Versión corta, por Salvador Perán

El primer encargo que me hizo el Presidente del Ateneo de Málaga Diego Rodríguez Vargas para intervenir en el Acto de Inauguración del Curso 2016/17 fue para un parlamento corto y el segundo para uno cortísimo. En cualquier caso lo interpreté como una deferencia inmerecida que me honra. Procedo a escribir lo que habría dicho en el caso de contar con tiempo, añadiendo florituras literarias a las que llamo filosofía barata. Cuando ejercía la docencia daba las clases sin seguir un guión rígido. Procuraba saber de donde partía y a donde quería llegar dejando el itinerario a la improvisación. Intuía, como Walter Benjamin, que no nos entendemos con el lenguaje sino en el lenguaje, que la comunicación es un viaje que hacen juntos el orador y los oyentes conectados por empatía. En el mundo trivializado en el que vivimos del que, por supuesto, no me quejo, las ideas hay que condensarlas en versículos de ciento cuarenta caracteres como máximo en lugar de expandirlas para desbrozar el camino a modo de hoces manejadas con esfuerzo y destreza.

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Salvador Perán durante su intervención.

Para la preparación de la charla adopté la misma rutina que para las clases: marcar los puntos de salida y de llegada e imaginar la ruta mientras hacía ejercicio al aire libre. Yo aparecí por la Plaza del Obispo en 1974 de la mano de Marta Harnecker y de un materialismo histórico cogido por los pelos esperando encontrar un nido de rojos donde ensayar el desclasamiento teórico del que alardeábamos los jóvenes de izquierda. En vez de eso encontré un grupo de burgueses demócrata cristianos que me recibieron con amabilidad y cariño. Conocí y traté a Don Fernando Álamos de los Ríos, Ramón Ramos, Ángel Fernández Sepúlveda, Rafael Pérez Estrada, Juan Antonio Lacomba, Juan del Pino Artacho, Fernando Arcas Luque, Carlos Verdú y algún otro con los que luego coincidiría en las comidas del club Demos en el Marítimo.

Escribir es pensar en soledad; hablar en público es pensar en compañía. Por eso los discursos leídos pueden resultar fríos. Más vale un despiste a destiempo que tener que seguir un rail forzoso que no permita digresiones. En el libro se encuentran dos soledades que se pueden entender o no, pero que no necesitan guardar las formas como en la conferencia donde, como ocurre en una caminata en grupo, podrán surgir momentos de incomodidad, tanto para el guía como para el equipo, que deben superarse mediante ayuda mutua.

La fundación del Ateneo de Málaga fue un acto político en el sentido más noble de la palabra. Me parece que no es arriesgado comparar a sus fundadores con los filósofos griegos que creaban academias, escuelas, ateneos o foros donde aprender enseñando que es la mejor manera de aprender. No hay duda de que Sócrates, Aristóteles o Platón eran políticos antes que filósofos. Hacían propuestas para mejorar lo que hoy se conoce como calidad de vida dándole preferencia al bienestar intelectual. Al ser el Ateneo un lugar de confluencia me propuse reflexionar sobre el compromiso social, porque si jóvenes díscolos se entendían con burgueses demócrata cristianos era debido al principio de elegancia intelectual.

En mi profesión he tenido que tratar el método científico desde el punto de vista teórico y práctico. Las memorias de investigación se elaboraban en base a los presupuestos que René Descartes impuso en su conocido ensayo Discurso del Método. La primera vez que vi escrito el término elegante aplicado a la inteligencia fue en The Grand Desing de Stephen Hawking donde plantea que los procedimientos científicos deben ser, además de todo lo que decía Descartes, elegantes sin especificar en qué consiste eso. Puede que con la elegancia pase como con el tiempo que San Agustín decía saber lo que era pero que dejaba de saberlo si se lo preguntaban. Mejor poner ejemplos que definir. Una ecuación elegante es la que relaciona materia y energía a través de la velocidad de la luz, la conocida E=mc2 de Albert Einstein. Los principios de Isaac Newton derraman elegancia en tres dimensiones. La doble hélice de Watson y Crick resulta sumamente elegante aunque ellos en particular no lo fueran al escamotear el nombre de Rosalind Franklin que fue quien obtuvo las imágenes de rayos X de las hebras de DNA. Pero la propuesta científica que encuentro más elegante por su trascendencia es la hipótesis que Charles Darwin publicó en 1859 sobre la evolución de las especies, en la que invita a sustituir la contundente afirmación de soy creyente por la razonable de yo creo que…, intercambiando fe por razón. Algo que transformó la percepción de la realidad no sólo en biología sino también en religión y en política.

