INAUGURACIÓN DE "ENTROPÍA", de FRANCISCO SELVA
3/02 | Salas expositivas del Ateneo | 19:30

 

Horario: de 18:00h. a 21:30h. de lunes a viernes, excepto festivos.
Hasta el 29 de febrero.

Organiza: Yolanda Ochando Ordóñez, Vocal de Artes Plásticas.

Inauguracion Entropia

Valoramos muy poco la enorme capacidad que tenemos de hacer amigos, en realidad una de las pocas cosas que nos dejan realizar hoy de forma libre, no interesada. Nos aproximamos o nos separamos de ellos en un raro e imprevisible vaivén. Conocí a Paco Selva hace algo más de un año de forma casual, curiosa, por una de esas raras circunstancias que nos llevan a coincidir con personas no previstas en el calendario pero a las que pronto nos sentimos unidas, sencillamente porque nos despiertan de nuestros letargos y nos enseñan a ver las cosas de forma distinta, a ampliar un enfoque que ya considerábamos inamovible, a crecer. Son lo que podríamos llamar amistades terapéuticas. Paco es una de ellas.

 

Todo comenzó cuando un día, al regresar de mis ejercicios de la mañana, me encontré inesperadamente ante un escaparate repleto de cosas: llamativos óleos, dibujos, tarjetas hechas a mano, grabados, esculturas de madera, barros cocidos, platos y un sin fin de objetos más. Algo, en fin, que no lograba situar del todo pero del que se desprendía una magia poco común. ¿Quién regentaba aquel espléndido maremágnum? Entré dentro y lo descubrí: era el estudio del pintor Francisco Selva, un artista ya maduro de cuyo amplio taller salían a diario una importante colección de cuadros junto con otros trabajos de “arte menor” que sacaba adelante con igual esmero, entre ellos, muebles restaurados, carteles, reclamos publicitarios, cerámicas, diseño de objetos o encargos de todo tipo. Un artista para los tiempos que corren, pensé de inmediato. Pronto me di cuenta de otra cosa; aquello no era el totum revolutum que parecía en principio, sino algo planificado y práctico alejado de la improvisación, un taller donde se producían cuadros con “calidades plásticas” a las que pronto sucumbí y colgué en mis paredes. Desde entonces sigo frecuentando su “atelier”, para compartir ideas y dejarme llevar por sus sorpresas.

 

Cuando Selva me pidió el texto que ahora escribo puse el reparo de siempre: no sé, tengo otros compromisos, ya veremos… Mi indecisión duró sólo unos minutos; al poco rato sabía que iba a hacerlo y había decidido ya el título. Con ecos reconocibles (renacimiento, impresionismo, pintura de los 50 y 60) y asumiendo peligros que otros artistas rehúyen, su mundo era tan sugerente que resultaba fácil cumplir el encargo: variedad de asuntos, figuración y abstracción, realismo o idealismo, retratos y paisajes, o la clave que suponía para él Larache, ciudad en la que había vivido y por la que yo sentía predilección. Me atraía además su gusto por el coleccionismo, los viejos libros y revistas que almacenaba en sus anaqueles, y en definitiva todo lo que encontré en aquella fábrica de ingenuo e indomable, de modesto también. Aquel universo no surgía de la exclusividad (ese término que hoy se prodiga tanto) sino del sentido común; estaba allí para todo el que quisiera asomarse a él, tal como dejaban ver los estupefactos rostros -amas de casa, funcionarios, albañiles, gente de paso- que se paraban en su escaparate experimentando el “flechazo” de una determinada obra, sin que el entorno o la teoría cultural decidiera por ellos. “Me gusta ese cuadro…, ése y no otro”. Nunca lo había visto antes de aquella forma.

“Hay aprendices –dice Moreno Villa- que se acercan al taller pensando que el pintar es simplemente trabajo, oficio; otros, que es puro juego, diversión; otros, finalmente, que es un modo de expresar ideas o sentimientos”. Paco Selva tiene algo de todos ellos. Más que un artista al uso -rentable quiero decir- es un “artífice” con vocación de maestro que aprende la lección del día a día y la integra en su obra, una doctrina dura en estos momentos pero no exenta en su caso de sensibilidad, de esperanza. Viejos y nuevos a la vez y fuera por ahora de los museos de turno, sus cuadros reaprovechan cualquier cosa, están hechos de ilusión, de recortes. Yo diría que más que buscar lo perfecto o lo absoluto que persiguen otros , su misión es seguir trabajando, “desbrozar” el terreno que le sirve de base para continuar su búsqueda. Es un “proyectista” nato, y en ese sentido, un técnico, un investigador, un urbanista más que un simple pintor. Estoy seguro de que si le dieran a elegir hoy, optaría más por una vivienda para los desheredados que por el óleo ideal con el que todos soñamos.

Con una asombrosa capacidad para cambiar de registro, entre el objet trouvé y la action painting, y artesano por encima de todo, Paco Selva se lanza diariamente a lo único que realmente le interesa, el acto mismo de pintar. A poco que te fijes te das cuenta que no es un pintor más, navega aparte, y en cierto sentido solo; ese es a la vez su riesgo y su mayor mérito. La exposición que le dedica ahora el Ateneo es un buen momento para revisar su trabajo.

Francisco Chica