Del 4 al 30 de abril.

Horario. De 18:00 a 21:00 horas, de lunes a viernes, exceptos festivos.

SOBRE MODERNIDAD Y TRADICIÓN (Por Antonio Abad)

En términos generales podemos considerar que José María Córdoba participa de un cierto eclecticismo, eclecticismo en donde actúan diferentes dinámicas para conformar una obra marcada preferentemente con un fuerte componente figurativo. Será esta, la figuración, la que recorra todo su universo personal a través de su propia visión subjetiva, pero será una figuración fragmentada, deconstruida, porque la deconstrucción le permite ahondar en los significados escondidos de las imágenes.

Ya desde sus inicios de algún modo se ve influenciado por la aparición de grupos tales como, Estampa Popular o Equipo Realidad que, independientemente de insertar en el ámbito de lo estético aspectos que guardaban relación con la política, desarrollaron un arte figurativo como contraposición al informalismo dominante. En este sentido José María Córdoba participa del realismo social. Estamos hablando de los años 70 en donde se evidencia una iconografía del compromiso que recoge, sin rechazar de inmediato algunas fórmulas académicas y poniendo mucho énfasis en la figura humana, la constatación de un espacio social sumido en la injusticia y en la pérdida de los valores cívicos más indispensables.

 

Con la ayuda de una beca que le fue concedida por la Diputación de Córdoba, José María viaja a Italia recorriendo distintas ciudades desde Venecia a Roma. Al volver a nuestro país su pintura sufre una fuerte conmoción debido al impacto que le produce todo lo que ha visto y en sus composiciones irán apareciendo unos personajes de un tiempo ido, para dar como resultado una obra en la que siempre subyace la melancolía hacia el pasado. Por eso en estos cuadros el espacio no parece tangible, no es de este mundo. Hay como una especie de deambular onírico en el que los personajes nos plantean una serie de interrogantes que el espectador no sabe cómo responder. Se trata de un hacer que bascula entre el surrealismo y la pintura metafísica, como en el caso de Chirico, pero naturalmente alejada del desamparo, lo desconocido o lo extraño en el que se desenvuelve toda la iconografía de dicho pintor. Podemos decir que en esta segunda etapa de su quehacer artístico José María Córdoba nos remite al mundo clásico y a los mitos pero confiriéndole una nueva lectura

A partir de 1983 abandona algunos procesos de investigación y se adentra en composiciones donde las imágenes se superponen o se diluyen en retículas, creando bajo la ausencia de toda perspectiva, y la inclusión de un vivo cromatismo, toda una suerte de ideogramas correspondiente a representar lo cotidiano, la temporalidad de las cosas y el verdadero sentido de lo primigenio. De ahí que algunas de estas obras se acerquen a la esquematización del arte africano.

A principio de los noventa de nuevo nos sorprende con otro giro radical en obras que expresan necesariamente algún tipo de naufragio personal. El artista de algún modo se ve absorbido por una melancolía existencialista, arrebatado igualmente por un grito atormentado para que su pintura se vuelva esencialmente dramática, conjugando una desfiguración casi caricaturesca con una pincelada agresiva de colores chillones, violentos y trazos angulosos. Se trata de composiciones alejadas de la realidad objetiva y que buscan un modo de expresar las emociones más íntimas de su tragedia interior.

A mediado de los noventa vuelve a sorprendernos con otra propuesta plástica que con pequeñas variaciones de orden ornamental continúa hasta nuestros días. Es muy posible que sus numerosos trabajos escultóricos desde la consideración del volumen, le llevara a utilizar técnicas neocubistas cuando traslada cualquier tipo de representación volumétrica y para ello necesitaba reducir la perspectiva del objeto y sistematizar, lógicamente, el tratamiento del color. El cubismo, sobre todo el cubismo analítico, le permitirá establecer nuevas estrategias a la hora de cuestionarse el contenido de sus cuadros.

Las figuras entonces se descomponen en unidades estructurales, se fragmentan o se deconstruyen en función de un sistema donde se advierte la influencia cubista y algunas prestaciones de Dubuffet, así como un determinado grafismo propio del cómic.

Igualmente, un sarcástico humor parece adherirse a su manifiesto interés por el pop-art y el conceptualismo. En este sentido tanto el desenfado como la ironía tienden más que nada a darle un cierto carácter lúdico a sus composiciones. Al mismo tiempo toda una serie de pictogramas, el pájaro, el pez (recordemos los peces mágicos de Paul Klee, la máscara sobre todo) vienen a configurar un mundo que trata de desvelarnos la otra realidad que hay detrás de todo lo visible.

 

En definitiva, toda la obra de José María Córdoba es una síntesis entre la modernidad y la tradición, un puente que facilita un dialogo abierto con el espectador sobre el devenir del tiempo, sus tensiones y la naturaleza de todo lo que nos rodea.

 

Antonio Abad