Robert Skidelski reflexiona en la biografía de John Maynard Keynes sobre las consecuencias de la hipótesis de Darwin: “La vida intelectual en el Cambridge victoriano estaba determinada por la crisis y el subsiguiente declive de las creencias religiosas. La década de 1860 fue el tiempo en que los hombres de Cambridge perdieron su fe religiosa: Edward Carpenter, Leslie Stephen, Henry Sidgwick, Alfred Marsahall y Arthus Balfour pertenecían todos ellos a la «clase escéptica» de esa década, que se inauguró con las consecuencias de El origen de las especies de Darwin, publicada en 1859, y se cerró con los resultados de la Segunda Ley de Reforma de 1867. La muerte de Dios y el nacimiento de la democracia de masas, que ocurrieron más o menos simultáneamente, concentraron de forma maravillosa las mentes de los hombres en los problemas de la conducta personal y el orden social”.

Darwin enfrenta a la sociedad de su tiempo al dilema de elegir entre seguir fiel al solista o decantarse por el coro. Hacía poco que Giuseppe Verdi había elevado al coro, en la ópera Nabucco, a la categoría de protagonista, culminando la tradición del Renacimiento. Si la filosofía pagana griega se interesó por el bienestar del hombre aquí y ahora, el cristianismo difirió la felicidad para la otra vida, concretamente para un hipotético cielo. Por eso el Renacimiento supuso un aterrizaje templado, una vuelta a la razón lógica. No era el pensamiento de Aristóteles lo que se buscaba, se buscaba lo que Aristóteles buscaba. Por rastrear antecedentes literarios en el centenario de Cervantes y Shakespeare se puede traer el famoso discurso que suelta Don Quijote a los cabreros inspirándose en un puño de bellotes: “Dichosa edad y siglos dichosos aquéllos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”. O el comentario que hace Ulises a Aquiles en la obra de Shakespeare Troilo y Cressida: “Ningún hombre es dueño de cosa alguna (aunque exterior y moralmente pueda poseer mucho) hasta que ha hecho partícipe de sus riquezas a los demás”. La conciencia de comunidad se crea lentamente a lo largo del Renacimiento que queda clausurado con el descubrimiento de que la vida en la tierra es responsabilidad de todos. Lo que decía Apuleyo: “Sigillatim mortales, cunctim perpetui”.Uno a uno son mortales, pero en conjunto son eternos.

Pero no todos reaccionaron como los intelectuales de Cambridge. Conocida es la angustia que transmite Dostoievski en boca de Ivan, el hijo intelectual y ateo de los hermanos Karamazov: “Si Dios no existe todo está permitido”. La cuestión no es esa, la muerte de Dios no trae la barbarie sino que da paso a una nueva cultura: el compromiso social. Pues bien, en el acto de fundación del Ateneo de Málaga veo compromiso social, una renuncia al solista de la dictadura para comprometerse con los intereses del coro al que en aquellos tiempos no avergonzaba llamar pueblo. Y lo hicieron con elegancia intelectual, entendiendo y respetando sensibilidades políticas distintas a la suya.

En este acto de homenaje a los fundadores se debe resaltar su valentía al apostar por la democracia en 1966 cuando no se veía cercano el horizonte de la Constitución. Es algo de lo que debe enorgullecerse el Ateneo de Málaga en la figura de la actual Junta Directiva y el actual Presidente, pero también en las aportaciones de todas las Juntas y de todos los Presidentes sin olvidar, por supuesto, al coro de socios que hemos acompañado ese hacer elegante que supone luchar por el interés común. En el pórtico de la Academia de Platón dicen que había un letrero que decía: “Que no entre nadie que no sepa geometría”. Propongo que en el pórtico del Ateneo de Málaga se inscriba la leyenda: Que no entre nadie que no prefiera lo público a lo privado. Que no entre quien no sea partidario de la educación universal, pública y gratuita; sanidad para todos pública y gratuita. Que no entre quien no esté dispuesto a cantar en el coro. Porque creo que el Ateneo debe ser el coro cultural y político de Málaga. Muchas gracias al Presidente y a la Junta Directiva por haberme concedido el privilegio de ser su portavoz y gracias a Pepe Ponce por elegirme para la exposición.

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