Voces

I

Soy un traidor, mi nombre es Bertrand, pero eso ya no quiere decir nada. Por salvar la vida he traicionado a los míos y, por mi culpa, serán muertos o hechos esclavos. Me he deshonrado, pero qué vale la honra sin vida. He visto en los campos de batalla muchos hombres muertos honrosamente, pero muertos. A sus padres, hermanos, mujeres, hijos, a sus desdichadas familias, nos les llegará la soldada de la cruzada, ni el botín de los saqueos, ni siquiera la noticia de su muerte. Esperarán y esperarán su regreso hasta desesperarse ¿De qué habrá valido su honrosa muerte?

Yo, en cambio, traidor sí, pero vivo aún y seguiré vivo pues la musulmana que ha presenciado mi tortura, provocado mi confesión y ahora es mi única guardiana, ya no está interesada en mantenerme preso y me liberará al caer el sol. El Sheikh no regresará, ella interpretará que ha dejado de ser la única en su pensamiento y le corresponderá dejándome huir. Finge su desprecio, pero no me desprecia, sabe que mi confesión es un acto de astucia y los musulmanes aprecian la astucia. El eunuco que el Sheikh ha dejado a su servicio me proporcionará montura y vituallas y puede que hasta me acompañe. Dudaba, pero creo que lo ha decidido, pues es la única manera que tiene de asegurarse de recibir lo que le he prometido. Libres, iremos a San Juan de Acre, allí recuperaré el botín que tengo escondido en sus afueras y le daré el oro que espera. Se lo ha ganado, primero proporcionándome pociones de láudano con las que he podido resistir la tortura lo suficiente para que mi confesión pareciese arrancada por ella y, después, contándole al Sheikh lo que he susurrado en mis falsos delirios, acerca de la atracción que él ejerce sobre una belleza llamada Fathija, sobrina de Saladino.

II

¿Qué esperas Badra? Sabes que esta noche no volverá. Ha ido a ver a Saladino, lo sabes y también lo que significa, que no volverá. Tu inmovilidad pretende aparentar tranquilidad, pero no lo consigue. El continuo frotar y frotar de tus manos te traiciona. Miras a través de la celosía del ajimez hacia el comienzo de la calle, a la puerta de la entrada, escuchas por ver si se oyen cascos de caballo, pero nada rompe la quietud. El rotundo silencio que ha ocupado la ciudad debería contribuir a tu tranquilidad, pero es precisamente la ausencia de ruido, de movimiento, la que acrecienta tu inquietud.

La luna aparecerá pronto por encima de la puerta del este; luna llena será, Badra. Tú naciste en una noche como ésta, por ello llevas ese nombre. Y aún esperas, a pesar de que sabes que no se producirá. Será la luna la que te decidirá a ponerte en marcha, cuando su enorme disco se alce por encima de la puerta del este. Es una decisión que ya has tomado, ésa será la señal para moverte. Mientras, es como si hubieras lanzado un dado al aire y estuviese girando lentamente en espera de la aparición de la luna, ése es el tiempo que te has dado para ponerte en marcha: si el Sheickh vuelve antes de que la luna termine de aparecer, el dado se habrá esfumado en el aire en el que lentamente está flotando y volverán los dulces días; si no es así, el dado caerá inmediatamente mostrando un único círculo, un uno, una luna llena. Entonces, huirás con tu fiel eunuco. Cuando el disco lunar deje de ser amarillo y se convierta en una cara de plata, te irás en compañía de tu fiel eunuco; pero antes liberarás al cristiano prisionero: al traidor pero astuto cristiano.

III

El sol se está poniendo, su reverbero, que abrasaba la encalada pared de enfrente, ofendiendo la visión a pesar de la protección del ajimez, ha decrecido. Ahora es posible mirar hacia el largo de la calle, hacia la puerta de entrada de la ciudad. Unos ojos negros, apenas visibles bajo el velo, escrutan a través de la celosía los posibles movimientos de la calle, pero no hay movimiento alguno. Un silencio profundo se ha extendido por toda la ciudad, como si estuviese esperando a que la luna llena la inundase de su fría luz.

El Sheikh partió por la mañana. La mujer está esperando su regreso, pero sabe que no volverá. Dijo que se marchaba para preparar a las tropas para atacar al campamento de los cristianos, pero sabe que él no ha ido con ellas. El eunuco, su fiel eunuco, se lo ha contado. El Sheikh ha ido a ver a Saladino, a la conquista de Fathija. El cristiano empezó bien a resistir el tormento, pidió ayuda a la mujer, pensando que la iba a conmover, pero se desmoronó cuando fue precisamente la mujer quien quemó su pecho con un hierro candente. Tuvo que cogerlo con ambas manos del brasero, pareció insegura, pero sólo era su lucha contra el peso del hierro. El Sheikh no estuvo presente, cuando el cristiano aulló de dolor y pidió hablar con él para confesar. Confesó la víspera de la luna llena; las noches de luna llena son especialmente favorables para los asaltos en campo abierto. La confesión del cristiano, con ser su triunfo, ha resultado también ser la fuente de su desconsuelo. Su plan está cerrado, cuando la luna llena se haga blanca liberará al cristiano prisionero que, por salvar su vida, ha sido capaz de traicionar a los suyos y se irá en dirección contraria al Sheickh, acompañada de su fiel eunuco.

Pero el eunuco la dejará para unirse al cristiano, porque tiene su promesa de una importante suma de oro. Esta es precisamente la oportunidad que había estado esperando durante años, desde que fue hecho esclavo el día que se extravió en la cruzada y se hizo pasar por eunuco. Urdió muchos planes, hasta que el cristiano fue hecho prisionero y vió la oportunidad de poner en marcha uno de ellos. Le habló de la existencia de Fathija, del posesivo amor de la musulmana por el Sheikh y de una remota posibilidad de salir con vida mediante una confesión, tras aguantar la tortura durante un tiempo prudencial.

Andrés Hueso Iranzo

Etiquetas: , ,

2 respuestas a "Voces"

  • José María Giménez Martín says:
  • Asuncion Cabello López says:
Haga un comentario

*