Vidas, por Mª Teresa García Ballesteros

Vidas

El reloj de la Ermita de la Magdalena está a punto de dar los tres cuartos para las dos de la tarde, y el sol de agosto se enseñorea de calles y fachadas destacando el polvoriento y uniforme color terroso de ambas.

Por el camino de Villatobas llega un chiquillo, tan rápido como le permiten el calor y el sudor que casi le ciega. No se ve un alma, pero Pablo sabe que, tras los visillos, en cada casa, los ojos que vigilan ya le han captado.

Las viejas que alivian su forzada inmovilidad con la visión del que pasa trasmiten su versión y su intuición al resto de la casa:

-¡Ta! El hijo de Ezequiel, el pequeño, viene del campo corriendo.

-Mira quién acaba de pasar como un rayo, Pablito el de Maru.

-¡Oh! Con la solanera que hace y ese muchacho cómo viene sudando.

-Algo pasa, mira ese niño cómo va…

No ha pasado desapercibida tampoco la ansiedad que refleja el rostro de Pablo, sus paradas para coger aliento, el polvo y las pajas adheridas a sus ropas y las alpargatas casi destrozadas por la excesiva carrera.

De la calle de la Ermita cruza por la plaza y sube la cuestecilla que lleva a la Iglesia y se pierde detrás del inmenso edificio hasta la casa de la tía Juliana. Jadeante da dos golpes con la aldaba y empuja la puerta que sabe abierta, y aunque la penumbra del zaguán ha impactado su vista deslumbrada, enfrenta los ojos interrogantes de la tía, que sale a su encuentro, con el valor que da la inexperiencia.

-¡Ta! Pero… ¿Qué pasa, galán?

-Tía,  … Ezequiel, … que le ha dao una insolación en el campo y le traen mu malito.

-¡Oh, Dios mio!

-Que llame usté al médico que venga, que ya vienen con el carro.

Sin pararse a pensar Juliana coge de un puñado su pañuelo negro y se cubre apresuradamente la cabeza anudándolo al cuello, mientras ya va angustiada calle arriba hacia la casa del Don Antonio.

*   *   *

Ezequiel es un chaval despierto y menudo, charla por los codos y sabe de cuentas, es servicial y rápido en obedecer. A su tío Diego le cayó siempre en gracia, él no tiene hijos y cada día se da cuenta de que le hace falta ayuda. De vez en cuando echa mano de él para que le ordene el almacén, prepare paquetes de legumbres, lleve algún encargo… la tienda va bien, no es mal negocio y, si se traen de vez en cuando algunas novedades, se van vendiendo, las tabletas de chocolate, algún que otro queso… también las latas de sardinas y otras conservas van teniendo salida si las pone a la vista…

Han pasado algunos años y el chaval ha crecido, entiende el negocio casi mejor que su tío, no le falta de nada y, antes de que llegue el fin de cualquier mercancía, Ezequiel ya lo tiene previsto y anotado. Y si hay que ir a Aranjuez a por cualquier cosa se pinta solo para poner en marcha el carro bien temprano, no le asusta el camino, lleva escondido un pistolón de su abuelo que no ha disparado nunca, pero ahí está cargado por si acaso. Aprovecha la confianza de su tío y trae el carro cargado: una cuba de sardinas en salmuera, un par de jamones… espárragos y algunas fresas en temporada.

Arranca el nuevo año: 1937. La guerra declarada en todo el país ha cambiado las vidas de todos. En el pueblo el conflicto ha enfrentado a los vecinos dramáticamente, las armas han sustituido a las razones, unos han huido camuflados allí donde no los conozcan, abandonando sus casas y sus familias, otros se han alistado en el ejército o han tratado de cruzar el frente para pasar al lado de quienes comparten sus tendencias, y otros se han hecho con el control y administran, casi siempre con demasiada autoridad, todo lo administrable, incluidos los suministros de todo tipo. Malos tiempos. Hace meses que en la tienda no se entra más que a por lo imprescindible, y en cualquier caso tampoco hay ya casi para vender, el comercio está prácticamente detenido, las comunicaciones son peligrosas y el pueblo está sumido casi en el autoabastecimiento.

-Diego, ponme media panillita de aceite –la medida cae parsimoniosamente en la botellita de vidrio que trae la mujer, que espera casi un minuto que el embudo escurra su última  gota-, ¡que no se desperdicie!

-Un cuarto de garbanzos que voy a poner un cocido.

