Tulipanes, burbujas e irracionalidad

Todo el mundo asocia el tulipán como símbolo de Holanda y pocos son quienes pueden resistirse a la belleza cautivadora de esta flor, en sus distintas variedades, que cada año inunda de colorido la primavera de los Países Bajos. Aparte de sus singulares atributos, el tulipán, planta originaria de Turquía (cuyo nombre proviene, de hecho, de un vocablo que significa “turbante”), es también famoso por haber protagonizado, hace siglos, un período de euforia económica en aquel pequeño país.

Tras su descubrimiento para los ojos europeos occidentales a mediados del siglo XVI, la flor sedujo por completo a los ricos holandeses, que comenzaron a hacer pedidos a comerciantes de Estambul, llegando a pagar precios desmesurados. Ya en el primer tercio del siglo XVII, la afección por el tulipán se extendió entre todas las clases sociales. En el año 1634, era tal el entusiasmo de la población holandesa que se generalizó el comercio de tulipanes. A medida que la tulipomanía avanzaba, la escalada de los precios proseguía imparable, particularmente cuando estaba en juego la posesión de las especies más raras. Alguien, que debió de calcular la inmensa fortuna que podía obtener a partir del bulbo de una de éstas, llegó a ofrecer doce acres de tierra para hacerse con su propiedad.

El mercado se fue expandiendo y fueron apareciendo marchantes especializados cuyo principal objetivo era obtener ganancias con las oscilaciones de precios que ellos mismos provocaban. Muchas fortunas se gestaron de la noche a la mañana con ese método aparentemente infalible. La gente llegó a pensar que la pasión por los tulipanes sería eterna y que, de todas las partes del mundo, llegarían a Holanda compradores dispuestos a pagar cualquier precio. Ante este panorama, personas de todas las clases sociales comenzaron a liquidar sus propiedades a fin de invertir en flores, que aparentemente ofrecían rentabilidades elevadas y sostenidas.

Sin embargo, a medida que las flores se compraban no ya con fines ornamentales sino para su reventa con márgenes crecientes e insaciables, llegó un momento en que algunos intervinientes en el mercado, dotados quizás de una mayor perspicacia, empezaron a considerar que aquella locura no podía durar indefinidamente y que, en última instancia, alguien estaba condenado a soportar pérdidas. Como suele ocurrir, la falta de confianza no fue sino la antesala del pánico desatado entre los operadores del mercado. De esta manera, los contratos de futuros suscritos a un precio determinado dejaron de respetarse cuando, en el momento del vencimiento, el precio real era muy inferior al que se había pactado de antemano. En un corto lapso de tiempo, lo que antes era un objeto disputado y codiciado pasó a convertirse en algo que nadie estaba dispuesto a comprar, abriendo una nueva etapa en la que cada uno culpaba a los demás del desastre colectivo.

No faltaron los intentos de buscar soluciones transaccionales para propiciar un reparto equilibrado de las pérdidas, pero, finalmente, las instancias judiciales se inhibieron en el respaldo a la efectividad de deudas contraídas a raíz de operaciones de corte especulativo. Quienes habían logrado deshacerse de sus posiciones de tulipanes antes de la debacle fueron los ganadores de la partida. En cambio, quienes fueron sorprendidos por el estallido de la burbuja con abundantes provisiones acabaron en la ruina. A resultas de todo ello, el comercio holandés sufrió una conmoción de la que tardó años en recuperarse.

Quizás alguien pueda estar tentado a pensar que el episodio reseñado no es sino parte de un relato de ficción. Sin embargo, corresponde realmente a una síntesis de una etapa singular vivida en Holanda hace cerca de cuatro siglos, narrada en la crónica realizada por un periodista escocés de mediados del siglo diecinueve, Charles Mackay (“Memorias de ilusiones populares extraordinarias y de la locura de las masas”). Habría de advertirse, por tanto, que cualquier parecido o semejanza con alguna situación reciente en otros mercados de productos financieros o no financieros sería pura coincidencia, aunque quizás alguien pudiera no estar muy de acuerdo.

(Artículo publicado en “La Opinión de Málaga”, con  fecha 18 de febrero de 2009).

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