazón está donde ha nacido, / no a la vida, al amor, cerca del Duero… / ¡El muro blanco y el ciprés erguido!) abundan esas composiciones breves, fruto de sus intereses filosóficos, que recogió bajo el título de Proverbios y cantares.

El viaje tras los pasos de Machado continuaría de nuevo por Madrid y por Segovia, ciudad donde conoció a Pilar de Valderrama, mujer casada a la que cantó en sus versos bajo el nombre de Guiomar. El estallido de la guerra separó a la pareja:

De mar a mar entre los dos la guerra,
más honda que la mar. En mi parterre,
miro a la mar que el horizonte cierra.
Tú, asomada, Guiomar, a un finisterre,
miras hacia otro mar, la mar de España
que Camoens cantara, tenebrosa.
Acaso a ti mi ausencia te acompaña.
A mí me duele tu recuerdo, diosa.
La guerra dio al amor el tajo fuerte.
Y es la total angustia de la muerte,
con la sombra infecunda de tu llama
y la soñada miel de amor tardío,
y la flor imposible de la rama
que ha sentido del hacha el corte frío.

 

Tras Madrid, vendría Valencia y tras Valencia, Barcelona y de Barcelona a Colliure. En mi fantasía, los alumnos y yo llevamos cartas para depositar en el buzón que hay instalado junto a la tumba del poeta. En la mía le diría que sus versos educaron mi sensibilidad estética, que doy por bien pagada mi vocación acercando su poesía a mis alumnos  y que siempre, pero hoy, más que nunca, tiene sentido su palabra en el tiempo: para dialogar, / preguntad primero; / después… escuchad.

 

Grupo Literario Las Tardes de Atenea

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