Unas pinceladas de amarillo cadmio, por Mónica López Soler

Calle Chrichar, Tetuán. Acuarela de Mariano Bertuchi. (Archivo Familia Bertuchi).

Calle Chrichar, Tetuán. Acuarela de Mariano Bertuchi. (Archivo Familia Bertuchi).

Hace unos días, dedicaba Antonio Abad en el blog del Ateneo unas “pinceladas de amarillo cadmio” al genial pintor Mariano Bertuchi (1884-1955). Fue inevitable que esas pinceladas me hicieran viajar, no sólo hasta la obra de este artista, sino también hacia una experiencia vital que recojo bajo la intitulación de “Los colores de la memoria”, título de una ruta de arquitectura para viajeros emocionales que fue el resultado material de dicha experiencia. La realización de la guía me regaló descubrir el norte de Marruecos, la historia del Protectorado, al impar arquitecto Emilio Blanco Izaga o al paternalista Mariano Bertuchi, y conocer a personas a quienes agradezco su altruista colaboración y apoyo, entre otros, al homónimo del artista, Mariano Bertuchi, su nieto, con quien mantengo desde entonces una entrañable amistad.

El color es el adjetivo que, transformado en sustantivo, se convierte en hilo conductor de la guía. Colores que, como define el poeta José Ángel Valente, son señal sustantiva de la diversidad del mundo. Y ¿quién mejor que Mariano Bertuchi captó y plasmó los colores del norte de Marruecos?, incluso los de Málaga, donde vivió unos años.

Bertuchi se convirtió en un compañero de viaje, y su obra en una de las miradas sensibles a través de la cual me adentré en la ciudad habitada, es decir, en la poética de la materia. Porque Bertuchi fue este tipo de viajero que, más allá de geografías espaciales y tempo­rales, viajaba con el intelecto, con la sensibilidad, con la emoción, los sentidos, la curiosidad y el afán de conocimiento. Buscaba tras la apariencia esa ciudad invisible que espera ser descubierta y que es la que otorga la belleza a lo tangible. Su mirada llegó a reafirmar la identidad de la cultura andalusí, logrando transmitir las impresiones que quedaron grabadas en su alma a través de pinceladas que conforman un atlas completo de esa realidad sociocultural que baña las dos orillas mediterráneas.

Fue pintor de paisajes, costumbres y escenas cotidianas. Su obra es crónica histórica y humana del Marruecos del Protectora­do español y fuente documental antropológica y etnográfica, tal como afirma el historiador J. L. Gómez Barceló.

Nacido en Granada, inevitablemente creció inmerso en la cultura y estéti­ca andalusí. Su vida continuó en Málaga, donde descubrió la luz mediterránea y los colores del mar. Vivió en San Ro­que y en Ceuta, desde donde viajó como cronista gráfico de la acción española en Marruecos, conociendo ciudades como Arcila, Larache, Chauen o Alhucemas. En 1930 se instaló en Tetuán, ciudad que convirtió en su vida y su obra. Fue inspector de Bellas Artes de Marruecos (1928), director de la Escuela de Artes y Oficios (1930), de la Escuela de Alfombras de Chauen y de la de Artes Indígenas de Tag­sut, fundó la Escuela preparatoria de Bellas Artes (1945) y el Museo de Artes Marroquíes (1948). En este ejercicio, su afán fue preservar el legado andalusí. Restauró la medina de Tetuán y la protegió otorgando la categoría de monu­mento a sus bienes patrimoniales. Su legado pictórico se abre como un abanico: óleos, acuarelas, dibujos, tarjetas postales, ilustraciones para revistas, carteles de promoción de Marruecos para el Patronato de Turismo, series filatélicas,… En él se descubre el alma de la materia y el relato de la memoria heredada. Es también el reflejo del alma andalusí, de la vida marroquí, de los colores de la historia y de la luz mediterránea. Llevo Marruecos en mi alma”, decía Bertuchi.

Su legado es una de las páginas escritas de esa historia interminable que pertenece a cada lugar del mundo, por eso sus colores, son los colores de la memoria en los que se reconoce el Mediterráneo occidental.

Mónica López Soler

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