-Tío, ayer se acabaron los arenques.

*   *   *

-Juliana, no sabes lo que siento decirte esto, pero no puedo seguir pagando a Ezequiel, la tienda está casi cerrada, ya lo ves, vacía, sin nada que vender y el pueblo sin nada que comprar, cada cual haciendo lo que puede… ni harina tengo… y esos hijos de mala madre del estraperlo… –Diego mira al vacío y aprieta los dientes y los puños en un gesto de rabia contenida.

-¡Oh Diego! Yo sabía que esto tenía que pasar, lo veía venir…, estamos cayendo todos en la miseria que nos trae esta guerra de odios y de muertes. ¡Qué va a ser de nosotros!

-Él ya lo sabe, día a día nos miramos sin nada que hacer… no tengo nada que darle.

A Ezequiel le hubiese gustado conocer el mar…, viajar y ver otras tierras… Siempre recordaba con emoción aquel viaje que hizo con su tío a Toledo con 15 años, la imponente ciudad y su increíble catedral, las tiendas y la casa de comidas en la plaza de Zocodober donde almorzaron una perdiz con judías. Sólo fue hasta los 10 u 11 años a la escuela, pero absorbía bien todo lo que el maestro sabía enseñarle, era su alumno preferido y a veces le sorprendió con el regalo de unos lápices de colores o algún cuaderno. El trabajo en la tienda le apartó casi siempre de las obligadas tareas del campo en las que se ocupaba la mayor parte de los hombres del pueblo y los chavales desde bien temprano. Un secano duro de cereales y legumbres, vides, algún olivar, sandías y melones en temporada. Los huertos del Tajo más productivos pero solo en manos de unos pocos. Un clima extremo de inviernos largos con madrugadas de hielo y veranos de medios días amenazantes, “Nueve meses de invierno y tres de infierno” que dice el refrán.

El calendario agrícola marcaba la actividad, en invierno arar y sembrar, podar las viñas y recoger las escasas olivas… pero en verano la cosecha de trigo y cebada y en otoño la vendimia obligaban a colaborar a toda la familia. Su experiencia como agricultor no era gran cosa: ayudar a cargar la paja y almacenarla en el pajar, cargar los melones y colgarlos de las vigas del sobrao para que duren hasta la año nuevo, cortar y poner a secar los girasoles, hacer la vendimia… cansada pero festiva. Su piel pálida y sus manos sin apenas callosidades le distinguían del resto de sus amigos, ya curtidos por el sol y los vientos desde casi la infancia. –¡Mira este, que manos de mariquita!

-Madre, búscame un pantalón y una camisa viejas que a partir de mañana me voy al campo con padre.

Juliana asiente y se preocupa, el verano está en su cenit y en plena siega, el pueblo se despierta antes del amanecer y salen los hombres con las caballerías tirando de los carros, para volver si es posible antes de mediodía y evitar que el sol les coja aún en la era. Es necesario hacer un alto, aunque breve, y a la tarde extender la mies en círculo sobre las piedras de la era, enganchar la trilla a las mulas y comenzar a dar vueltas, vueltas y vueltas para que la fricción de las trillas y el calor separen el trigo de la paja.

Se han levantado casi de noche, Ezequiel y su padre han tomado unas judías frías que sobraron de la cena y un trago de aguardiente como desayuno, han enganchado la mula al carro de la familia, bien pertrechado de varas y ataderos para gobernar la carga, y salen hacia las tierras de Costanilla, habrán de apurarse si lo quieren segar en una jornada. Su madre le ha buscado también un sombrero de paja algo destartalado, que le recomienda con insistencia, su padre a veces se protege con un pañuelo de bolsillo que  con un nudo en cada esquina se adapta a la cabeza, pero a él le parece poco y algo ridículo. Va amaneciendo cuando enfilan la cuesta de la fuente nueva, sopla una brisa fresca que les infunde cierto optimismo. Llevan, cómo no, un buen botijo, un trozo de pan, algo de longaniza, un par de tomates (y su papelito con sal) y una bota de vino para el almuerzo. Detrás asoma el carro de Andrés, su vecino, que tiene una finca de cebada casi lindante con la suya, su hijo mayor viene tarareando una copla:

“Por la mañana galvana, al mediodía calor,

a la noche riñoneda; ¿quién quiere ser segador?”

y Pablito, el pequeño, baja, corretea y sube al carro encantado de la jornada de espigador que le espera.

