Un lugar llamado inmundo, por Juan López Cohard

BELVEDERE 27-7-2014

Parece que no hay forma de que Yahveh y Alá dejen de matarse en las inocentes víctimas de la franja de Gaza, donde han convertido sus reinos en un verdadero infierno. Que Dios, que tampoco se lleva bien, ni con ellos ni consigo mismo, les perdone.

Gaza

Un niño muerto tras un bombardeo israelí en Gaza. Reuters / Ashraf Amrah

Bajo la excusa del terrorismo de Hamas, que existe y es terrorismo, Israel usa y abusa de su extraordinario potencial económico, tecnológico y militar para masacrar a una población indefensa y desamparada que habita, si es que se le puede llamar habitar, hacinada en un pequeño territorio que ya de por sí, sin necesidad de hacer que el aire que se respira esté contaminado de fuego y metralla, es un infierno. En Gaza, los niños son amamantados con los biberones cargados de dinamita que les envían las tropas israelíes y se entretienen jugando a descubrir, por el sonido que hace antes de estallar, el modelo de misil que surca el cielo, las madres lloran mientras mantienen en sus brazos a ese hijo que es y fue al mismo tiempo, y los padres, impotentes, viendo como se destruyen sus hogares y pierden a sus familias, cuando no la misma vida, sienten envidia de los muertos.

La ofensiva contra el grupo terrorista de Hamas no tiene límites. Para acabar con uno solo de ellos han de morir cientos de inocentes. El sentimiento humanitario se muestra utilizando alta tecnología militar, por eso los misiles israelitas son selectivos; sus objetivos están perfectamente definidos: edificios y ciudadanos de Gaza. Nunca yerran el tiro. Pero cada misil, de una u otra parte, esparce la semilla del odio.

Entre tanto, en Ucrania, aunque con más parsimonia, se siguen matando. Sin compasión, sin el más mínimo atisbo de remordimiento, ni por las victimas en conflicto, ni por esos cientos de inocentes pasajeros que osaron volar sobre esa parte pro-rusa del país. Nadie es culpable, ni los que facilitaron los misiles a incompetentes (o no) artilleros, ni los que apretaron el botón por error (o no). Y el mundo sigue impávido.

Un verano que pasé en Cornualles, al suroeste de Inglaterra, donde sus enormes acantilados abren la puerta hacia el inmenso Atlántico dando fin a la isla, me quedé impresionado con los deformes, destartalados y escuálidos árboles de copa rala que pueblan sus tierras. Todos ellos se inclinaban hacia tierra adentro, como huyendo de los pavorosos monstruos que, según la mitología medieval, poblaban las aguas atlánticas. Huían, sí. Pero no de la ira del misterioso océano, ni de las impetuosas tormentas que les azotaban, ni de la tenebrosa niebla que todas las tardes hacía oscurecer al sol. Huían de nosotros, los hombres. Porque nos hemos convertido en ciudadanos de un lugar llamado inmundo.

Juan López Cohard

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