Cuando llegan a la finca, el brillo del sol apenas asoma por el horizonte, hay que desenvolver las hoces, afilarlas un poco y empezar cuanto antes, por orden, los surcos de tres en tres, de arriba abajo y vuelta a empezar. Cortar, engavillar y transportar al carro. La mies está a punto, no es posible esperar, dos días más y las espigas comenzarían a descabezarse y se perderían los granos. En la mano derecha la hoz, en la izquierda la zoqueta que protege los dedos, y un dedal de cuero para el índice. Tres puñados de espigas y se hace una gavilla, atada con la propia mies, que espera en el suelo formar un haz con otras cuantas enlazadas con un atadero de esparto. No es la primera vez que Ezequiel lo intenta, su padre le explica y le ayuda a colocarse los manguitos que protegen los brazos. Tres golpes de hoz y amarrar con un puñado de espigas, tres golpes de hoz…

-Mucho cuidado no te cortes.

Martín le adelanta sin remedio, le lleva toda una vida de ventaja.

-No te apures Ezequiel, que ya lo irás cogiendo. Mira, ve atando todo lo que llevamos.

-No, padre, que cuando el sol apriete se pondrán mas tiesas las espigas y será peor, aprovechemos ahora a cortarlas.

A las nueve hacen un alto a tomar un bocado a la sombra del carro, la tarea no ha ido mal, ya han segado más de la mitad pero a partir de ahora empezarán a notar el peso del sol sobre sus espaldas. Cuando se incorporan al tajo, Ezequiel se coloca el sombrero en prevención de lo que se avecina.

Tres golpes de hoz y amarrar.

Un puñado, dos, tres, amarrar.

Uno, dos, tres… y secarse el sudor de la frente con la manga polvorienta. Uno, dos tres… una hilera más. Ezequiel se incorpora a avistar cuánto queda y aprovecha para estirar la espalda. Martín ha acercado el botijo:

-Hijo, echa un trago que Lorenzo ya va apretando.

Otra hilera más, y se venda la mano enrojecida con un trapo para evitar las ampollas… Dos hileras más y habrán terminado. ¡Uff! Ezequiel está contento, el sol ha alcanzado su punto más alto, pero ya solo queda agrupar las gavillas en haces y cargar. Martín le llama con la bota en la mano desde el carro.

-¡Eh! Vente a la sombra, descansemos un poco.

Ezequiel se incorpora y mira en la dirección de la voz, pero el calor nubla su vista y todo se confunde, da dos pasos vacilantes y cae sobre las gavillas.

-¡Hijo!

Martín corre hacia él con el agua, le agita, pero Ezequiel ha perdido el sentido, derrama el botijo sobre su cabeza, su rostro está congestionado y respira con dificultad. Martín es fuerte y carga el cuerpo de su hijo hasta el toldo que da sombra junto al carro. Angustiado, mira al horizonte y distingue a Pablo, el hijo del vecino, que corretea buscando las espigas perdidas:

-Pablito, Pablito, venid por Dios, llama a tu padre.

La voz entrecortada de Martín hace reaccionar a Pablo que da la voz de alarma, su padre y su hermano abandonan el corte y corren hacia la parcela vecina.

Le han puesto un pañuelo mojado en la frente y le hacen aire, pero Ezequiel no vuelve en si, está ardiendo, Martín le abre la camisa y le moja el torso con el resto del agua, desesperado.

-Martín –dice Andrés–, hay que llevarle al pueblo, que le atienda Don Antonio, vamos a subirle al carro. Julián, haz un toldo con esto, que no le dé el sol, y tú, Pablito, corre a avisar a su madre que llame al médico. ¡Vamos Martín!

* * *

Estallan las olas en su tronar amenazante

Y avanzan sobre la playa

Perdiendo su poder entre la arena.

Su muerte es un rumor de espuma.

Arropado… recogido… ¡Vuelve!

Susurra el mar… ¡Voy!… ¡Vuelve!

 

-Ven, que estoy, que soy profundo, puedes entrar, no hay puertas.

-Me engañas, hoy la calma y ayer la guerra

-Ven, te abrazo, te sostengo, baila conmigo.

-No, me tragas, me llevas, me hielas…, me fascinas.

Eres la muerte y la vida

La muerte y el agua

La vida y el agua

La luz y el agua

…la oscuridad y el agua…

Málaga, verano del 2013

Mª Teresa García Ballesteros

 

 

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